Sumido en un profundo barranco, Enrique Peña no atina a diseñar una estrategia medianamente coherente en el plano político, jurídico o comunicacional. Su gobierno sucumbe ante los hechos que lo superan y su reacción siempre es tardía; no ha sido capaz de anticiparse a una realidad que no estaba contemplada en su mundo irreal de telenovela fabricada con castillos principescos y personajes agachones que dicen “sí” a todo lo que son sus deseos. Pero se acabó. Por eso es el momento de reinventar un nuevo modelo antes de que el pueblo, la gente, se dé cuenta que es más poderosa que el señor de Los Pinos.
Los rumores comenzaron días atrás, cuando comenzó a manejarse la versión de que el jueves 27 Peña Nieto daría un “importante anuncio”. La certeza de la convocatoria acrecentó la euforia de los rumorólogos que apostaban sobre los contenidos del “importante anuncio” que daría el Ejecutivo Federal. No niego que algunos –entre los que me incluyo- suponíamos que un acto tan trascendente no podía ser otra cosa que su renuncia, o tal vez que su esposa donaría al Teletón la casa de las Lomas de Chapultepec, o que confirmaría la detención de Arturo Montiel para extraditarlo a la justicia francesa que lo reclama por la retención ilegal de sus hijos. Pero fallaron nuestras predicciones como también fallaron las de los más enterados que contemplaban el arribo de Beltrones al gabinete presidencial.
Tal vez para demostrar que sí ha leído la Biblia y que aún vive en tiempos de campaña electoral, Peña dio a conocer un “decálogo” de compromisos en materia de seguridad, derechos humanos y transparencia. De sus propuestas, la mitad de ellas caen en el terreno legislativo, es decir, en la componenda de la inútil agenda de los partidos políticos mayoritarios en el Congreso; la otra mitad, más cercana al campo de la acción ejecutiva, son propuestas tales como incrementar la presencia de elementos federales en algunos estados, transparentar la información de contratistas y proveedores, y la creación de un número nacional telefónico de emergencias –el 911- a imagen y semejanza de las series de televisión.
Todos y cada uno de los planteamientos hechos por el ocupante de la silla presidencial son criticables por diversas razones, pero fundamentalmente porque ninguno corresponde a la expectativa que se generó ya que ninguna de las propuestas implica una acción ejecutiva directa de acuerdo a la grave crisis que confronta al gobierno federal con la sociedad civil organizada y demandante de hechos, no de palabrería hueca salida de un guionista de comedia. Para colmo, el “importante anuncio” se dio en medio de la confirmación de la desaparición de otra treintena de jóvenes en Cocula, y la aparición de once cuerpos decapitados en Chilapa, ambas localidades del estado de Guerrero.
Tan intrascendente fue la presentación de Peña que las redes sociales se vieron saturadas de bromas alusivas al número telefónico 911, como si una llamada fuera la solución a los problemas de inseguridad. Y no sólo eso, ¿qué confianza puede tener un ciudadano de Iguala, por ejemplo, para llamar a la policía municipal? Y un joven de la Ciudad de México, ¿a quién le va a reportar que está siendo golpeado por granaderos de la policía capitalina? Además, imaginen el interminable diálogo de las grabadoras: -Llama usted al número de emergencias nacionales 911; si está siendo víctima de un delito federal, digite 1, si se trata de un delito común, digite 2; si llama de Aguascalientes, digite 1… si llama de Zacatecas, digite 32.
Otro anuncio -más importante- fue la renuncia de Cuauhtémoc Cárdenas al PRD. Para el fundador del partido del sol azteca no debió ser fácil poner fin a 25 años de militancia, pero era una decisión inevitable si, como lo dijo en su renuncia, quería mantener la congruencia con sus principios. Es significativo que los candidatos a quienes claramente se les despojó del triunfo en las elecciones presidenciales de 1988 y 2006 hayan abandonado las filas del partido que alguna vez fue la esperanza de la izquierda. No creo que Cuauhtémoc se sume a Morena, pero sí espero que, en congruencia con su renuncia, apoye la construcción de un México con libertad, justicia y democracia.