DIJERON ADIOS PORFIRIO MUÑOZ LEDO


Durante años he dedicado reflexiones periodísticas a los amigos que se van. Ahora los decesos se me agolpan y apenas alcanza la pluma para la evocación memoriosa. “Se están muriendo gentes que antes no se morían”, decía la abuela. Señalaba el ocaso de una generación y de su sentido histórico, como ahora ocurre.
    En pocos días han desaparecido tres mexicanos de excepción, amigos con quienes compartí experiencias sustantivas. Me refiero a Miguel Ángel Granados Chapa, Tomás Segovia y Jesús Puente Leyva. Nacidos entre 1927 y 1941, menos de quince años los separaban y aunque sus biografías y destinos hayan sido tan diversos, fueron personajes destacados e inconfundibles de la generación a la que pertenezco.
    Afirmaba Helio Jaguaribe que la historia mexicana está marcada por la sucesión de personalidades. Un país de caracteres fuertes e irrepetibles que facilitan la encomienda de los muralistas. Difícilmente podría pensarse en tres coetáneos con perfiles tan distintivos. Habitaron y enriquecieron sin embargo un mismo horizonte y presenciaron en su madurez la decadencia insondable de nuestra vida pública. Sostengo que somos una generación poblada de talentos y testigos impotentes de la catástrofe.
    Recuerdo la última vez que compartí una mesa con Tomás y Miguel Ángel en noviembre del 2009. Era el 70 aniversario del exilio español y ofrecimos tres perspectivas diferenciadas sobre los días postreros de la República. Granados desde la luz emotiva e imparcial de la crónica, Segovia a partir de la experiencia desgarradora y el inevitable reproche, yo en la nostalgia de un universo ético que se extinguió con la complicidad de nuestro gobierno. Coincidimos en que la palabra “transición” fue inventada para enmascarar un entierro.
    A los seres queridos los recordamos en el momento de su máximo brillo o de su más cercana presencia. Esas son las fotografías que guarda nuestra memoria y si reencarnasen esas serían las formas como volveríamos a verlos. Cúspides vitales y proximidades amistosas, nunca series iconográficas.
    A Miguel Ángel lo evoco en dos momentos significativos: en sus días afanosos e indomables del Excélsior, cuando despuntaba por una crítica irreprochable, comprometida y sin estridencias. Después, en las jornadas del Consejo Electoral al que lo llevamos como una muestra irrebatible de que contábamos con ciudadanos honestos e independientes, por encima de cualquier interés que no fuera la nación. Modificamos inclusive la ley para que pudiese combinar su función republicana con el ejercicio magistral del periodismo. A Tomás lo había conocido como atractivo profesor de IFAL y en Filosofía y Letras como promotor de la revista Ideas de México, precursora de Medio Siglo. Nuestras más íntimas jornadas fueron en París, cuando yo fungía como Consejero Cultural y él desplegaba su trayectoria de poeta, escritor y traductor. Juntos concebimos una nueva época  de la publicación Nouvelles du Mexique en la que aplicó su esmerada sensibilidad, pensamiento claro y amor a nuestro país. Hablamos apenas el año pasado en la presentación de su libro Cartas de un jubilado, prodigio de nobleza y madurez espiritual.
    Con Jesús me vinculó su imaginación política  inteligencia reverberante y pasión nacionalista. Bregamos juntos en los setenta por la reconversión del modelo de desarrollo y nos opusimos ferozmente a la petrolización de la economía. Pronto nuestras obras y proyectos fueron sepultados por la avalancha neoliberal. Nos trasladamos a la diplomacia, donde Puente Leyva desplegó un activismo ejemplar y un  genuino estilo mexicano al servicio de la integración latinoamericana. Querido por todos dondequiera que fue, llevaba la patria en el tuétano.
    Contemporáneos de orígenes y en vocaciones tan distintos, forman no obstante un arco en el tiempo de México, que se extiende desde los empeños socialistas de Lázaro Cárdenas hasta el naufragio nacional de nuestros días. Granados pudo todavía decir su adiós. Segovia lo había anunciado: “No puede ser que yo no vuelva, como si al mar le hiciera falta y yo le hubiera dado mi palabra”. Nuestros amigos se la dieron a las generaciones que llegan.    

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