EL CHAPO DE CHAPO
En el lenguaje ajedrecístico la palabra “chapo” se emplea para referirse a un mal jugador; este término es sobre todo usual en México, porque en Cuba, por ejemplo, le llaman “sapo”. Pero sea “chapo” o “sapo”, lo importante es que se trata de un mal jugador, alguien que tiene planteamientos erróneos, que es incapaz de ver varias jugadas adelante y que, por lo mismo, deja casillas descubiertas o permite el escape del contrario en una posición aparentemente ganada. Algo así como Enrique Peña.
A las pocas semanas de haber vuelto a Los Pinos, el gobierno tricolor se ufanaba de haber capturado al “más buscado del mundo”, a Joaquín Guzmán, también un “Chapo”, aunque en este caso su apodo obedece a su baja estatura según la costumbre sinaloense.
En ese momento (22 de febrero de 2014), el chapo Peña Nieto tuiteaba: “Reconozco la labor de las instituciones de seguridad del Estado mexicano, para lograr la aprehensión de Joaquín Guzmán Loera en Mazatlán”. Unos días después, en entrevista con León Krauze, el hombre del copete aseguró que sería “imperdonable que ahora el Estado y el gobierno no tomen las debidas providencias” para que la fuga “nunca más se vuelva a repetir”.
Con esas palabras Peña quedó prisionero de sí mismo, aunque hoy trate de eludir su responsabilidad “imperdonable” ya que El Chapo Guzmán sí volvió a escapar, aunque no lo hizo con el uso de la pala y el pico, sino con el empleo de las armas en las que es experto el gobierno: la corrupción. ¿O alguien cree que únicamente fue necesario el acarreo de tierra y la contratación de “mineros” calificados para lograr la salida del Chapo Guzmán, el personaje que varios años consecutivos apareció en la revista Forbes como un multimillonario más?
Su explicable salida (seguramente con una tarjeta de prepago para transitar por el Circuito Exterior Mexiquense, construido por el propio Enrique Peña) se dio de manera coincidente –quiero pensarlo así- con una irracional medida tomada desde Los Pinos: un inusual viaje en el que la comitiva que acompañaba al titular del Ejecutivo Federal era casi tan grande como la gente que puede visitar el Museo del Louvre en un día (sí, admito que exageré un poco, pero sólo un poco). Por varias horas el país quedó sin gobernabilidad formal y ésa fue una circunstancia que le vino bien a Guzmán Loera pues le dio algunas horas de ventaja.
Aunque es válido suponer todas las hipótesis posibles, no comparto la idea de quienes creen que la novelesca huida de El Chapo haya sido pactada entre éste y el otro chapo (recuerden lo que les dije al principio) por una sencilla razón: nuestros vecinos del norte invirtieron recursos, tiempo y tecnología para lograr su aprehensión, e incluso reclamaban su extradición desde un primer momento, pero la soberbia del gobierno peñista -quiso mostrarse fuerte frente al gobierno de los Estados Unidos- fue su perdición.
Y al fracaso de cumplir con su “imperdonable” obligación de mantener bajo resguardo a Joaquín Guzmán, el chapo Peña tiene que asumir un nuevo revés: el desdén con el que los promisorios inversionistas extranjeros vieron la apertura de la Ronda Uno para regresar la industria petrolera a sus manos, después de casi 80 años de permanecer en manos del estado mexicano.
En contra de lo que esperaban los promotores de la privatización, en la llamada Ronda Uno sólo se adjudicaron dos de los catorce campos que entraron a concurso, a pesar de que hubo 25 empresas que habían precalificado para participar en la licitación; de esta forma, la expectativa de inversiones se redujo de 6,700 millones de dólares a 2,600. ¿Desconfianza o simplemente la geopolítica internacional del petróleo está viendo hacia otro lado? Qué mal jugador –un chapo auténtico- resultó ser el impulsor de la reforma.
A pesar de ello, la Ronda Uno sí arroja un ganador: Jerónimo Marcos Gerard Rivero, quien es directivo de una de las compañías que participaron como inversionistas de “Sierra Oil & Gas”, empresa que se llevó los únicos dos bloques adjudicados. Por si no les suena el nombre de Marcos Gerard, les comento que dicho ejecutivo es cuñado de otra fina persona: Carlos Salinas de Gortari. ¿Les suena el nombre?