FILEMÓN el de San Salvador Atenco
El 5 de mayo murió “Filemón”; su tristeza fue tal que ya no soportó la ausencia de su original dueña, Magdalena García, aquella indígena encarcelada en el Penal de Santiaguito, Estado de México. Cada año, desde aquel 2006, al llegar el 4 de mayo, el burrito “Filemón” reflejaba en su cara, gran pesar y pareciera que llorara. Su dueña original, la indígena Magdalena García, lo tuvo que vender para pagarle sus honorarios al abogado que le iba a defender de los delitos de terrorismo, asonada, motín y secuestro que el Gobernado Peña instruyó le endilgaran. Murió “Filemón” y la indígena no queda aún libre.
Con el burrito “Filemón”, la indígena Magdalena García tenía una rutina: un día buscaba cargas de leña, otro, peroles con tamales, luego, pacas de zacate o pastura; o costales de maíz o piezas de alfarería; dos días descansaba. La indígena hacía su vida normalmente en San Salvador Atenco, entidad gobernada por el pri y Peña Nieto. Un día se le ocurrió a Magdalena García defender su lote y unirse a la lucha contra la expropiación de 4500 hectáreas que el Vaquero con botas batidas de estiércol que llegó a Presidente, Vicente Fox, había ordenado para construir un aeropuerto que iba a dejarle negocios por más de 100 mil millones ¡de dólares!
Fox y Peña, habían decidido pagarle a los indígenas y habitantes de San Salvador Atenco, 7 pesos con 20 centavos por cada metro cuadrado de terreno. ¡Qué poca…..! Y en esta barbaridad a Peña lo respaldó el pri y el pvem. Los habitantes de San Salvador Atenco se opusieron y montaron la resistencia. Y la madrugada del 4 de mayo de 2006, más de 3,500 policías federales y locales, con armas largas, metralletas, drogados, alcoholizados, con bayonetas caladas y encapuchados coparon el pueblo de San Salvador Atenco, allanaron casas, quemaron domicilios y asesinaron personas con la finalidad de doblegar a los atenquenses. A la dueña del burrito “Filemón”, Magdalena, indígena que no sabe leer, ni escribir, afectada seriamente de desnutrición, la apresaron en esa madrugada, la esposaron, la golpearon hasta el desmayo; una vez despierta, la obligaron a hacer felación con tres “policías”, dos de ellos la violaron y … la consignaron por delitos altamente graves.
La orden de realizar tal acción de barbarie la dio la noche del 3 de mayo el Gobernador Peña, instigado por las televisoras Televisa –Teidiotiza- y TVAzteca, estimulado por quienes ya tenían previstas gigantes ganancias con el negocio del aeropuerto y los terrenos.
En la trama siniestra, un mugroso partido, el PVEM, avalaba el pavoroso daño ecológico que tal atentado contraería; con la finalidad de desacreditar la lucha de los indígenas y habitantes de San Salvador Atenco, ese partiducho los acusó de estar infiltrados por terroristas y afirmó que detrás de ellos habían intereses políticos: ofrecieron 500 mil pesos a quien denunciara a los infiltrados. Hasta hoy esperan tal denuncia estos primos de “Filemón”. Pero hoy, estos bandidos del PVEM promueven un recurso para librar multas ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos porque según elos se violan sus derechos humanos.
El 3 de mayo de 2006 la noche protegió un movimiento sigiloso de tropas de choque. Al amparo de la oscuridad, cuando rayaban las cuatro de la mañana del día 4, más de 3,500 policías estatales y federales, acompañados por dos hombres encapuchados que señalaban la puerta de algunas viviendas, empezaron a cumplir la orden de allanar.
A su paso se llevaron todo lo de valor, como pasa en todas las guerras y como sufren siempre todas las víctimas. Recurrieron a decenas de allanamientos sin orden judicial. A través del terror de organismos de Estado, acallaron y sometieron a ese grupo unido de atequenses, quienes cuatro años antes tuvieron la osadía de descarrilar una decisión equivocada e injusta de los gobiernos federal y estatal. Ya molidos a golpes, esa madrugada, a los detenidos –hombres y mujeres- los arrastraron, los acostaron bocabajo en el piso de las cajas de los vehículos de la policía estatal. Como reses en canal, los arrojaron en hileras, apilados unos sobre otros; los agentes caminaron sobre ellos. Tirados ahí, los reventaron a toletazos. Los patearon. Había órdenes de romperles las nalgas a las mujeres por “pendejas y putas”. A algunas las obligaron a desnudarse o de plano les desgarraron y arrancaron la ropa para “desnudarles a güevo”, porque había que bajarles lo “calientes”.
Al menos doscientas doce personas fueron detenidas, golpeadas y torturadas. Un joven de veinte años y un adolescente de catorce murieron víctimas de la policía. Fueron arteramente asesinados. Veintiséis mujeres denunciaron violación sexual y cinco personas fueron expulsadas del país. Nueve menores, entre ellos una mujer, fueron enviados al Tutelar de Menores de Zinacantepec para ser torturadas durante 24 días. Todos los detenidos fueron torturados durante las cinco horas que duró su trayecto de Atenco hacia el reclusorio de Santiaguito. Las mujeres fueron violadas; otro niño fue asesinado porque “lloraba mucho”. Treinta y tres personas quedaron encarceladas. Trece aún lo están, y allí permanecerán bajo cargos de secuestro equiparado y ataques a las vías de comunicación. Algunos han sido sentenciados a 112, y a 32 años de prisión. Tres fueron recluidos en un penal de máxima seguridad. La orden la dio Peña; luego, públicamente admitió su responsabilidad. Nada más que éste Filemón nunca ha manifestado tristeza o culpa por aquellos asesinatos, violaciones y vejámenes. Y 9 años después, el 8 de mayo, otra represión tan atroz como la de San Salvador Atenco, Tlataya o Ayotzinapa, contra jornaleros en San Quintín. Nótese: en todos estos actos de barbarie, el poder lo tiene Peña.