• La Verdad del Sureste |
  • Viernes 27 de Febrero de 2026

¿Y a mí qué?

La reforma electoral también pone a prueba a Morena

Publicado el:

Francisco Enrique Pérez Hernández


Una reforma electoral no solo cambia reglas. También exhibe el tipo de partido que la impulsa, la procesa o la respalda. Por eso, más allá del contenido técnico de la iniciativa, esta discusión también pone a prueba a Morena. No solo por ser mayoría, no solo por estar en el gobierno, sino porque enfrenta una exigencia más profunda: demostrar si actúa como un partido democrático, plural y responsable, o si se limita a acompañar al poder sin deliberación real.

Ese tema sí te debe importar como parte de la ciudadanía porque cuando un partido gobierna y además tiene fuerza legislativa, no basta con que pueda aprobar reformas. También debe demostrar que sabe discutirlas, corregirlas y someterlas a un estándar más alto que la simple conveniencia del momento. Una mayoría no se mide solo por su capacidad de avanzar una agenda. También se mide por su capacidad de procesarla con responsabilidad, con límites y con visión de Estado.

Morena llegó al poder con una narrativa de transformación, cercanía con la gente y ruptura con prácticas que durante años desgastaron la confianza pública. Esa identidad le dio legitimidad política y una expectativa distinta. Precisamente por eso, la exigencia hacia su conducta también es mayor. Un partido que se presenta como distinto no puede comportarse como una maquinaria que solo administra mayoría. Tiene que demostrar que sabe ejercer poder con debate, con autocrítica y con responsabilidad institucional.

Ante la reforma electoral, Morena tendría que asumir al menos cinco responsabilidades:

La primera es abrir deliberación interna real. Un partido democrático no cierra filas antes de discutir. Primero escucha, contrasta, analiza y, si es necesario, corrige. Si Morena quiere dar ejemplo, no debería reducir la reforma a una instrucción política que simplemente se baja a la bancada. Tendría que convertirla en una oportunidad para mostrar que dentro del partido caben matices, objeciones y ajustes sin que eso se interprete como deslealtad. La pluralidad no se presume solo hacia afuera. También se practica hacia adentro.

La segunda responsabilidad es evitar que la reforma se convierta en una ventaja coyuntural. Un partido responsable no debería preguntarse solo si una reforma le sirve hoy. Debería preguntarse si también sería defendible mañana, incluso si ya no fuera mayoría. Esa es una prueba básica de madurez democrática. Las reglas electorales no deben diseñarse pensando únicamente en la utilidad inmediata del grupo gobernante. Deben pensarse como reglas válidas para cualquier fuerza política que compita bajo ellas. Si Morena quiere asumirse como partido con visión institucional, tendría que cuidar que la reforma no se lea como un rediseño favorable a la mayoría actual, sino como un arreglo más justo para el sistema en su conjunto.

La tercera responsabilidad está en la selección de candidaturas. Aquí se ubica uno de los problemas más persistentes de la política mexicana. Muchas veces el malestar ciudadano no está solo en cómo se cuentan los votos, sino en cómo se deciden los nombres. Si Morena quiere hablar de representación más limpia, tendría que empezar por su propia casa: criterios más claros de postulación, mayor peso al mérito verificable, más formación política, menos improvisación y menos dependencia de la fama, la cercanía o la rentabilidad del momento. No hay reforma electoral plenamente seria si el partido que la impulsa no se exige a sí mismo mejores filtros para representar.

La cuarta responsabilidad es acompañar al poder de manera sana y objetiva. Eso significa algo muy concreto: ni obstrucción por cálculo, ni obediencia automática. Un partido en el gobierno no debería funcionar como simple oficialía de partes del Ejecutivo. Su papel tendría que ser otro: procesar políticamente las propuestas, mejorarlas, advertir riesgos, introducir correcciones y darles legitimidad mediante la deliberación. Acompañar al poder de manera responsable no es aplaudir todo. Es ayudar a que lo que se impulse desde el gobierno llegue mejor construido, más debatido y con mayor solidez institucional.

La quinta responsabilidad es asumirse como partido de gobierno sin volverse partido del Estado. Esa diferencia importa. Morena ya no es solo un movimiento que denuncia desde fuera ni una fuerza opositora que cuestiona desde la distancia. Hoy tiene poder real. Y cuando un partido tiene poder, su obligación ya no es solo impulsar cambios. También es demostrar que sabe autolimitarse, respetar la pluralidad y administrar mayorías sin confundir respaldo popular con licencia para imponer sin matices. La historia política mexicana ya mostró lo que ocurre cuando el partido gobernante confunde mayoría con unanimidad y respaldo con subordinación. Ahí se empieza a cerrar la vida interna del partido y, con ella, se empobrece también la vida pública.

Desde esa perspectiva, la reforma electoral no solo debería discutirse por sus fórmulas, por el número de legisladores o por el costo del sistema. También debería verse como una oportunidad para que Morena demuestre de qué está hecho políticamente. Si decide procesarla con debate interno, apertura, responsabilidad institucional y revisión de sus propios métodos de selección, enviará una señal positiva. Si la convierte en un trámite de disciplina, enviará el mensaje contrario: que la mayoría sirve para acelerar decisiones, no para enriquecerlas.

Y ahí está el punto que te interesa, aunque no milites en ningún partido. Porque cuando un partido gobernante normaliza la ausencia de debate, la política se empobrece. Cuando un partido en el poder se resiste a revisar sus propios filtros, la representación se cierra. Y cuando una mayoría se acostumbra a acompañar sin cuestionar, deja instalado un precedente peligroso: que las reglas del sistema pueden rediseñarse desde arriba sin suficiente deliberación. Lo que hoy puede parecer útil para consolidar poder, mañana puede convertirse en herramienta contra quienes hoy lo ejercen.

Morena todavía tiene margen para actuar con altura. Puede demostrar que acompañar al poder no significa subordinarse a él. Puede mostrar que ser mayoría no equivale a cancelar la deliberación. Puede probar que una reforma electoral no solo se mide por lo que cambia en la ley, sino también por la forma en que el partido gobernante la discute, la corrige y la asume.

Si de verdad quiere consolidarse como un partido democrático, plural y responsable, esta es una oportunidad para demostrarlo. No en el discurso, si en el método, en los filtros, en la deliberación y en la calidad de su acompañamiento al poder.

Porque al final, un partido no se define solo por lo que promete cuando llega. También se define por cómo actúa cuando ya puede cambiar las reglas.

 

Aquí termina el texto, pero empieza tu conciencia.