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La Verdad del Sureste

AVANZA EL DOMINIO DEL CAPITAL GLOBAL SOBRE LA ECONOMÍA MEXICANA



 Abel Pérez Zamorano
* Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, integrante del Sistema Nacional de Investigadores. Profesor, investigador y Director de la División de Ciencias  Económico Administrativas de la UACH
Como resultado del desarrollo del capitalismo internacional, en el proceso de la globalización diferentes sectores de la economía mexicana vienen siendo progresivamente controlados por empresas de capital extranjero. La ley general de la acumulación del capital avanza a toda marcha en México, ciertamente fomentando el desarrollo de corporativos mexicanos, pero sobre todo extranjeros. Algunos ejemplos nos permitirán sustentar esta afirmación. La llamada liberalización financiera ha permitido que bancos europeos y norteamericanos controlen la mayor parte del capital bancario que opera en el país. De acuerdo con Daniel E. Nolle, funcionario de la Oficina de Control de Moneda de Estados Unidos, México tiene una de las proporciones más altas de capital extranjero en el sector bancario a nivel mundial: 70 por ciento; según Guillermo Ortiz, persona muy informada en la materia, el porcentaje alcanzaría el 75 por ciento. Y es bien sabido que estos bancos cobran aquí comisiones entre las más elevadas a nivel mundial, pero sobre todo es preocupante que sean los bancos extranjeros los que decidan la política de crédito, a quién, bajo qué condiciones y para qué prestar dinero, y obviamente lo hacen en función de sus intereses. Grandes corporativos como Walmart se apropian del mercado doméstico, con la consecuente ruina del pequeño comercio y de las empresas mexicanas de tamaño medio, privando así de su fuente de ingresos a millones de familias; el monopolio de la familia Walton controla ya el 63 por ciento del mercado minorista en México, y avanza aceleradamente: en el último año aumentó en 8 por ciento su participación en ventas totales, con un monto de 437 mil 659 millones de pesos; el año pasado abrió 132 nuevas tiendas (El Financiero, 3 de junio de 2015).
    En México no existe propiamente una industria automotriz nacional, ello no obstante que ocupamos el cuarto lugar mundial en exportación de automóviles; pero no nos hagamos ilusiones, esto es más bien el uso del territorio nacional y la mano de obra barata para ensamblar aquí los carros a bajo costo, sobre todo laboral, y venderlos luego en otros países con un margen de ganancia mucho mayor, en condiciones más competitivas que si se hubieran fabricado en países con altos niveles salariales. Igualmente, no tenemos industria aeronáutica, como sí tiene Brasil con Embraer; importamos todos los aviones. Los sectores de maquinaria agrícola y pesada están dominados también por empresas extranjeras. La industria refresquera está en manos de Coca-Cola y Pepsi, que combinadas controlan el 89 por ciento del mercado.
    Las empresas cerveceras y de otras bebidas alcohólicas “muy mexicanas” corren igual suerte: el Grupo Modelo es ya en gran parte propiedad de Anheuser-Busch InBev; tequila Don Julio fue adquirida por la británica Diageo; tequila Cazadores, por Bacardí; Herradura, por la estadounidense Brown Forman Corporation, y Sauza, por Beam Future Brands, sólo por dar algunos ejemplos de cómo la tradicional bebida es crecientemente propiedad de extranjeros, y de nacional sólo le queda el nombre. La industria juguetera y la cinematográfica han sido igualmente afectadas por la competencia extranjera, sobre todo china y estadounidense, respectivamente; de la época de oro del cine mexicano nada queda. No existe una industria mexicana de computadoras; todo lo compramos a los productores estadounidenses, chinos, etc., incluyendo los antivirus, por cierto, un jugoso negocio donde hay quienes se dedican a crear virus para luego vender la protección. En el sector minero es frecuente saber de empresas que luego de extraer la riqueza del subsuelo emigran dejando una secuela de contaminación.
    En producción de alimentos las cosas no están mejor. Según datos del Doctor Manuel Villa Issa, investigador del INIFAP: “Los técnicos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), indicaron que México compra del extranjero, principalmente de Estados Unidos, 43% de los alimentos que consume, lo que representa una gran dependencia alimentaria. Esto significa que entre los 40 países más importantes del mundo, México es el segundo país importador de alimentos en términos per cápita, después de Japón”. En ponencia del mismo autor en el Estado de México, la prensa registró su siguiente declaración: “México estaría importando en 18 años más del 80% de los productos que consume la población, si no modifica de manera radical su política alimentaria, según estudios de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO). Manuel Villa Issa, investigador de la Universidad Autónoma Chapingo (UACh) recordó los análisis en los que la FAO advirtió la problemática que se presentaría en el país para el 2030.” (El Universal, 27 de febrero 2012). En una palabra, peligrosamente empresas extranjeras controlan cada día en mayor medida lo que comemos. A esta situación nos ha llevado el predominio de la Inversión Extranjera Directa (IED), convertida por los estrategas en factor económico fundamental, verdadero pilar, del que ponderan su capacidad de creación de empleos, algo bastante discutible, pues buena parte de las empresas transnacionales no son intensivas en trabajo sino en capital, como la automotriz, pues operan más bien con sistemas automatizados. Naturalmente, las enormes utilidades obtenidas en México por el capital extranjero son luego repatriadas a sus países de origen, como hacen los bancos españoles, que en buena medida logran mantenerse a flote en Europa en tiempos de crisis gracias a la inyección de utilidades extraídas de Latinoamérica, muy particularmente de México, como en los mejores tiempos de la colonia cuando hacíamos la grandeza de España con el oro mexicano. A nosotros no nos queda el beneficio de esa riqueza en forma de ahorro, inversión y desarrollo de infraestructura.
    Depender, en tan alto grado, de ese tipo de inversión es estratégicamente peligroso, pues cuando así conviene a sus intereses se retira y deja desfondadas a las economías de países pobres; si no se atienden sus condiciones emigran a otros países donde la legislación laboral, fiscal o ambiental sea más laxa. Normalmente, muchos de esos corporativos, como Walmart, pagan impuestos irrisorios, y la carga fiscal recae sobre los hombros de los causantes de bajos ingresos y de clase media baja. La IED dejada a su arbitrio termina irremediablemente apoderándose de los recursos nacionales y de nuevos sectores económicos, por lo que no es la mejor solución para impulsar desarrollo y generación de buenos empleos; más bien debiera regularse eficientemente (como hace, por ejemplo, China), con un criterio centrado en el desarrollo del país y el bienestar social. Obviamente, puede ser útil, siempre y cuando desde el Estado se la ordene y oriente con arreglo a una estrategia, evitando sus excesos y su avasallante preponderancia económica, y política. Sin desdeñar el papel que puede jugar la IED, en un equilibrio sano, México debe depender en mayor medida del ahorro y la inversión internos como garantía de soberanía y desarrollo, para fortalecer una economía próspera y competitiva, cuyas utilidades se reinviertan en el país y aporten al fisco como parte de un mecanismo distributivo tan necesario como urgente.   

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