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La Verdad del Sureste

La cargada privatizadora


Si como decía algún viejo político, “la forma es fondo”, las formas mediante las cuales se confirmó la llegada de Enrique Ochoa a la presidencia del PRI -por si alguien lo dudaba- demuestran que en el fondo el tricolor sigue siendo el mismo partido arcaico, autoritario, de “cargadas” siempre dispuestas a darle la razón a quien es la encarnación del Todopoderoso en la Tierra. Si decide expropiar la banca, todos le aplauden; si decide privatizarla, igual le aplauden.

La cuestionada militancia del nuevo líder del PRI fue cubierta por el designio divino y el acompañamiento físico de los delegados de la tecnocracia: Aurelio Nuño, José Antonio Meade, Enrique de la Madrid y Claudia Ruiz (la del apellido innombrable), pero también le aplaudió mucho, en primera fila, Eruviel Ávila. Los optimistas hablan de un “cambio generacional”, aunque más bien parece un proceso privatizador del viejo partido.
    Los nombres de siempre ceden su posición al hombre surgido de la luz, sin importar si alguna vez lo habían visto en el auditorio de la sede nacional del partido o a cargo de la operación política en algún estado. Se someten los conocedores de los modos de siempre: Emilio Gamboa, Roberto Madrazo, Humberto Roque, Jorge de la Vega, María de los Ángeles Moreno, gobernadores, legisladores y miembros del gabinete.
Dos ausencias son notorias, pero comprensibles: la del derrotado, Manlio Fabio Beltrones, quien goza de unas vacaciones terapéuticas en algún lugar del planeta, y la de Miguel Ángel Osorio Chong, quien tenía cosas más importantes que atender, lejos, muy lejos del auditorio Plutarco Elías Calles. El mismo día en que Enrique Ochoa fue declarado de manera unánime como nuevo presidente del PRI, el Secretario de Gobernación se encontraba en Nueva York para participar en el lanzamiento de una campaña emprendida por la ONU para erradicar la violencia infantil. 
    La forma de imponer al relevo de Manlio podría explicarse por dos razones. La primera: que Peña nunca se creyó la recriminación justificativa que hizo don Beltrone al gobierno encabezado por el orgullo de Atlacomulco, luego de la derrota electoral del pasado mes de junio; la segunda, que nunca olvidó que en el proceso interno de 2011 Beltrones quiso disputarle la candidatura presidencial, a pesar de que terminó haciéndose a un lado. O ambas cosas.
    Sellado su destino desde que la bruja mayor de Atlacomulco, Francisca Castro Montiel (¿Montiel?, ¿dónde hemos escuchado ese apellido?) lo predestinó para ser presidente aún sin conocerlo, Enrique Peña mantiene los rasgos de su genética, tanto partidista como familiar, en donde lo menos importante es tener una definición ideológica o un mínimo de cultura general; lo importante es el poder y el sostenimiento de las ideas propias, aunque carezca de ellas.
    Dentro del ánimo de los tricolores se alzaron algunas pocas voces para cuestionar al sucesor de Beltrones; unos cuantos (sobran dedos en una mano) se atrevieron a tratar de participar en la convocatoria interna del partido. Y casi ninguno hizo algo más que inconformarse formalmente ante el propio PRI. Esteban Ruiz Carballido, quien afirma ser sobrino de Colosio, fue una de las voces abiertamente inconformes con la convocatoria y el registro de Ochoa. No va a pasar a más, como no sea su integración al equipo de trabajo.
    Con este proceso parece quedar lista la definición de los eventuales contendientes en 2018. Por el lado de los tricolores todo apunta a que Luis Videgaray -escondido en los últimos meses- podría ser su candidato, aunque antes habría que maquillarlo, cambiarlo de Secretaría y darle unos “baños de pueblo”. Por Morena, el candidato natural y quien lleva mano en la mayor parte de las encuestas, es Andrés Manuel. Por el PAN pareciera que Margarita Zavala encanta a una parte de su militancia, pero a otra parte no.  
    Respecto de los demás partidos, su participación será meramente testimonial y en los siguientes meses estarán más preocupados por sumarse a alguno de los antes mencionados para contribuir en algo –eso dirán- o al menos mantener su registro, incluido el PRD, que se acerca a un peligro mayor que en 1991. ¿Qué rumbo tomará el partido amarillo hacia 2018?, ¿definirá una alianza con los azules o se sumará a otros partidos de “la chiquillada” como supervivencia”? Porque eso de la congruencia lo dudo.

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