LA GUERRA DE DIVISAS Y LA DEVALUACIÓN DEL YUAN
(Segunda de dos partes)
Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics,
integrante del Sistema Nacional de Investigadores.
Profesor, investigador y Director de la División de Ciencias
Económico Administrativas de la UACH
Peter Schiff, economista norteamericano, presidente de Euro Pacific Capital, quien, por cierto, predijo la crisis de 2007, ha advertido que el: “Precio del oro subirá en respuesta a la continua creación de dinero por parte de la Fed, la llamada flexibilización cuantitativa”. También relacionando el aumento en la cantidad de dinero con la pérdida de valor de éste, el especialista en finanzas Frederik Mishkin nos recuerda una tesis fundamental: como consecuencia del aumento en la oferta de dinero, “A corto plazo el tipo de cambio de equilibrio disminuye”.
Podemos ver, pues, que desde hace tiempo diversos países han desatado una guerra de divisas (considerada por algunos como la tercera), devaluando sus monedas, afectando así las exportaciones y el crecimiento de China. Un ejemplo de los efectos de esa política es que, “… las ventas de automóviles en China cayeron 7.1% en julio respecto al año pasado a 1.5 millones de vehículos, su mayor declive desde febrero del 2013” (CNN, 11 de agosto), obviamente frenando el crecimiento. Reducen el valor de sus divisas para aumentar su competitividad para conquistar o retener mercados, particularmente en tiempos de recesión. En un punto de saturación de capitales, el capital no halla dónde colocar toda su producción y busca abrir mercados. Guido Mantega, Ministro de Finanzas de Brasil hasta enero pasado, sostiene que la actual guerra de divisas inició desde 2010. En igual sentido, Ann Williams y Chia Yan Min en su artículo “La guerra mundial de divisas: 5 cosas que debe saber sobre el tema”, publicado en The Straits Times (citado por Russia Today el 21 de marzo), dicen: “Esta semana, el banco central de EE.UU. ha tomado medidas para frenar el crecimiento del dólar, ya que una moneda fuerte puede afectar a las exportaciones y provocar otros riesgos. En total, unos 25 bancos centrales han debilitado su moneda a lo largo de este año mediante la reducción de sus tasas de interés. ¿Por qué sucede esto? ¿Significa esto que estamos en el medio de una guerra global de divisas?”
Las autoras cuestionan: ¿Qué es la guerra de divisas y quién la empezó?, y responden: “Ha habido varias guerras de divisas a lo largo de la historia, pero el último episodio se inició en octubre del año pasado cuando Japón tomó una serie de medidas para bajar el yen […]. Desde entonces, al menos 25 bancos centrales han reducido las tasas de interés o han emprendido otros movimientos para reforzar el crecimiento y debilitar sus monedas. Las importantes caídas del euro y el yen frente al dólar este año también están presionando a China para que devalúe el yuan, lo cual sería una señal de que Pekín se une a la guerra de divisas”. Además, apoyándose en otros investigadores advierten que: “… en una economía global donde el crecimiento es escaso y no hay instrumentos políticos suficientes para aumentarlo, la guerra de divisas podría haber llegado para quedarse.”
Respecto a la existencia de una guerra de divisas, coincide también el diario español El País: “Mientras que el valor de la moneda china ha estado pegado al del dólar, las divisas de sus principales competidores se han depreciado considerablemente. El yuan se ha fortalecido más de un 21% con respecto al yen japonés y más de 11% con respecto al won surcoreano en el último año, por lo que los productos chinos han perdido competitividad. La cotización de la moneda de su principal socio comercial, el euro, también se ha depreciado más de un 17% frente a la divisa china” (El País, 11 de agosto de 2015). Es claro, pues, que, frente al debilitamiento planificado de las divisas de otros países, el yuan ha venido fortaleciéndose y perdiendo competitividad, ante lo cual China sólo ha respondido, y en muy modesta medida (4.4 por ciento), quizá insuficiente dado el desfase generado.
