A principios de 1971 Echeverría demostró sus dotes en una maniobra tan perversa como magistral. Ordenó que un grupo represivo, denominado Los Halcones, atacara una manifestación pacífica al poniente de la Ciudad de México. Esta guardia blanca fue entrenada en el uso de chacos, en la práctica de artes marciales y en el manejo de las armas de fuego (la película Roma da testimonio del entrenamiento y de la acción de los Halcones). Atacaron a los manifestantes, mataron a varios e hirieron a muchos. Nunca se hizo una investigación ni se castigó a nadie.
Todos nos creímos que el grupo agresor había sido organizado por gente de Díaz Ordaz para frenar el reformismo de Echeverría. El presidente insinuó que la responsabilidad recaía en las autoridades de la Ciudad de México. Alfonso Martínez Domínguez, regente, hombre de confianza de Díaz Ordaz, fue obligado a renunciar. No se defendió y un sexenio después lo premiaron con la gubernatura de Nuevo León.
Echeverría acusó a los “emisarios del pasado” del ataque criminal y fortaleció la opinión de que los responsables eran del grupo de Díaz Ordaz. Lo que es escalofriante es cómo muchos de nosotros creímos que se estaba haciendo justicia. Incluso, un intelectual de la talla de Octavio Paz aplaudió las medidas de Echeverría.
Echeverría convenció no sólo a los intelectuales de sus intenciones aperturistas, sino que logró congraciarse con los líderes del ’68 a los que excarceló, se creó él mismo una aureola liberal. A raíz de la matanza del 10 de junio, el nuevo jefe de la policía prohibió con una simple declaración de prensa las manifestaciones en la Ciudad de México. Nadie protestó.
Colaboró: Mario Antonio Domínguez.
