Es evidente que la democracia no se reduce a las elecciones y para que tenga respeto del pueblo se requieren mejoras en la situación económica en general y en la distribución del ingreso en particular.
Mientras esto no suceda, un sector importante de la población seguirá prefiriendo las salidas autoritarias con tal de que mejoren sus condiciones económicas.
Un ejemplo de esto se dio con la elección de Francisco I. Madero. Su revolución, que fue muy profunda y significativa, no era una empresa menor.
Bien lo había percibido el propio Madero, el régimen autoritario de Porfirio Díaz era lo que permitía la terrible desigualdad y la rigidez en la estructura política, y esas fueron las condiciones que llevaron al país a una revolución en 1910-1911.
Sin embargo, la mejora en las condiciones de vida de las personas, sobre todo de campesinos y obreros, no se vio reflejada inmediatamente y el presidente perdió muy pronto el apoyo de distintos sectores populares, quienes se rebelarían en su contra y su régimen terminaría cruelmente en 1913 durante la llamada Decena Trágica en la que Madero sería asesinado junto a su vicepresidente, José María Pino Suárez.
Como principio básico de nuestra democracia y del sistema político mexicano, desde hace más de un siglo la lucha por el Sufragio efectivo, no relección ha sido una constante, pero muy pocas veces los gobernantes han puesto empeño en mejorar las condiciones económicas de la población y en reducir la brecha de la desigualdad.
En lo que toca al presente sexenio, éste deberá dejar atrás la pesadilla de la pandemia y de las difíciles condiciones por las que hemos atravesado y observar si se ha avanzado en la mejora de las condiciones de vida de las personas.
No queda duda que la existencia de elecciones libres y justas no es suficiente, aunque es indispensable como camino hacia la democracia y el progreso.
