Hagamos juntos historia
Como ocurre cada seis años desde que el general Lázaro Cárdenas fue electo presidente de nuestro país para el periodo 1934-1940, este domingo primero de julio acudimos a la cita con las urnas para depositar nuestro voto. Atrás quedan las épocas del partido único que dominaba todas las elecciones, aun ante la ausencia de rivales (López Portillo, por ejemplo).
Hoy, el viejo partido, revivido por la incompetencia de los gobiernos emanados del blanquiazul, tendrá que enfrentar una nueva realidad: el desplazamiento del poder, algo que no ocurrió ni siquiera cuando Fox tuvo la suficiente legitimidad para hacerlo. Quizá por complicidad.
No se trata en modo alguno de aniquilar al adversario, sino de transitar a un nuevo modelo de democracia en el que la competencia política obligue a los partidos y candidatos a realizar las transformaciones que la sociedad reclama y necesita. El PRI sólo se renovó en imagen, dejó de ser un feroz tiranosaurio para convertirse en una cara amable, llena de juventud, pero con los mismos vicios de siempre. Si algo va a definir el gobierno de Enrique Peña, va a ser la corrupción.
De los tiempos de “Mr. ten percent” (Raúl Salinas), hoy la corrupción se identifica con la “Casa Blanca”, Odebrecht o “sí merezco riqueza”. Lo mismo, pero más caro. Más caro porque la corrupción significa desvío de la riqueza nacional, bien porque los particulares destinan una parte de sus ingresos a este impuesto sin nombre, bien porque las adquisiciones del sector público tienen sobreprecios.
Aunado a lo anterior, el gobierno de Peña heredó el fracaso de la fallida guerra contra el narco que inició Felipe Calderón, lo que ha cubierto al país de sangre de decenas de miles de muertos. Eso sí, el panista no deja de ufanarse de la estabilidad macroeconómica, muy al estilo porfirista de “poca política y mucha administración”. El error de Peña Nieto fue continuar con la misma estrategia, pues ¿cómo obtener resultados distintos haciendo lo mismo?
Esa guerra sin sentido es, en alguna medida, la responsable última de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en un hecho que será llevado a los libros como una vergüenza histórica por la dilación del Ejecutivo Federal en intervenir bajo el argumento de que era un problema a nivel municipal. Es verdad que hay competencias, pero también incompetencias.
La lista de agravios cometidos hacia los ciudadanos por parte de los gobiernos recientes no acaba ahí. La bonanza prometida de la reforma energética no llega, como tampoco se ve en qué consistió la reforma educativa, llena de vacíos pedagógicos pero repleta de violaciones a los derechos laborales de los maestros. ¿Y la inseguridad? ¿Acaso alguien siente más tranquilidad en las calles que hace 10 o 15 años?
En el tema de la inseguridad hay una responsabilidad compartida entre los gobiernos estatales y el federal porque no coordinaron acciones para implementar de la mejor manera las modificaciones que el nuevo sistema de justicia penal demandaba. Ah, pero eso sí, la culpa es del sistema de justicia penal.
Los grandes problemas requieren grandes soluciones, mismas que en un régimen democrático deben construirse a partir de la sociedad. Nadie tiene una varita mágica para recomponer la situación actual de la noche a la mañana, pero mientras más nos tardemos en iniciar, más tardaremos en alcanzar el bienestar social que requerimos.
El nuevo gobierno surgido de estas elecciones no viene a destruir, viene a corregir los vicios del pasado y a reorientar las políticas públicas que han privilegiado al gran capital a despecho de la gente. Tampoco vendrá a colocar en la “piedra de los sacrificios” a todos quienes hayan ocupado algún cargo público; revisará, eso sí, su actuación, pero sin que las investigaciones que resulten sean la prioridad pues, en orden de prioridades, lo primero es atender el reclamo de los votantes.
Aunque los resultados definitivos de la elección no los conoceremos la noche del primero de julio, tendremos suficientes elementos para saber que los sueños de muchos idealistas de la izquierda formal y clandestina serán una pronta realidad. Quizá no en la forma en que los concibieron, pero sí en la manera en que es posible alcanzarlos. El camino ha sido largo, pero sin su andar no estaríamos próximos a hacer historia.