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La Verdad del Sureste

LA GUERRA DE DIVISAS Y LA DEVALUACIÓN DEL YUAN (Primera de dos partes)


Entre el 11 y el 13 de agosto, el Banco Popular de China devaluó el yuan en 4.4 por ciento, dejando su paridad a 6.4 por dólar. Como consecuencia, cayeron los mercados de materias primas en el mundo, ya que China es el principal consumidor: entre el 40 y 50 por ciento de los metales industriales; el primero de carbón mineral y mineral de hierro e importador número uno de madera. Desde este año es el primer importador de crudo (7.4 millones de barriles diarios contra 7.2 millones de EE.UU.) (Reuters); y si ahora devalúa el yuan, reducirá sus importaciones de petróleo, generando expectativas de menor demanda, y, consecuentemente, caída de los precios. Como efecto de la devaluación, los precios del aluminio y el cobre cayeron a sus niveles más bajos en seis años, y el zinc al más bajo en tres años. Cayeron también las bolsas de valores, pues China, la segunda economía del mundo, al encarecer sus importaciones comprará menos materias primas, con lo que el valor de las acciones de empresas comercializadoras o productoras cae al reducirse las expectativas de ventas y utilidades. En ese contexto, los accionistas buscan mejores alternativas de inversión. Como el sistema global de empresa es un todo integrado, no sólo caen las acciones de aquellas directamente proveedoras de China, sino bancos y toda la red de empresas ligadas, aunque sea indirectamente, a esos mercados.
    Los medios de comunicación mexicanos aprovechan para exhibir a una China decadente, en franco deterioro, cada vez menos capaz de crecer y competir, uno de cuyos síntomas es la devaluación; por ejemplo, se insiste, este año no podrá crecer al 7 por ciento. Según la prensa occidental el poderío chino no es tal; es, como, dijera Mao, sólo que ahora en contra, “un tigre de papel”.     
    Y ciertamente, nadie ignora que su crecimiento se ha ralentizado, con un PIB esperado para este año de 6.8 por ciento, por debajo de los niveles de años pasados. Mas debe advertirse que, de todas formas, su crecimiento duplicará el promedio del PIB mundial esperado (3.3, FMI) y el de las potencias: más del doble de Estados Unidos (3.1), el cuádruple de la Unión Europea (1.7 por ciento); duplica también el esperado de México (2.7 por ciento). El menor crecimiento de China influye, pero no es lo determinante; su mercado doméstico ha sostenido en parte el crecimiento, aunque no es desdeñable la aportación del mercado externo. Sin embargo, sus exportaciones han sido frenadas por la política proteccionista de otros países que debilitan o devalúan sus monedas. Al final, como hemos visto, China respondió con la misma moneda: devaluando e irrumpiendo así en una guerra de divisas ya en curso, eufemísticamente llamada “devaluación competitiva”, aunque, ciertamente, la medida podría tener un segundo efecto: flexibilizar el régimen cambiario (insistente exigencia de las potencias a China), para ajustarlo a las fuerzas del mercado, en busca de que el yuan sea incorporado por el FMI en la canasta de divisas oficialmente aceptadas como referencia para el comercio internacional, base de los llamados “Derechos Especiales de Giro”, DEG.
    Pero no debemos olvidar que la competitividad económicamente sana se obtiene reduciendo costos, abaratando las mercancías mediante desarrollo tecnológico, educación y capacitación de la fuerza de trabajo, mejorando materias primas, optimizando el uso de la energía, etc. Otros recursos, aunque socialmente dañinos, son: sobreexplotación de la fuerza de trabajo, sistemas fiscales muy laxos o deterioro ambiental tolerado. La política monetaria es un instrumento de refuerzo mediante el cual intencionalmente se debilita la moneda nacional para ganar competitividad. Con una devaluación, en este caso al perder valor el yuan, se necesitan más unidades de éste para comprar cada dólar; o sea que éste se encarece, y con ello también la compra de bienes y servicios en Estados Unidos y otros países, y se reducen así las importaciones de China.
    Suben en cambio las exportaciones del país que abarata su moneda, pues los compradores extranjeros, pongamos en Estados Unidos, con un solo dólar podrán comprar más yuanes y adquirir más productos chinos. Una moneda con menos valor estimula exportaciones y limita importaciones, impulsando de esa forma el crecimiento y la creación de empleos. Cuando son más las importaciones, los empleos se generan fuera y se dinamizan otras economías. Obviamente, como toda verdad, ésta tiene sus límites de validez. La devaluación puede ser útil siempre y cuando ocurra dentro de un determinado rango. Si el tipo de cambio baja demasiado, reduce la capacidad de importación de bienes y viajes al extranjero y provoca inflación al encarecer las materias primas, bienes de consumo o componentes y bienes de capital importados.
    Además, puede provocarse una espiral del conflicto: si un país devalúa para ganar competitividad, otros podrían hacer harán lo mismo, y el comercio mundial se reducirá. La devaluación también encarece los intereses de la deuda externa, pactados en dólares.
    Mas no sólo mediante devaluación abierta se debilita una moneda. Existen otras formas, como venderla a cambio de divisas extranjeras o manipulando las tasas de interés. La manipulación de las tasas de interés es otro instrumento para debilitar una moneda y hacerla más competitiva. Aplicado el razonamiento a la política económica de Estados Unidos dice así F. Mishkin: “Cuando la tasa de interés nacional sobre los activos en dólares aumenta […] el rendimiento sobre los activos en dólares aumenta en relación con el de los activos extranjeros, por lo que las personas querrán mantener más activos en dólares. Un incremento en la tasa nacional de interés […] ocasiona que la moneda nacional se aprecie. De manera opuesta, si la tasa de interés disminuye de valor, el rendimiento esperado relativo sobre los activos en dólares decae […] y el tipo de cambio baja. Un decremento en la tasa de interés nacional […] ocasiona que la moneda nacional se devalúe” (Frederic Mishkin, Moneda, banca y mercados financieros, 10ª edición, págs. 444-445). Precisamente eso ha venido haciendo Estados Unidos.
    La situación es extrema: después de la crisis de 2008, Estados Unidos ha mantenido sus tasas en un rango entre 0.0 y 0.25 por ciento. Cuando éstas son cercanas a cero, o negativas (como ha ocurrido recientemente con Suiza), y no ocurre la reacción esperada, se recurre al aumento en la emisión de dinero, “flexibilización cuantitativa” le llaman, como han venido haciendo Japón, la Unión Europea y Estados Unidos.
    Este último viene imprimiendo dólares en grandes cantidades desde que, en 1971, Richard Nixon rompió unilateralmente la obligación de su país de respaldar en oro las emisiones y desató la impresión masiva de dólares con los que se inundó al mundo, provocando una devaluación real del dólar, misma que puede verse en su depreciación frente al oro, que antes le servía de referencia y era su obligado respaldo.
    En agosto de 1971 la onza de oro se cotizaba en 35 dólares; en mayo de 1972, en 42.2 dólares; en enero de 1980 tenía un precio de 850; en octubre de 1999, era de 338; para 2003 valía $400, y en noviembre de 2005 se cotizaba en $500; en marzo de 2008 alcanzó los mil dólares y en septiembre de 2010, los $1,280. El 25 de agosto se cotizaba en 1,143 dólares. Esto es, el dólar se ha depreciado durante todo este tiempo.
    * Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics,
    integrante del Sistema Nacional de Investigadores.
    Profesor, investigador y Director de la División de Ciencias
    Económico Administrativas de la UACH

 

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