La necesidad de un padrón electoral confiable surgió tras la votación presidencial de 1988, la cual estuvo marcada por controversias y acusaciones de fraude a gran escala. Se afirmaba que incluso personas fallecidas habían sufragado. Jorge Carpizo, entonces secretario de Gobernación, reconoció la importancia de contar con un registro confiable de votantes para garantizar procesos justos y transparentes, ya que antes de la implementación del padrón, los comicios se basaban en mecanismos poco confiables, sin algún tipo de seguridad, lo que dejaba margen para irregularidades y duplicidades.
El Padrón actual se ha modernizado significativamente. Incorpora tecnología muy avanzada y medidas de seguridad rigurosas para proteger la integridad de los datos. Además de su función principal de identificar votantes, actualmente también se usa como medio de identificación en diversas situaciones, por ejemplo, en trámites ante instituciones financieras; incluso los servicios notariales echan mano de él.
Para salvaguardar su integridad, se han establecido sanciones severas para quienes intenten vulnerarlo, las cuales están previstas en la Ley General en Materia de Delitos Electorales que incluye como delito las conductas encaminadas a alterar el Registro Federal de Electores, con penas hasta de siete años de prisión.
Se mantiene como elemento fundamental en el sistema democrático mexicano.
Seguramente, este mecanismo de seguridad y de certeza electoral seguirá reforzándose con el paso del tiempo; de no hacerlo se podrían auspiciar irregularidades severas que podrían afectar el resultado de las elecciones y esto significaría un retroceso en el desarrollo de la democracia en nuestro país.
