Si el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México hablara, daría cuenta de millones de personas que lo han caminado con el propósito de encontrar una luz al final del camino, que casi siempre ha sido el Zócalo capitalino. Los ecos del pasado, de gritos de estudiantes, maestros, profesionistas, amas de casa, campesinos, indígenas, la comunidad lésbico-gay, artistas, familias y miles de mexicanos más se hicieron presentes nuevamente para sumar sus voces en la principal demanda que millones en el planeta enarbolamos el pasado 20 de noviembre: ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
La gran movilización del jueves cumplió con creces su principal cometido pero igualmente sirvió de catarsis para quienes no se conforman con un gobierno que gobierna para unos cuantos y que no ha superado la tradición histórica de la corrupción como sinónimo del ejercicio del poder. También ahí estaban presentes las demandas de los manifestantes en contra de la pareja presidencial que exhibe sin pudor alguno los bienes adquiridos mediante una sospechosa transacción laboral e inmobiliaria que nadie cree, ni siquiera los artistas que han tenido papeles protagónicos en las televisoras.
Los marchistas comenzaron su andar -en orden y en paz- desde distintos puntos hacia su destino en el Centro Histórico, más o menos en los tiempos establecidos en la convocatoria diseminada de boca en boca y a través de las redes sociales. Porque no hay necesidad de pagar publicidad si la causa es legítima y tiene el respaldo de la sociedad civil que de cuando en cuando da muestras de que sigue viva y es capaz de organizarse. Así lo demostró, por ejemplo, en enero de 1994 cuando salió a manifestarse para detener el ataque del ejército en contra de los zapatistas o cuando en 2004 se evidenciaba una burda maniobra del gobierno foxista para retirar de la contienda presidencial al único político que ha representado una opción de cambio.
Durante el camino no faltaron algunos, muy pocos, que trataron de incorporarse a los contingentes para provocar desmanes, pero los propios participantes los repelieron y los expulsaron de las filas de la gran marcha para demostrar que la expresión de inconformidad era -y seguirá siendo- pacífica. Estos pequeños grupos, claramente diferenciables del resto de los asistentes, buscaron a lo largo del día distintos momentos para romper la convocatoria, pero no lo lograron. Por fin, después de casi tres horas, la gran fila llegó al Zócalo pero, ante la insuficiencia de espacio, los marchistas entraban y salían de la principal plaza pública del país para permitir el paso a otros.
No alcancé a escuchar los discursos de los padres de los normalistas desaparecidos porque al momento en el que yo entré al Zócalo ya habían concluido sus intervenciones. Pero sí comencé a observar, a lo lejos, cómo la fachada principal del Palacio Nacional se iluminaba por las bombas incendiarias y los cohetones que unos cuantos -no más de 30 o 40- arrojaban sobre las puertas y ventanas del Palacio Nacional. Al mismo tiempo, un grito único proveniente de miles de gargantas exigía a los agresores respetar la convocatoria a la marcha: ¡no violencia, no violencia! Pero los encapuchados, que quién sabe quién los hizo aparecer en la marcha, hicieron oídos sordos a los reclamos y continuaron con su ataque sin más estrategia que el ataque mismo; a no ser que esa violencia forme parte de una estrategia mayor diseñada por el mismo guionista de Televisa que le preparó su alegato de defensa a la enfurecida pareja presidencial. ¡Fuera Peña, fuera Peña!
Luego de su escape de la realidad, Enrique Peña y Angélica Rivera regresaron de China con la espada desenvainada; ella, con voz y gesto de la bruja de Blancanieves, nos regañó a todos por dudar de sus merecimientos artísticos; él, entre envalentonado y regañado por su esposa, dio un discurso amenazante en contra de quienes -según dijo- “tratan de desestabilizar al país”. Pienso que tal vez, sin darse cuenta, al momento de decir estas palabras estaba viéndose al espejo al lado de su esposa y de su gabinete. Porque no hay mayor desestabilizante que la injusticia, la ineptitud, la codicia, la antidemocracia y la corrupción. ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!