¿Y a mí qué?

La Verdad del Sureste: 35 años de escribir de frente


¿Y a mí qué?

Hay aniversarios que se celebran con aplauso y hay aniversarios que se celebran con memoria. El de La Verdad del Sureste pertenece a los segundos. Porque este periódico no nació como adorno de la vida pública, ni como acompañante del gobierno en turno: nació como una apuesta civil para romper el cerco informativo en Tabasco, cuando disentir no era una pose y publicar tenía costo.

En abril de 1991, su fundador y primer director, Alberto Pérez Mendoza, dejó escrito el tono y el propósito desde el primer día. No fue una frase bonita: fue una advertencia. En aquella editorial, el periódico fijó una idea que sigue incomodando porque sigue siendo verdadera: los poderes públicos se instituyen para servir al pueblo. Y remató con una línea que define el ADN de esta casa: “Si los funcionarios, una vez alcanzado el poder, se olvidan de que son solamente servidores públicos y actúan frente al pueblo con despotismo y arbitrariedad mientras se enriquecen ilícitamente y sirven en verdad a parientes, compadres o amigos, estarán atropellando la Constitución y merecen ser públicamente señalados.”

Ese párrafo explica por qué este medio existe y por qué muchos lo leyeron siempre “a escondidas”, incluso desde el poder. Porque en una época donde buena parte de la prensa local caminaba al ritmo del gobernador, La Verdad decidió caminar al ritmo de los hechos, aunque los hechos molestaran.

En aquellos años, la vida pública tabasqueña se movía bajo un PRI dominante y áspero. Hubo gobiernos que no toleraban la crítica, y hubo estructuras que confundían autoridad con impunidad. En ese contexto, el periódico documentó corrupción y abusos cuando todavía estaban ocurriendo, no cuando ya era políticamente seguro contarlos. Eso fue parte del parteaguas: cambiar la costumbre de callar “hasta que termine el sexenio” por el principio de informar “mientras pasa”.

La historia del diario también tiene episodios que no se inventan: la intimidación, el hostigamiento, la agresión al reportero que está donde a otros les da miedo estar. Quien trabajó en rotativa sabe lo que significa sacar una primera plana con presión encima; quien reveló fotos en cuarto oscuro entiende lo que era correr contra el tiempo para que la evidencia llegara al papel antes de que la versión oficial la sepultara. Hubo incluso ediciones apócrifas y amenazas que buscaban confundir, desacreditar o espantar. Y, aun así, el periódico siguió.

También siguió por una razón menos vistosa, pero igual de determinante: austeridad. Aquí hubo épocas en que el periódico fue pequeño en páginas, pero grande en intención. Hay una anécdota que lo resume con sencillez: cuando se pedía crecer de ocho a doce o dieciséis páginas, la respuesta fue que podía ser de cuatro; lo importante era lo que se decía. Esa es una filosofía editorial completa: el tamaño es secundario cuando el contenido es honesto.

Hoy el periódico vive otra etapa. Ya no depende de la tinta ni de la ruta de reparto para llegar. Está en un proceso de renovación permanente y su alcance ya no es solo local: lo leen fuera de Tabasco, lo comentan en otras plazas, lo consultan actores públicos que antes solo miraban hacia el centro del país. El soporte cambió, pero la obligación no: seguir siendo tribuna civil, no oficina de propaganda.

Por eso escribo esta columna desde una conciencia elevada de la responsabilidad que implica firmar aquí. No es cualquier espacio: es una tribuna nacida desde la sociedad civil, con vocación crítica, que se propuso desde su origen poner la verdad por encima del acomodo. Y esa distinción obliga. Obliga a honrar la historia de este medio con lo mínimo que merece: ser útil al lector. Escribir con verdad. Sin filias ni fobias. Sin convertir la pluma en aplauso automático, pero tampoco en ajuste de cuentas. Con una regla simple: documentar, explicar y traducir el poder a consecuencias concretas para quien vive del salario, del negocio, del campo, de la escuela, del mar.

En tiempos donde muchos escriben para ser vistos, yo prefiero escribir para servir. Porque esa es, al final, la idea original del periódico: que la verdad no sea lujo, sino defensa. La editorial fundacional lo dijo con una frase que vale como brújula: “Socialmente, la verdad es democrática.” Y lo es porque permite ver la realidad sin “embutes disimulados ni falsas ilusiones”, y porque cuando la gente entiende, decide mejor.

Cumplir 35 años no es solo resistir: es sostener un estándar. Que este aniversario sirva para recordar por qué nació La Verdad del Sureste y para renovar el compromiso de siempre: contar lo que pasa, ponerlo en contexto y no soltar la exigencia ciudadana.

Aquí termina el texto, pero empieza el estándar: gobierno que se olvida de servir, gobierno que pierde legitimidad.

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