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La Verdad del Sureste

El autoengaño


@UTufigno

Desde temprana hora del 15 de septiembre, las calles que confluyen hacia el Zócalo de la capital del país comenzaron a inundarse de autobuses provenientes de los estados de México, Hidalgo y Tlaxcala. No eran turistas que quisieran admirar las bellezas arquitectónicas del centro de la ciudad, ni conocer el recinto en donde se entregó el proyecto de Constitución de la Ciudad de México.
    Se trataba de personas “invitadas” de esos estados para recrear las épocas en las que la gente llenaba espontáneamente el Zócalo para emocionarse por unos momentos ante el recuerdo de los próceres que nos dieron patria. Pero los tiempos cambian. No hay espacio para los espontáneos; no al menos cerca del balcón presidencial. 
    A quien pudo observarlo, dos hechos no pasaron desapercibidos: una parte de los asistentes cercanos al balcón aún traían sombrero, quizá para que la luz de la luna no quemara su rostro; y más evidente fue que portaban un brazalete de color verde, es decir, un mecanismo de control desde su traslado a la capital hasta la entrega de los alimentos que les repartieron durante el día. Muchas horas permanecieron dentro del cerco dispuesto por el gobierno federal.
    Por la tarde, miles de personas –ellas sí, espontáneas- trataron de llegar al Zócalo con una consigna: “renuncia, Peña”. No se les permitió el paso. Los mismos que resguardaban a los “invitados” cercanos, reforzados por elementos de la policía capitalina, les cerraron su atrevimiento. A pesar de ello, algunos pocos pudieron penetrar el dispositivo de seguridad. 
    Más tarde -una vez más- no hubo cena de gala y Angélica Rivera empleó un vestido “reciclado”. En la página electrónica de la revista que le ha servido para evidenciarse, se lee: “el vestido que usó Angélica fue el mismo que portó en la cena con los reyes de España durante su visita al país europeo en junio de 2014. Sin embargo, para darle un toque ‘mexicano’… decidió añadirle un ‘cinturón’ satinado anudado en forma de moño en la parte de atrás”. 
    Si en Los Pinos creen haber enviado el mensaje de que suspender la cena y reusar un vestido son muestras de austeridad, están equivocados. Por ejemplo, ¿cuánto costó el traslado de quienes fueron llevados para tener un escenario a modo? Platiquemos de otro ejemplo más vergonzoso.
    Si durante el desfile del 16 de septiembre ustedes vieron volar los F-5, deben saber que es la última vez que los habrán visto emitir su estruendoso andar. En un país con vocación pacifista parece que se tomó la determinación de jubilar los viejos aviones de guerra, pero no como una medida de ahorro (el gasto de mantenimiento es muy alto), sino para reemplazarlos por otras naves, entre ellas doce aviones F-16 que estarían listos para volar en 2018.  
    A pesar de lo anterior, la simulación y el autoengaño suelen ser más costosos cuando trascienden lo estrictamente económico.
    A unos días de que se cumpla el segundo aniversario de la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa, la PGR anunció la renuncia de Tomás Zerón, el brillante investigador que lo mismo participó en el caso de la niña Paulette en el estado de México, en la recaptura de “El Chapo”, y en el sembrado (perdón, me equivoqué, va de nuevo)… y en el descubrimiento de las bolsas que contenían los únicos restos que sirvieron para corroborar la mentira histórica.
    Las primeras reacciones, incluso de los representantes de los padres de los normalistas, fueron de tomarlo como una señal para reiniciar el diálogo entre ellos y las autoridades encargadas de procurar justicia. Sin embargo, muy pronto se volvieron a caer las expectativas. 
    Un par de horas después de haberse dado a conocer su renuncia, Tomás Zerón de Lucio fue designado por Enrique Peña como Secretario Técnico del Consejo Nacional de Seguridad, un cargo que no puede leerse de otra manera sino como el manto protector del gobierno federal.
    Con un poco de tacto e inteligencia, sólo un poco, a Tomás Zerón le hubieran asignado su nueva responsabilidad después de que se cumplieran los dos años de los hechos de Iguala; ahora, la tensa relación entre padres y PGR podría empeorar pues no cabe otra expresión para definir lo que pasó: es una completa burla.         

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