Desaparecían, señalaba entonces, los grupos de excelencia en la ingeniería de las dependencias estatales: en la hoy extinta Luz y Fuerza del Centro, en la Comisión Federal de Electricidad, en Petróleos Mexicanos, en Ferrocarriles, en la en mala hora desaparecida Secretaría de Recursos Hidráulicos, en la Secretaría de Obras Públicas, en los institutos de investigación, y señalaba: de continuar esta tendencia, el futuro de nuestro país no coincidirá con las expectativas de los mexicanos, porque si bien no cabe afirmar que la ingeniería mexicana puede resolver todos los problemas nacionales, sí podemos señalar que los problemas nacionales no se podrán resolver si no contamos con una alta ingeniería mexicana.
Dejábamos de hacer lo que habíamos hecho bien, lo que había hecho la ingeniería mexicana cuando, en momentos lúcidos de nuestra historia, gobiernos patriotas decidieron que nosotros resolveríamos nuestros propios asuntos; que México lo construiríamos los mexicanos, y lo hicimos.
Hoy, el panorama no permite la menor consideración optimista. Independientemente de los números económicos con los que nuestros financieros políticos tratan de justificar sus acciones, a nadie escapa que en los próximos 20 años, por plantear un horizonte cualquiera, hay, entre otras cosas, que crear 25 millones de empleos, lo que no se puede lograr sin un sólido desarrollo industrial; construir vivienda y servicios –entre los que destaca la educación de calidad en todos los niveles y la salud–, producir el doble de alimentos, incrementar en igual proporción la infraestructura física, la disponibilidad de agua, de energía y de energéticos, para atender a una población con 25 millones de mexicanos más, al tiempo de superar los serios rezagos que nos agobian.
Me preguntaba: ¿existe alguna fórmula para conseguir esto sin ingeniería mexicana? ¿Hay ejemplo alguno en la historia de la humanidad sin una ingeniería local muy desarrollada? ¿Se puede –y se debe– importar todo del extranjero? La respuesta es, desde luego: no.
