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La Verdad del Sureste

EL DOMINIO DE LA BANCA EXTRANJERA EN MÉXICO Abel Pérez Zamorano


 

Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics,
 miembro del Sistema Nacional de Investigadores
y profesor-investigador en la DICEA-UACh.
    Durante los tres siglos de la Colonia, galeones cargados con oro y plata llevaban a España esa riqueza extraída de nuestro subsuelo; hoy son sus bancos una mina más rica quizás, que junto con corporativos de otras potencias controlan las finanzas en México, obteniendo de ahí cuantiosas utilidades. Al iniciar la privatización de la banca, a inicios de los noventa, quedó legalmente establecido que los capitales extranjeros no podrían controlar más del 15 por ciento del capital bancario; pero fue ésta una tomadura de pelo para el gran público, pues los privatizadores sabían de antemano para quién trabajaban, y como el capital no tiene patria, en cosa de una década los bancos extranjeros tomaron el control: BBVA adquirió Bancomer; Santander compró Serfin, y el canadiense Scotiabank, Inverlat; el Citigroup se hizo de Banamex y HSBC tomó Bital. Según la Comisión Nacional Bancaria y de Valores (CNBV), a principios del año pasado, los siete bancos más grandes poseían el 84.1 por ciento de la cartera total de crédito y el 89.4 por ciento de las utilidades. Y como verdadero poder tras el trono, controlan las finanzas y han privado al país de tan importante instrumento para aplicar su propia política económica; hemos cedido esa potestad al capital extranjero, haciendo realidad aquel sueño de M. A. Rotshchild, fundador de la histórica dinastía de banqueros, quien dijo: “Denme el control del suministro de dinero de una nación y no me interesa quién haga sus leyes” (Subrayado APZ). Así pues, ellos deciden cuánto, a quién y en qué condiciones prestan dinero, siempre en función de sus expectativas de ganancia.
    Y vaya que saben hacerlo. Para Santander, su filial de México es la tercera mejor en el mundo: aporta el 12 por ciento de sus utilidades totales, y Latinoamérica en conjunto, el 51 por ciento (Fuente: Sitio corporativo del Grupo Santander). En el caso de BBVA, México genera el 31 por ciento de sus utilidades, y, en general, los países subdesarrollados, el 58 por ciento. Entre 2007 y 2011, las utilidades netas de todos los bancos que operan en nuestro territorio sumaron 331 mil 925 millones de pesos, y de ese total, los cinco bancos extranjeros más fuertes enviaron a sus casas matrices 167 mil millones de pesos (CNBV). Gracias a esto, en los últimos años, en medio de la crisis en España y los Estados Unidos, las filiales extranjeras han estado funcionando como flotadores para sus corporativos y han ayudado a apuntalar las inestables economías de sus países, con lo que estamos pagando la crisis generada por el capital mundial a costa de nuestro propio subdesarrollo. Cuánta razón tenía Thomas Jefferson al decir que los sistemas bancarios son más peligrosos que los ejércitos.
Pero aparte de su extranjerización, la banca es un oligopolio. Los 25 bancos más importantes que operaban hace veinte años fueron fusionándose hasta reducir su número a siete, quedando fuera de ese poderoso grupo sólo algunas instituciones muy pequeños y con una presencia bastante marginal. Y gracias a su carácter oligopólico aplican cobros muy altos, a nivel de usura; estudios especializados revelan que los bancos extranjeros imponen aquí 21 comisiones que no aplican en sus países de origen. Las tasas de interés por las tarjetas de crédito en México son de las más caras, pues oscilan entre 32 y 66 por ciento, por arriba de Canadá (18-20%), España (8-25%) y Estados Unidos (8-16%), e incluso de otros países como Colombia y Venezuela (Condusef). En México, lo que los bancos cobran por otorgar créditos supera hasta en veinte veces lo que pagan a los ahorradores; el margen financiero es aquí más alto que en la Unión Europea, dando como resultado que empresas y personas difícilmente pueden acceder al crédito, pues tendrían que trabajar para el banco. Por otro lado, las bajas tasas pagadas a quienes depositan su dinero inhiben el ahorro: en 2012 el ahorro bruto, como porcentaje del PIB, fue de 22 por ciento, muy por debajo del registrado en economías emergentes como China (51 por ciento), Rusia y la India (Banco Mundial).
    Como consecuencia también de los intereses usurarios, el crédito resulta oneroso e incosteable y el nivel de penetración de la banca es muy bajo, empujando a la gente a recurrir a servicios financieros informales o, en el caso de las empresas, al crédito de proveedores. El crédito interno al sector privado, como porcentaje del PIB, es muy bajo; representa la cuarta parte de lo que presta la banca en Alemania o en China, y apenas el 16 por ciento del promedio de la OCDE. Correlacionado con esto, sólo el 16.2 por ciento de las empresas utilizan bancos para financiar la inversión, apenas un poco más de la mitad que en Argentina, y muy por debajo del 48.4 por ciento en Brasil (Banco Mundial).
En suma, la banca comercial ha reducido drásticamente su participación en el financiamiento de la inversión, pero, peor aún, en términos relativos la de desarrollo se ha retirado. Según el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados, 2008, el crédito otorgado por la banca de desarrollo en 1994 sumó 11,592 millones de pesos, mientras que en el año 2008 (al mes de octubre), había otorgado sólo 198 millones, y participa apenas con el 5.6 por ciento del financiamiento a las empresas. Otra consecuencia de la estructura del sistema financiero es la terrible sequía crediticia en el sector agropecuario: entre 1995 y 2012 los créditos que recibió de la banca comercial pasaron del 5.2 por ciento a sólo 1.6 por ciento del total otorgado (José Luis Clavelina Miller, Economía Informa No. 378, enero-febrero 2013 con datos de Banxico); el más castigado es el sector de los pequeños productores. También el crédito a la vivienda se ha contraído.
    La lección que nos deja lo antes expuesto es que necesitamos recuperar la soberanía en el manejo del financiamiento para el desarrollo, lo cual significa reorientar la banca con un criterio más nacionalista y popular, para que pueda fomentar tanto el crecimiento como el desarrollo económico. Deben tomarse medidas para reducir la exagerada salida de capitales por concepto de repatriación de utilidades, y para elevar el ahorro tan necesario para nuestro desarrollo, y así poder reducir la dependencia con respecto a la Inversión Extranjera Directa; es necesario también elevar la tasa de reinversión y moderar las ganancias del capital bancario, para lo cual deben limitarse, verdadera y decididamente, las exageradas tasas de interés y comisiones que los bancos cobran. El Estado necesita asimismo asumir una posición más orientadora y enérgica en cuanto a políticas de crédito con miras a capitalizar y reactivar a sectores estratégicos, como el agrícola, aunque para ello sea también necesario rediseñar la estructura productiva de este último.

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