Yo tiemblo en las manos delirantes de un Golem: / #Yosoy132
México, D. F., 23 de nov. De 2013.- Aunque se ha relatado en múltiples versiones, ubicadas en distintos tiempos y lugares, la historia del Golem es una advertencia sobre esas obras humanas -imperfectas de origen- que se vuelven contra sus creadores. Un Golem es una criatura eficaz y desatinada, útil pero contrahecha: formado con arcilla como el ser humano, recibe el don de la vida mediante hechicerías y conjuros. Carente de la sabiduría del verbo mismo, deviene monigote imperfecto y malogrado.
El Golem es la metáfora de un poder que se sale de control y que abre la puerta a males mayores a los que trataba de remediar. Así ocurre con el mecanismo que ha desatado el PRI en el gobierno: es un proceso que una vez emprendido, pulveriza lo que intentaba ajustar. Exploremos la historia de este Golem tricolor, producto de los despropósitos de la derecha y la inoperancia de la izquierda institucional mexicana: esas incongruencias son las que le dieron forma.
Durante la “docena trágica” en que encabezó el Ejecutivo, el PAN organizó un régimen que resultó inoperante, asfixiado por sus propios bloqueos, sin coordinación ni eficacia y con una estabilidad sostenida por alfileres. El PRD se mantuvo como una oposición mártir y reactiva; al despertar de ese “sueño dogmático” resolvió su ruta en favor de un pragmatismo que lo arrimó de a poco a su origen priísta. Finalmente, a casi un año de su regreso al Poder Federal, el PRI ya ha desarrollado un tinglado de consensos y reformas que pretenden cimentar una estabilidad de largo aliento.
A pesar de eso, tampoco puede cantar victoria. En este breve periodo ya se asoman las inconsistencias del modelo y los flancos de su ruta: los acuerdos que se alcanzan son artificiales, negociados por minorías de minorías, mientras se desestima que pactar con todos y a cualquier precio es eventualmente insostenible, dado que: a) aún el aparato de gobierno más sofisticado debe administrar un complejo juego de intereses, donde las partes terminan por entrar en conflicto, y b) esa fórmula da pabilo a un equilibrio inválido que promueve la parálisis y se mantiene a costo de la involución del régimen en su conjunto, puesto que no sobrevive sin incentivos perversos. No se vislumbra capacidad para agrupar los esfuerzos hacia un fin de altas miras: acumulamos reformas, leyes secundarias, acuerdos formales e informales y carecemos de un destino común que las signifique y les dé cauce.
El PRI ya respondió qué quiere (reformas grandilocuentes), ya sabe con quién las quiere (las élites económicas) y diseñó cómo las quiere (Pacto por México) pero se ha quedado sin un porqué. Así, el régimen actual se caracteriza por ser una fuerza sin vector: si alcanza el acuerdo, diluye el proyecto. Actúa como energía que avasalla sin ir a ninguna parte. Tal es la verdadera locura del poder: se desea por sí mismo y hace retozar a sus adictos en la celebración de un fetichismo autocomplaciente.
De esta manera, en su ánimo de ocuparlo todo, el PRI está abriendo involuntariamente un vacío en la médula de su sistema: mientras forma una trama infranqueable, pierde el horizonte y se deja sin un blasón unificador. Aunque esa locomotora se vuelve más y más poderosa, disipa en la marcha su razón de ser. No podemos pasar por alto que en la alternancia conservadora PRI-PAN-PRI se han producido dos atrofias: mientras Acción Nacional sufrió porque detentaba el poder pero estaba impedido para emprender grandes cambios, el PRI ha construido medios para hacerlos todos, pero no ha desarrollado un proyecto de Nación que sirva de columna guía. Son dos caras del fracaso: un esfuerzo es inútil, el otro invertebrado.
En su amasar centrífugo, el PRI va en pos de una restauración. El escenario es muy distinto: varios gobernadores feudales se resisten a la vieja disciplina, la oposición tiene espacios ganados de poder y hay frenos y contrapesos consolidados que antes no existían. Reconociendo todo eso, el Golem no renuncia al objeto de su nostalgia: el autoritarismo. Añora la ritualidad perdida y suspira por la ovación incondicional que ganaba la sola presencia de los viejos patriarcas; se recrea en el relato de un poder personalista y solemne, limitado solo por la jerarquía. El Golem envidia al Ogro Filantrópico y lo imita: en el fondo quiere ser como él. Incluso asume el discurso “modernizador” de esta época, que es el neoliberal, reciclando los símbolos que antes le fueron antagónicos para servirse de ellos: hoy Lázaro Cárdenas -que nacionalizó el petróleo- estaría en favor de privatizar PEMEX en acuerdo a esa narrativa. El peligro del Golem es la locura: cuando su poder desmesurado se siente amenazado, actúa torpemente -como un elefante en una cristalería- y todo lo hunde y destroza. Es el momento de la ruina, del acabamiento que arrastra al colectivo hacia el abismo. Yo tiemblo en las manos delirantes de un Golem: nos veo castañear en esa palma que se va cerrando para formar un puño. Da vértigo el Estado de excepción que se dibuja en la progresiva pérdida de garantías y causa alarma ese gesto categórico con que se decide sobre nuestro futuro. Pero lo peor, lo realmente aterrador, es que este Golem-máquina es capitaneado por un Golem-títere.