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La Verdad del Sureste

Urdimbres y texturas

LA CULTURA, ESA OLVIDADA



 
nUna expresión de vida que anida y crece en los barrios
 
Cultura, es un nombre que abraza muchas formas actualmente. Puede presentarse con cara de comida, en forma de discurso, o bien en el trazo de un grafitti en alguna calle. Más recientemente puede ser una forma de vestir, o el color de unos zapatos, o bien la manera en que nos organizamos para establecer la comunicación con  nuestros vecinos.
    Pueden ser también los medios de comunicación y la agenda que, forzados a manejar según la vida cotidiana, construyen la realidad a partir de fotografías, artículos y, por supuesto, la opinión de quien percibe la realidad según el enfoque, disciplina desde la que quiera plantear alguna idea.
    Carlos Monsiváis decía de la cultura popular como aquella que se ha definido por “arquetipos y abstracciones”, donde coinciden siempre las colectividades, reducidas a eso que al generalizarla afirmamos: “todos los pobres son iguales”, y con ello dejar establecida la manera en que la cultura se manifiesta en el barrio, ya sea Atasta, Mayito, la Guadalupe, Primera de Mayo, o Gaviotas.
    No va faltar el que diga con cierta nariz afectada: “eso no lo dijo Monsiváis”. No, no lo dijo así, pero lo interpretamos así. La cultura en general es esa olvidada en las campañas electorales, sobre todo a nivel local, llega a tener tufo de humedad, de “¿para qué me sirve?” Comúnmente se coloca al final de las agendas, porque no es urgente, se le antepone la demanda de un sistema de alcantarillado, o bien un bacheo de calles, o el apremiante deseo de dormir tranquilos por las noches y despertar completos por la mañana: un garantizado régimen de seguridad.
    Dejemos claro algo: la cultura existe aunque no la tomen en cuenta, prevalece aunque la raspen, y se camufla desde un rólex, un celular de última generación, y un par de zapatos hechos en Ticul.
    Aunque se le quiera ignorar, prevalece en la forma de hablar, en la tonalidad de piel, incluso, en la distribución de la ciudad, su gran aliada.
    Los antropólogos nos explican que lo popular desde la cultura tiene una magia, que obedece a tiempos: se hace, se deshace y se rehace.
    No es dominio de ciertas clases desdeñadas, ni de la señora que vende pozol a la salida de la oficina, o quizá sí, ella pertenece a una parte de lo que pudiera darse en definir la llamada cultura popular, que nos abraza a todos. Aún cuando escuchemos ese discurso amenazador, apocalíptico de que el populacho llegará al poder.
    Desgraciadamente ese discurso desintegrador se lo debemos a esas campañas políticas donde abunda la irresponsabilidad al momento de integrar el discurso, y que a fuerza de colocar al candidato se escriben las sandeces más descolocadas que pueda usted imaginar, en detrimento de la cultura misma.
    No, lo popular, incluida la cultura ha sido materia de discusión por más de veinte años, desde el plano de la política y de la comunicación, y de la antropología y de la sociología y de… ¿le sigo?
    La injusticia en el lenguaje ha hecho que se deforme el sentido que la cultura tiene en nuestras vidas. Sólo es necesario afirmar lo siguiente: a quienes son candidatos en esta ocasión debo advertirles que la cultura ni está muerta, ni se deja para después, ni entiende de colores partidistas. Porque afortunadamente, se obedece a sí misma, al pueblo, que es de donde emana.
    Entonces, llegamos hasta aquí: si ignoran la cultura, ignora esa maravillosa diversidad que es la creación, el tránsito, la construcción, la transformación de los grupos sociales al interior de nuestro país. O sea, se ignoran a sí mismos.

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