Antes de discutir si México “se abre” o no, hay que ponerlo en español claro: fracking es la abreviatura de fracturación hidráulica. Se llama así porque consiste en fracturar roca con agua a alta presión para liberar gas natural atrapado en formaciones muy compactas (lutitas o shale). En la práctica, se perfora un pozo, se inyecta agua, arena y aditivos; la arena mantiene abiertas microfracturas y así el gas puede fluir.
¿Y por qué vale la pena explicarlo así, sin tecnicismos? Porque cuando no entendemos un tema, terminamos discutiéndolo a gritos: unos lo ven como salvación y otros como amenaza. Y aquí la realidad casi nunca es blanco o negro. El punto es simple: tener gas propio puede darnos margen, pero hacerlo con fracking puede costarnos agua, estabilidad social y confianza si no hay reglas estrictas y vigilancia real.
¿Por qué te debe importar en tu vida diaria?
Porque el gas es el combustible silencioso de la electricidad y de buena parte de la industria. Cuando falta o se encarece, el golpe llega por tres vías: recibos, precios y empleo. Y porque México depende del gas de Estados Unidos en una proporción alta: se ha reportado que importamos alrededor de 6.8 de 9 mil millones de pies cúbicos diarios que consumimos. Eso nos vuelve vulnerables a shocks externos.
Hasta ahí, la conclusión suena “obvia”: reduzcamos dependencia. El problema es que la dependencia no se rompe solo con voluntad: se rompe con infraestructura, costo, agua y seguridad.
Aquí se desprende un dilema que nadie puede esquivar: ¿soberanía cara o dependencia barata? En Estados Unidos el gas ha sido, por momentos, extraordinariamente barato. De hecho, en el hub Waha (hub de Texas, un punto donde se fija el precio del gas en esa región) se han visto episodios de precios negativos por congestión de ductos: productores pagando para que les reciban el gas.
Eso obliga a hacer la pregunta correcta: si el gas importado puede ser tan barato, ¿por qué extraer gas aquí con fracking?
Hay dos respuestas posibles:
- Respuesta económica: solo conviene si el costo de producir aquí compite con importar.
- Respuesta de seguridad nacional: aunque sea más caro, conviene para reducir vulnerabilidad externa, siempre que el costo fiscal y social sea aceptable.
Pero aquí entra una tercera realidad: México ya está amarrado a una red de gasoductos y a compromisos de largo plazo. Traducido a lenguaje ciudadano: aunque produzcas más gas propio, no puedes fingir que el gas importado desaparece sin costo. Si existe capacidad contratada que se paga se use o no se use, el país necesita poner sobre la mesa, sin propaganda el dato que falta: ¿cuánto cuesta dejar capacidad ociosa? Ese es el “costo de salida” que nadie quiere decir en voz alta y que define si la soberanía es estrategia o es capricho.
Por otro laso está la geografía, las zonas que suelen mencionarse para gas no convencional incluyen regiones del noreste, y ahí el nombre clave es Cuenca de Burgos (Tamaulipas, Nuevo León, Coahuila). En esa zona la pregunta central es esta: ¿de dónde sale el agua y quién se queda sin ella?
Y hay otro factor que el debate normalmente omite: seguridad territorial. Un proyecto de fracking no es “un pozo”, es una operación continua con logística, insumos, residuos, personal y vigilancia. Si no hay condiciones mínimas de seguridad, el costo se multiplica y el riesgo social crece. ¿Quién lo operaría? ahí se define la viabilidad real. Esta discusión tiene una pregunta que cambia todo: ¿quién va a operar y financiar?
- Si lo operara el Estado, el reto es doble: costo e inversión sostenida, con presión presupuestal.
- Si lo operara el sector privado, la pregunta es brutalmente simple: ¿por qué vendrían a producir gas más caro aquí si lo pueden producir más barato allá? La única respuesta sería: si hay un marco regulatorio estable, rentabilidad suficiente, y condiciones de seguridad y agua garantizadas. Es decir: si el proyecto es viable, no solo deseable.
Decir “agua no potable” suena bien. A escala industrial significa infraestructura, tratamiento, transporte y por tanto costo. Y ahí se amarra el nudo: si encareces la operación para hacerla menos dañina, ¿sigues siendo competitivo frente al gas importado? Si no, el proyecto nace como soberanía subsidiada: una decisión más cara que alguien tendrá que financiar, directa o indirectamente.
El tema que falta en la conversación: metano y metas climáticas
Si el país habla de transición energética, no basta con decir “gas”. Importa el metano, porque las fugas pueden tumbar el argumento de “combustible de transición”. En un debate serio, esto no es “ambientalismo”: es contabilidad de impacto. Sin medición y sanción real, la promesa de control es discurso.
Lo mínimo exigible
Si México va a abrir esta puerta, hay que exigir condiciones que no dependan de buena fe:
- Comparativo de costos público: producir aquí vs importar (precio, transporte, inversión, mitigaciones y logística hídrica).
- Costo de salida transparente: cuánto se paga hoy por capacidad de gasoductos y cuál sería el costo de dejar parte ociosa.
- Plan hídrico por cuenca (Burgos incluido): fuente, volumen, no afectación a consumo humano, tratamiento y monitoreo.
- Registro público trazable: pozos, químicos, incidentes, residuos y destino final.
- Seguro y reparación inmediata: si hay daño, se paga y luego se litiga.
- Consejo Ciudadano del Agua con poder de veto, no decorativo: integrado por universidades, productores, comunidades, expertos hídricos y organismos técnicos. Su función no es opinar; es aprobar o detener proyectos si no se cumple el estándar hídrico y social. Si el agua es el cuello de botella, el agua debe tener autoridad real.
El fracking no es milagro ni demonio. Es una técnica que, en el caso de México, solo puede defenderse si responde tres preguntas con números y con reglas: ¿cuánto cuesta?, ¿de dónde sale el agua?, y quién vigila de verdad? Mientras esas respuestas no estén sobre la mesa, “soberanía energética” corre el riesgo de convertirse en una frase cara.
Aquí termina el texto, pero empieza tu exigencia: costo de salida, agua garantizada y supervisión con poder real.