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La Verdad del Sureste

LAS VERDADERAS MAFIAS


En el mundo existen 2 clases de gremios mafiosos. Los que operan en la clandestinidad o al margen de la legalidad, y los que operan desde la legalidad encubiertos a plena luz del día. Aquellos son a los que se les culpa de todo; éstos, los que aprovechan el recubrimiento camuflado de la legalidad para perpetrar sus fechorías tan atroces como la de aquellos.
    ¿La mafia rusa, los carteles mexicanos (el de Jalisco, de Sinaloa, del Golfo, Nueva Generación, los Zetas), los Yakuza, la Cosa Nostra, los cárteles Colombianos? Meros aficionados comparados con los integrantes de los cinco gremios más fuertes del mundo; nunca entendieron que la mejor manera de operar es desde el oficialismo. Mafia es una organización que utiliza su poder para defender sus intereses. Aunque nos hayamos acostumbrado a lo contrario, no es necesariamente una institución ilegal.
    La mafia más influyente del planeta es el sistema financiero. La sociedad está hecha para que usted y yo no podamos aspirar a un pasaje de avión o una casa si no tenemos cuenta con ella. La banca no solo maneja el dinero del mundo, sino que, cuando pierde, los gobiernos giran recursos para rescatarla. Su alcance es tal que se han creado paraísos fiscales para que la gente guarde su dinero sin que le hagan muchas preguntas.  Usted deposita su dinero en ellos y por “administrárselo” le cobran “comisiones”; con su mismo dinero juntado con el de millones de ahorradores, le dan préstamos o créditos a otros cuentahabientes, clientes o a usted mismo acordados a tasas que rebasan los dos dígitos mensualmente; y a usted le dan réditos de rendimiento miserables, que no rebasan los 3 puntos porcentuales anuales. O sea, con su dinero hacen abultadas ganancias. Ese gremio si es verdaderamente una mafia: en el país operan 45 cárteles bancarios legalizados y protegidos por el gobierno y la ley. La segunda mafia más poderosa son los Estados o, más bien, las personas que los dirigen. Nosotros mismos las elegimos mediante el voto y creemos que son nuestros líderes, pero no. No es poco lo que manejan: pueden vender los bienes nacionales y contratar gigantescos adeudos de un país, legitimados con el voto de usted –a quien en última instancia dañaran sus políticas gubernamentales-. Son figuras puestas ahí, muchas veces por miembros de la primera organización. Destinan el presupuesto del Estado para los fines que a ellos o sus amos les conviene. Nunca se preocupan por la mayoría.
    La tercera institución mafiosa del mundo: la FIFA, regente de un ejército de creyentes más firme que cualquier religión. Según un estudio, el fútbol mueve cerca de 50.000 millones de dólares gracias a nosotros, los bobos fans o admiradores de pateadores de pelota y clubes mercantiles de negocios encubiertos en el “deporte”; todos os hinchas en realidad son clientes. Las personas empeñan el alma por ir a un mundial. Otras se matan por una camiseta, y las más moderadas discuten acaloradamente si Pele, Maradona, Ronaldo o Messi como si la vida dependiera de ello. En ese gremio mafioso legalizado aparecen Joseph Blatter y los funcionarios de la FIFA. No los cogieron por deshonestos, los cogieron porque se les fue la mano. Eran la cabeza de un deporte de gente deshonesta. El fútbol está podrido, y no hablo de los que recibieron 150 millones de dólares en sobornos. Lo vemos a diario en cualquier cancha, donde si hay un muerto el partido se juega igual, los jugadores se esfuerzan en fingir una falta para perjudicar al rival y el equipo que va ganando quema tiempo impunemente. Y si es local, esconde los balones de repuesto para que el juego tarde en reanudarse.
    Y las federaciones futboleras locales o sufragáneas de la mafia mayor FIFA, impone a los “jugadores” que van a representar a nuestro países en tornes de toda laya; venden los contratos de los pateadores de pelota cual si fuesen sus esclavos y a precios altamente inflados sin que realmente estos pateadores de pelota sirvan para un carajo.
    No son menos corruptos los jugadores. Los futbolistas no ven nada sospechoso en ganar millones por coger un balón a patadas, y se hacen los distraídos en un negocio que, de Florentino Pérez, o los asquerosos dueños del América, el Cruz Azul o las Chivas, hacia abajo, tiene por presidentes de clubes a personas cuestionables. Y encima le agradecen a Dios cuando ganan, como si Él tuviera tiempo para eso. Es que entre mafias se entienden.
    No se salvan los “fans”, que toman ese jueguillo –patraña distractora- más en serio que los propios jugadores: celebran sin escrúpulos un triunfo de “su equipo” –que como negocio nunca será de ellos- aunque haya sido con un penalti robado. Decencia sería que Argentina, por ejemplo, devolviera el título del 86 porque Maradona hizo un gol con la mano, anular en su momento el resultado del Francia-Irlanda rumbo al mundial de 2010 por la mano de Henry. Esa si es una mafia legalizada.
    La cuarta mafia, me reservo los comentarios: es el conglomerado de la venta de armas. La quinta mafia más poderosa del mundo es la religión. Vaticano o como quiera llamarlo, el negocio se sostiene gracias a la manipulación de los creyentes, pero también a inversiones en el sistema bancario, el inmobiliario, aerolíneas, servicios públicos y hasta empresas de armamento o laboratorios para anticonceptivos. Tanto poder tienen que protegen a los pederastas miembros de sus élites.
    La mejor manera de operar es desde el oficialismo. El problema no son los bancos, ni los políticos ni los curas; no el fútbol, la FIFA o Blatter, o los dueños del América. Es el hombre.   

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