A veces pasa así: cumples, votas, te formas, escuchas debates, comparas propuestas y aun así, al ver cómo queda integrado el Congreso, sientes una especie de vacío. No es enojo ideológico. Es una sensación corporal más simple: “¿Entonces para qué me esforcé, si el resultado no se parece a lo que votamos?” Ese nudo en el estómago tiene nombre técnico: “sobrerrepresentación”, pero su efecto es íntimo ya que se visualiza en la sospecha de que tu voz pesa menos de lo que debería.
Ahí entra la pregunta que importa: ¿Y a mí qué? Porque esto no es un pleito de especialistas. Es la arquitectura que convierte tu voto en poder real. La propia Constitución define un Congreso mixto: 300 diputaciones de mayoría relativa y 200 de representación proporcional (CPEUM, art. 52).
La representación proporcional existe para que las minorías no desaparezcan del mapa. Y, para evitar que una fuerza política se convierta en “aplanadora” con menos votos de los que aparenta, la Constitución fija un límite: nadie puede exceder su votación nacional emitida en más de ocho puntos porcentuales, además del tope de curules (CPEUM, art. 54). Esta regla ha sido conocida en el debate público como una cláusula de gobernabilidad: permitir mayorías para gobernar, sin borrar la pluralidad.
¿Y por qué te afecta a ti?
1. Tu vida diaria (tiempo): cuando una mayoría legislativa queda “más grande” que su respaldo en votos, las reformas avanzan o se frenan con menos contrapesos. Eso termina en trámites, servicios y decisiones que sí tocan tu rutina.
2. Tu bolsillo (dinero): el Congreso decide prioridades y ajustes del gasto. Si la representación se percibe “desbalanceada”, la ciudadanía tiende a ver el presupuesto no como inversión común, sino como pérdida, y la desconfianza sale cara.
3. Tu confianza (salud social): si el sistema es tan complejo que “nadie lo entiende”, la democracia se vuelve frágil: lo que no es comprensible, difícilmente se siente legítimo.
Sí, hay fórmulas, no “dedazos”. La asignación de plurinominales se hace con procedimientos matemáticos previstos en la ley, como cociente natural y resto mayor (LGIPE, arts. 15 a 17).
El problema es otro: cuando la regla es difícil de explicar, se vuelve fácil de sospechar. Y en México la sospecha es gasolina: se mezcla con polarización, con desinformación, con lecturas simplistas y con el cansancio de sentir que “siempre hay truco”. Aunque el cálculo sea legal, si la ciudadanía no puede seguirlo con claridad, la legitimidad se erosiona.
La psicología organizacional tiene una idea útil para entender este desgaste: cuando hay mucho esfuerzo y la recompensa se percibe baja o injusta, aparece estrés sostenido. En el trabajo se estudia como Desequilibrio Esfuerzo-Recompensa: no solo desmotiva, también activa respuestas de tensión y puede empujar al cinismo y a la desconexión.
Llévalo al terreno cívico: tú inviertes tiempo, atención y esperanza (esfuerzo) esperando una recompensa mínima (representación justa). Si la recompensa se siente “diluida”, el sistema no solo pierde simpatía: pierde energía emocional colectiva. Y cuando eso se cronifica, aparece un fenómeno parecido al desgaste: la gente ya no discute, ya no vigila, ya no participa. Solo se resigna. La OMS describe el burn-out como resultado de estrés crónico mal gestionado (en contexto laboral), pero la lógica humana es reconocible: cuando el estrés se normaliza, la desconexión se vuelve mecanismo de defensa.
La solución no es gritar “fraude” cada vez que algo cuesta entenderse. La solución es exigir máxima claridad en lo que define tu representación.
•Que la autoridad publique explicaciones simples, simuladores y bases de datos para que cualquiera pueda verificar el reparto, paso a paso.
•Que la discusión sobre coaliciones y asignación sea comprensible, porque la democracia que no se entiende se vuelve terreno fértil para la sospecha.
• Y que la ciudadanía cambie una frase que nos sale sola: “da igual votar”. No da igual, lo que daña es votar y sentir que tu voto no se traduce con justicia.
Imagina que entras a un restaurante, pagas el menú completo y te sientas tranquilo: cumpliste. Pero cuando llega el plato, te sirven media porción. En la mesa de al lado, con el mismo pago, reciben doble. No es solo hambre, es esa incomodidad física que aparece cuando el cuerpo detecta injusticia y el cerebro aprende una lección peligrosa: “aquí no vale la pena volver”.
Eso pasa con la sobrerrepresentación cuando el voto no se traduce con claridad. Defender la proporcionalidad no es un capricho legal; es exigir que el menú de la democracia respete lo que pagamos con nuestro esfuerzo cívico.
Aquí termina el texto, pero empieza tu conciencia.
