Aves y aviones
@UTufigno
Cuando los españoles al mando de Hernán Cortés tuvieron por primera vez a la vista la gran Tenochtitlan, quedaron maravillados: veían una enorme ciudad construida entre lagos al centro de un valle custodiado por dos imponentes volcanes. Lo que hasta entonces había escuchado el conquistador español sobre la capital mexica debió parecerle poco. Entonces reafirmó su deseo de conquistarla.
A la caída de Tenochtitlan, Cortés se instaló al sur del lago en una zona firme, en Coyohuacan (Coyoacán). Era 1521, y lo que hoy es la región del Valle de México tenía varios cuerpos de agua unidos entre sí: los lagos de Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco. Las aguas ubicadas al norte y oriente eran saladas, el resto eran de agua dulce.
Los aztecas procuraron adaptarse a lo que el entorno de los lagos les ofrecía, situación muy diferente a lo que hicieron los conquistadores españoles que se adueñaron de las tierras y aguas: comenzaron a desecar el lago. Así, la capital del virreinato creció al tiempo que disminuían sus aguas, pero no los impactos de la naturaleza pues la ciudad sufrió severas inundaciones en 1555 y 1629.
El desecamiento del lago continuó durante los siglos siguientes sin que el espíritu modernizador procurara armonizar el crecimiento de la capital con su origen lacustre. De haberse mantenido cierto equilibrio, hoy la Ciudad de México se asemejaría a Amsterdam o Venecia, y no tendría problemas de hundimiento ni los sismos tendrían efectos tan devastadores.
Las características del subsuelo de la capital, sumadas a las negligencias en los procesos constructivos, provocaron, entre otros daños, que el edificio H de la Cámara de Diputados se hundiera más de 20 centímetros como consecuencia de los movimientos telúricos del año pasado. Peccata minuta frente a los miles de muertos que suman los trágicos terremotos de 1985 y 2017. Desafiar a la naturaleza es una apuesta perdedora.
La Ciudad de México es una de las más grandes concentraciones urbanas del mundo, la que tiene la mayor demanda de infraestructura hidráulica y cantidad de emisiones contaminantes a 2,500 metros sobre el nivel del mar. Y, sin embargo, se continúan construyendo voraces desarrollos inmobiliarios que ofrecen propiedades en el aire a precios que sólo ciertos privilegiados pueden pagar.
Las actuales autoridades de la capital, de cuyo nombre no quiero acordarme, no aprendieron la lección del 19 de septiembre de 2017 y, contrario a lo que dicta el sentido común y la prudencia, vieron en el terremoto una oportunidad de hacer nuevos negocios.
De acuerdo con el art. 38 de la Ley para la Reconstrucción (de la Ciudad de México), “La Secretaría otorgará a los predios de los inmuebles dictaminados como no habitables que no pueden ser rehabilitados, de uso habitacional, con daños estructurales que implican demolición total o que colapsaron debido al sismo un incremento de hasta 35% respecto de la zonificación… en el coeficiente de utilización del suelo, niveles de edificación y/o número de viviendas”.
En pocas palabras, en lugar de desalentar el crecimiento de la capital hacia arriba, premian a las constructoras que podrán construir edificios más altos en las zonas que fueron dañadas por el sismo de 2017. No por nada los valores inmobiliarios de esas zonas incrementaron su valor dos semanas después del temblor. Así se conduce la especie gobernante que sólo ve por el interés comercial.
Algo similar ocurre con la construcción del faraónico nuevo aeropuerto internacional de la Ciudad de México. ¿Se necesitaba ampliar la capacidad aeroportuaria? Sin duda. ¿La opción propuesta por el gobierno de Peña era la única? No. ¿El lugar escogido es el óptimo para desarrollarlo? Más que dudoso.
En algún momento del Siglo XX se vislumbró la necesidad de proteger lo que quedaba del Lago de Texcoco para evitar inundaciones, recargar mantos acuíferos y limpiar el aire. Así nació el lago artificial Nabor Carrillo, el cual, aunque no lo crean, resultó un éxito pues es un santuario para diversas especies de aves migratorias.
Posteriormente se desarrolló el proyecto “Ciudad Futura” con una “visión integral de infraestructura, ecología y desarrollo”. El punto de partido era un sistema de lagos con una superficie “tres veces mayor que la bahía de Acapulco”. Así era el proyecto, ahora sólo interesan los aviones y los jugosos contratos para su construcción.