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La Verdad del Sureste

Urdimbres y texturas Educar para la vida, el reto (II)



Segunda y última parte

¿Se pueden educar las emociones?, ¿es posible que en la escuela se enseñe no sólo a sumar y restar, a leer y escribir, sino a conocerse uno mismo? Comentaba en una colaboración anterior que se necesita con urgencia una orientación, una preparación, para atender el conflicto que rodea a la población en su vida diaria. Y debemos comenzar por los niños y jóvenes.   
    Me referí a lo que sucede en la familia. Otro espacio de lucha y conflicto, refiere el estudioso Henry Giroux, es la escuela. No porque se trate de un lugar donde la cultura y la ideología tienen espacio, sino porque nuestros orígenes de vida ahí confluyen. En Tabasco, por ejemplo, tres de cada diez personas van a la escuela.
    Dice el pedagogo estadounidense Giroux que incluso los maestros traen su  cultura y su vida cargada de un legado histórico generacional. Ahora bien, el espacio de lucha es el aula, donde los alumnos también traen su historia de vida, su percepción del contexto y sus emociones.  
    Como puede leerse, la escuela es el habitud (sitio) en donde también se conocen las últimas noticias, y mucho de lo que sucede en casa también se platica. 
    Los seres humanos nos manejamos en el ámbito intrapersonal y en el social; es en el primero en donde muchas de las emociones y nuestras percepciones determina el estado de ánimo. Lo que interiorizamos está determinado por los acontecimientos diarios. Tener la capacidad para gestionar las emociones  y usarlas adecuadamente beneficia no sólo al ámbito personal, sino también en nuestras relaciones con otros. 
     ¿Qué se necesita para llevar a cabo el ejercicio de controlar las emociones desde la escuela? Mucho tiene que ver con la innovación: implementar la educación emocional, algo de lo que ya adelantó el secretario de Educación, Ángel Solís. 
    Innovación, sí. Porque se tienen programas de estudio, planes de desarrollo enfocados en formar profesionistas  hábiles para el trabajo, pero el concepto de persona se ha hecho a un lado. La ética se asocia a letra muerta, y la cultura a libros y arte, cuando en realidad es un complejo proceso que se forma lentamente por percepciones, ideas, conocimiento.  
    Ya lo establecía el escritor y pensador francés Edgar Morín: estamos tan fragmentados que la ciencia no nos ayuda a comprender el entorno. El nivel de desintegración del conocimiento ha hecho nos veamos a nosotros mismos como entes sin vida interior. En realidad somos un complejo entramado de redes nerviosas que van más allá, del interior. 
    El punto de partida para integrar lo separado, diría Morín, es contar con una sólida formación de docentes que ya pasaron por conocer el manejo de emociones, capacitados para que también ellos puedan llevar a cabo dicho proceso, posteriormente materiales curriculares, definir objetivos, planificar actividades, incluso estrategias de intervención. No es fácil, requiere de una preparación continua, supervisada por profesionales del desarrollo de la competencia emocional. Es una competencia básica para la vida.
    Ante la pregunta de, ¿por qué algunos sistemas de estudio extranjeros, funcionan? Tiene que ver con el trabajo de los valores en el aula escolar, pero también el grado de compromiso que los padres asumen, cuando sus hijos empiezan asistir al colegio.  Todo es social. Todo es necesariamente pasado por la experiencia de vida desde la casa, la escuela, y de vuelta a la casa. Tarea sumamente compleja pero no imposible. Familia, escuela, y autoridades educativas, tienen mucho trabajo a futuro. Digo, si es que queremos que nuestros niños y jóvenes tengan herramientas para ser adultos positivos, realizados, y felices. 

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