Nos llama la atención Lorenzo Meyer cuando dice que: “Hace bastante tiempo que la sociedad mexicana empezó a dudar de su gobierno y de su clase política…”.
Y no está del todo equivocado el historiador y analista, porque se refleja en el diario acontecer que la paciencia de los mexicanos llegó a su culminación y ello conlleva a la hipótesis lógica de que si en este 2015 el Sistema Político imperante, representado por el presidente priista Enrique Peña Nieto -que hoy por hoy vive la peor crisis de su gobierno desde que asumió el poder- no realiza los cambios de fondo, y no superficiales, que exige la sociedad, el país podría entrar en un agujero negro que nos llevaría a situaciones inimaginables.
En efecto, el Sistema Político Mexicanos (SPM), llamase Partido Revolucionario Institucional, que por casi 80 años nos ha gobernado, con excepción de los dos sexenios que gobernó el PAN y que fue más de lo mismo, acumuló un rosario problemas derivados de la corrupción, la impunidad, el abuso de poder, el tráfico de influencias y la disimulación, a grado tal de que no solo institucionalizo y democratizó esos cánceres sociales, sino que los “legalizó” mediante argucias legislativas, contando para ello con la complicidad histórica de los “representantes populares”, es decir, de diputados y senadores.
No está por demás agregar que dichos “representantes populares” han demostrado en la praxis estar más interesados en privilegiar los intereses familiares y de la cúpula de sus propios partidos, que los problemas de sus representados, motivo por el cual carecen de total credibilidad y confianza por parte de la ciudadanía.
A este respecto los mexicanos esperan mucho de Morena, por ser partido de nueva creación.
Se suman a esta acumulación de circunstancias históricas el caso Ayotzinapa, sus protestas de alcance internacional que descalifican a México, la caída del precio del crudo en el mercado internacional y las consabidas y esperadas repercusiones al presupuesto público, la devaluación del peso ante el dólar americano y, por si fuera poco, el escándalo aun no superado de la Casa Blanca de la primera dama y las adquisiciones del Secretario de Hacienda, en donde está involucrada la compañía Higa que le trabajó al Gobierno del Estado de México cuando Peña Nieto gobernó esa entidad y que establece razonadamente la suspicacia de que los inmuebles son consecuencia del pago de favores o del diezmo, como común mente se conoce.
Pero la crisis no solo es gubernamental. También hay crisis la ideológica porque ha alcanzando a los llamados partidos de izquierda, a los que el ya acelerado descontento social los ha dejado fuera de cualquier protagonismo o representación y es por eso que una delegación de padres de los normalistas desaparecidos fue a los altos de Chiapas a buscar el apoyo moral de la guerrilla zapatista del subcomandante Marcos, también institucionalizada por Vicente Fox. Inclusive, el otrora líder moral del perredismo, Cuauhtémoc Cárdenas fue corrido de una manifestación en el D. F.
Peña Nieto en pocos días dará a conocer los pormenores de una de sus promesas de campaña, “su” Sistema contra la Corrupción.
¿Será ello una de las tantas respuestas que esperan los mexicanos dentro de la crisis prevaleciente? Aunque tardíamente esa promesa de campaña llega al fin; pero consideramos que no será con nuevas leyes ni decretos como podrá combatirse la corrupción, sino con el respeto y la estricta aplicación de las ya existentes.
Es, más que nada, asunto de conducta y conciencia.
Ojalá y la coyuntura política y económica que se viven en el país sirva para incluir en esa iniciativa presidencial una verdadera participación ciudadana en los asuntos de la nación, para efecto de darle paso al poder ciudadano como contrapeso de un Sistema que ya no funciona; para que el ejercicio de la democracia deje de ser monopolio de los partidos políticos; para que la sociedad civil, informada, activa y participativa, asuma la responsabilidad en la dirección de su propio destino, porque será en el individualismo social, y no en la manipulación institucional y política, en donde la comunidad refleje sus carencias, necesidades, reclamos e inconformidades, haciendo un explícito uso de su libertad de expresión.
Porque en la medida de que esto sea así, el hombre de la calle dejará de aceptar la postura cómoda, deficiente y viciada, de que sean los partidos y sus representantes camarales los únicos interlocutores entre el vínculo sociedad-gobierno. Así, la sociedad dejará de ser el “chivo expiatorio” de los entes políticos.
Si el Sistema Político que nos gobierna -hoy en crisis- no afronta el reto de transformarse a fondo como medida idónea para contrarrestar la incultura de la corrupción, la Democracia y el Estado de Derecho seguirán siendo solo panaceas, y ni el convencimiento artificial pagado a los medios de comunicación, incluyendo a las televisoras involucradas o implicadas en ese cáncer, se podrá seguir manipulando a la opinión pública.
*Presidente de la Asociación de Abogados Progresistas, A. C.
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