Apuntes sobre educación
La escuela Normal, forjadora de maestros
Nuestros maestros de la escuela Normal no nos mintieron. La carrera de maestro no es para hacerse ricos. Es para servir. ¿Servir de qué? De modelo. Los niños y muchachos verán a sus maestros como modelo a seguir. Lo imitarán en sus movimientos, actitudes, valores. Lo mirarán como una persona cariñosa y alegre. Lo mirarán como una persona paciente y puntual. Así llegamos como practicantes a una escuela primaria. El maestro titular antes nos dio los temas. Y nosotros a planear y dosificar contenidos en el tiempo determinado, que casi siempre era la jornada diaria. El grado que nos haya tocado, será determinante para nuestra actitud. Los cantos y juegos como motivación. El observar los rostros y percibir su tristeza o alegría de casa. Detectar alumnos con necesidades distintas de atención. Y encantar en lo posible con nuestras palabras. Y determinar previamente cómo los vamos a motivar. Ese es el reto diario.
En el currículo de materias de la escuela normal, aprendimos a elaborar material didáctico. Y asimismo llevamos clase de teatro. Un maestro es esencialmente un actor y un comunicador. En la clase de teatro aprendimos a respirar a profundidad. Y a cambiar de actitud de alegría a enojo. De seriedad a sonreír. Y aprendimos a dar volumen a nuestra voz. Todo ello como herramientas personales para interactuar con el grupo. No enojarse nunca, era la consigna del maestro de teatro. “Nunca se enojen, aunque en momentos actúen que están enojados, para tener control de grupo”. Así lo hice siempre que fue necesario. Pero pocas veces hubo necesidad de ello.
Era mi primer día de clases en mi carrera de docente (octubre de 1979, en Tabasco). Viajé desde la frontera norte donde nací, hasta el sureste mexicano. Precisamente el estado de Tabasco. La escuela primaria era la más retirada de la cabecera municipal. Ranchería Benito Juárez García, en Jalpa de Méndez. Tenía doce grupos. Y los maestros, la mayoría jóvenes, veníamos de varias partes del país. A la hora del recreo yo tenía sed. Y le pedí a un niño de mi grupo que estaba cercano que me trajera una soda, llamada así en el norte al refresco. Y salió raudo, corriendo. No tardó mucho. A los pocos minutos regresó todo apresurado, sudoroso, y feliz de haber hecho el mandado. Me dejó en mis manos un paquete de galletas de marca Soda.
Quizá me explique. O no. Soy egresado de escuela normal. Allí llegamos después de la secundaria, la mayoría hijos de campesinos, obreros y maestros. Convivimos por cuatro años. Clases. Exposiciones. Prácticas. Deporte. Largas pláticas de todo tema. Análisis en clase sobre la enseñanza en nuestro país. Cómo tratar a los niños. Nuestros maestros nunca nos hablaron de partidos políticos Quizá se trató en un tema: historias de los partidos políticos. Solo eso. Cada equipo expuso lo que investigó. Solamente. Ninguno de nuestros maestros nos propuso, en su interés, seguir rutas prefabricadas. Solo diálogo permanente. Nos dieron respuestas cautas a preguntas inocentes sobre el devenir y las condiciones del país. Aprendimos a hacer piñatas. Ensayos. A cantar canciones para coros infantiles. A construir para atletismo balas, discos y jabalinas y a lanzarlos. Hicimos un Cristo con clavos para herradura. Hicimos vistosos colguijes con chaquira y canutillo. Fueron cuatro años intensos de amistad y primeros roces con la poesía, el periodismo, la guitarra y la danza folklórica. En esos años miramos nuestro pasado reciente y vimos nuestro futuro en las aulas, homenajes, rostros de alegría de los alumnos ante lo nuevo, tristeza por sucesos familiares. Soy egresado de escuela normal y allí leí mucho. Tuve la oportunidad de ser amigo de condiscípulos oradores y lectores de literatura, política y filosofía. Aprendí algo en esas juntas. A elaborar una orden del día para reuniones ordenadas. A escuchar mientras alguien habla. A guardar silencio si lo que iba a decir no era tan importante. Comprendí la palabra amistad no en el diccionario, sino en esos años. Lo mismo del apego de pareja. Aprendí a soñar. Leí El llano en llamas, de Rulfo por tarea de un maestro: “para que comprendan el modo de ser de los hombres y mujeres del campo; ustedes serán maestros rurales”.
Para vacaciones de verano el gobierno del estado (de Tamaulipas) tenía becas de trabajo. Consistían en pago por radicar seis semanas en comunidades rurales cercanas. Vivíamos esos días en una escuela realizando actividades acordadas con la comunidad: deporte, clases de regularización, actividades artísticas. Crecimos como personas. Aprendimos mucho. Derecho. Obligaciones. Dignidad. Decoro.
Creo que en las escuelas normales, con maestros de verdad se desarrolla la conciencia de existir. No es algo sencillo. Los maestros comentan sobre sus experiencias de vida. Sus años en la sierra. Lo intrincado de los caminos. La pobreza. La miseria. La marginalidad. El abandono del campo. Solo eso.