China venía flotando económicamente, aun en un contexto de recesión mundial, gracias a su mercado interno y a una buena competitividad de sus exportaciones, pero éstas se han reducido, y son cada día más necesarias para dinamizar la economía y el empleo. Al respecto, Bloomberg reporta que la devaluación de China está determinada por un descenso continuo en las exportaciones del país: en 2015 el valor de su comercio exterior ha caído en 7.3 por ciento respecto a igual período del año anterior.
Como se ha advertido, las guerras de divisas están estrechamente asociadas con períodos recesivos. En la Gran Depresión, el mercado se contrajo, cayó la demanda mundial y la doméstica en los países industrializados, que pugnaban por vender, y devaluaron para ser competitivos. Fue la primera guerra de divisas. Después, desde 1971 Nixon inició la segunda al abandonar unilateralmente los acuerdos de Bretton Woods que obligaban a respaldar en oro las emisiones de dólares, quedando libre para imprimir cuantos quisiera y generando una caída en el precio del billete verde frente a otras divisas. Hoy el mundo sigue padeciendo las secuelas de la crisis de 2008 y eso propicia el proteccionismo, y, como instrumento de éste, que cada país busque reducir importaciones y aumentar exportaciones. Según Die Welt, diario alemán, citado por Russia Today, 29 de septiembre: “Un débil crecimiento del PIB mundial, que conlleva una reducción de la demanda de importaciones, ha provocado que la OMC redujera sus predicciones para el comercio mundial durante el segundo semestre de este año y que extendiera esta tendencia al 2015…”. Entre 2012 y 2013 sólo hubo un crecimiento de 2.2%.
Ante esa debilidad, en el último año el euro se ha depreciado ante el dólar en 25 por ciento y el Banco Central Europeo ha reducido las tasas de interés: en junio de 2014, de 0.25 a 0.15, y en septiembre a 0.05. En el extremo, Suiza impuso en enero tasas negativas (0.75 por ciento) y fracasó. Estados Unidos las ha reducido casi hasta cero y junto con Japón y Europa ha debilitado sus divisas para salir del atolladero, trasladando, como varios advierten, a los países emergentes el peso de la crisis, obligándolos a importar más y exportar menos haciendo sus divisas relativamente más caras.
La devaluación del yuan, en el contexto de una contracción mundial, favorecerá que se importen más productos chinos a México, por ejemplo, en sectores como el acero, cuyas importaciones han crecido ya 85 por ciento en este año. Nuestra cuota de participación en el mercado estadounidense podría verse afectada por una mayor competitividad de las exportaciones chinas con un yuan devaluado, y como consecuencia también el empleo y el crecimiento de la economía, de no tomarse a tiempo otras medidas. Y todo esto se debe no a la “competencia desleal” de China, sino a que no hemos desarrollado nuestra propia productividad y competitividad. Finalmente, como una advertencia, las turbulencias bursátiles del lunes 24 iniciadas en China podrían indicar la posibilidad de que la devaluación del yuan continúe, pues en la medida que se aplicó parece no haber logrado resarcir aún la pérdida de competitividad provocada por el debilitamiento de las monedas de sus competidores. Cuánto se eleve la competitividad de China con la medida aplicada es algo complejo y difícil de determinar con exactitud, ya que la devaluación genera efectos colaterales que pueden neutralizar en parte lo logrado. Como decimos más arriba, la base firme y más duradera de la competitividad debe ser una mayor capacidad productiva: ese es el verdadero reto, y el país que lo supere podrá ganar mercados y aumentar su crecimiento.
La guerra de divisas muestra que el sistema de comercio mundial debe ser reorganizado. Como consecuencia de la gran capacidad productiva de varias economías nacionales, pero enfrentada con un desenfrenado crecimiento de la pobreza en el mundo, mercados domésticos como el del propio Estados Unidos se debilitan y los empresarios buscan salida a su producción vía exportaciones; el problema es que al hacer lo mismo chocan en el intento. Sólo con una redistribución del ingreso en todos los países podrán fortalecerse los mercados internos, absorber la producción e impulsar el crecimiento.
El modelo basado en las exportaciones está haciendo agua, al grado que recurre en medida creciente a refuerzos extremos como los descritos.