Lección para México
Doctor en economía por el Colegio de México (COLMEX) con estancia en investigación en la Universidad de Princeton, fue catedrático en el Centro de Investigación y Docencia económica y articulista en la revista económica Trimestre Económico.
No es común en México hacer homenaje a gente sencilla, humilde, nacida del pueblo y crecida en las dificultades de un régimen de producción basado en el trabajo asalariado. Algunos personajes que deberían ser reconocidos por su obra y por las grandes e importantes aportaciones que hicieran a nuestra patria –aunque no todos nacieron de las entrañas del pueblo– están incrustados en el témpano del olvido debido a que muchas autoridades no se han tomado la molestia de hacerles el más pequeño y sencillo reconocimiento.
Tales son los casos de la Diva de México: María Félix, y de grandes músicos: Agustín Lara, Guty Cárdenas, Joaquín Pardavé, Gonzalo Curiel, Consuelo Velázquez, María Greever, Luis Arcaraz y Alfonso Esparza Oteo, entre otros, a quienes la XEW impulsó en su momento y hoy están en el olvido por las actuales estaciones de televisión y la radio (inundadas por música de moda extranjeras).
Lo mismo podemos decir de poetas mexicanos eminentes, de quienes el ciudadano común sabe poco y a quienes ningún homenaje relevante se les ha hecho para redimensionarlos; por ejemplo, al autor de Suave Patria, el zacatecano Ramón López Velarde; al creador del Himno de los bosques, el potosino Manuel José Othón; al autor de la magnífica obra Ante un cadáver y del nacionalista y poderoso Canto a Morelos, el coahuilense Manuel Acuña; el irreverente pero genial poeta y prosista Salvador Novo, o la excelente poeta veracruzana María Enriqueta Camarillo y Roa, creadora de Para tus manos.
Así como a éstos y a otros tantos mexicanos se les tiene en el olvido, igual ocurre con muchos hombres sencillos y humildes del país que en sus medios sociales y laborales resaltan por su esmero y esfuerzo en el trabajo cotidiano, que no tienen la suerte de contar con ningún padrino ni con nadie que los represente y que mueren, lamentablemente, en el silencio y en la oscuridad de una tumba anónima o desconocida.
En un país que gradualmente acelera su descomposición y sufre a diario incrementos en los índices de violencia, asaltos, homicidios, secuestros, represiones, desempleo, salarios bajos, malos servicios de salud y educación, falta de vivienda, altos costos del transporte y energéticos, etcétera, resulta absurda y fuera de lugar la existencia de un grupo minoritario de ricos cuyas enormes fortunas no podrían ser gastadas ni siquiera por varias generaciones de sus descendientes, como sucede con Carlos Slim Helú, considerado el segundo hombre más rico del mundo con un capital estimado en 72 mil millones de dólares, mismos que si se propusiera gastar a ritmo de un millón de dólares por día –sin ganar ni un peso más– tardaría en acabárselos nada más ni nada menos que 197 años.
Entre los elementos que están contribuyendo a la descomposición social del sistema en México destaca el secuestro, grave delito que ha hecho que las agrupaciones no gubernamentales exijan a las autoridades del Estado, obligadas por ley a garantizar la vida de los ciudadanos, una actuación pronta y expedita para aclarar los múltiples crímenes cometidos dentro de esta tipología. Gran publicidad y revuelo en la prensa causaron en su momento los casos en que resultaron afectados los hijos de los empresarios Isabel Miranda de Wallace y Alejandro Martí, así como el del conocido poeta Javier Sicilia Zardain, cuyo hijo fue asesinado, junto con otros jóvenes, por el crimen organizado.
Un revuelo mayor, por demás justificado, se dio y se sigue dando en la prensa a raíz de la desaparición de los 43 estudiantes de la escuela normal de Ayotzinapa, Guerrero, e incluso en la LXIII Legislatura en la Cámara de Diputados se aprobó el Día de la Desaparición Forzada, a fin de que esta figura delictiva fuera considerado un delito en México y el Estado mexicano se acogiera a un acuerdo de la Convención Interamericana sobre Desaparición Forzada y a una recomendación de la Corte Interamericana de los Derechos Humanos.
La Convención define así dicho delito: “para los efectos de la presente Convención, se considera desaparición forzada la privación de la libertad a una o más personas, cualquiera que fuere su forma, cometida por agentes del Estado o por personas o grupos de personas que actúen con la autorización, el apoyo o la aquiescencia del Estado, seguida de la falta de información o de la negativa a reconocer dicha privación de libertad o de informar sobre el paradero de la persona, con lo cual se impide el ejercicio de los recursos legales y de las garantías procesales pertinentes”.
En este mar de descomposición crece y se desarrolla una organización que desde su nacimiento pretende la transformación revolucionaria pero pacífica de la sociedad mexicana y que en su lucha cotidiana pone especial énfasis en la defensa de los trabajadores –quienes crean la riqueza del país pero no disfrutan de ella– y de los más desprotegidos, que suman cerca de 100 millones de mexicanos.
Pero resulta que en vez de ver con buenos ojos este planteamiento de lucha política basado en los artículos sexto, octavo y noveno de nuestra Carta Magna, y ponderarlo como una “válvula de escape” de las presiones sociales, los intereses mezquinos, corruptos y miopes incrustados en el Estado mexicano consideran a la agrupación política Movimiento Antorchista como una “amenaza” contra el poder público, idea enteramente equívoca y perversa.
Pero la actitud de estos funcionarios ineptos no se ha limitado a desoír y contravenir las demandas de esta organización, también adopta diversas formas de ataque para frenar su desarrollo, que van desde campañas mediáticas centradas en la calumnia, represión policial violenta hasta la ejecución de acciones criminales ocultas o disfrazadas que en algunos casos han afectado mortalmente a personas humildes, como ocurrió con don Manuel Serrano Vallejo, cuyo plagio y asesinato puede ser calificado como una desaparición forzada.
La desaparición forzada de don Manuel no obedeció, como hemos explicado ya, a un secuestro “normal”; es decir, no se esperaba una negociación, la entrega de un rescate o “botín” y la vuelta a la víctima a su familia. Por el contrario, don Manuel, vendedor de periódicos en una esquina de Tultitlán, no podía ser objeto de ese tratamiento.
¿Cuál pudo ser el móvil? Fue político y su intención era frenar el desarrollo de Antorcha en el Estado de México y en el país mediante el envío de mensajes de intimidación y amenazas contra sus dirigentes y militantes; pero los captores de don Manuel no se salieron con la suya, porque esto jamás va a ocurrir con una organización social y política como Antorcha.
Sin duda, los autores materiales e intelectuales del secuestro y asesinato de don Manuel no hicieron correctamente sus cuentas, pues el avance de la pobreza no va a detenerse con este tipo de acciones criminales y, peor aún, la inconformidad social no se detiene ni se frena con amenazas, ataques y desapariciones.
En el clima de inconformidad nacional derivado del fracaso del modelo económico basado en el mercado, la desaparición forzada de don Manuel no hace más que calentar los ánimos del pueblo pobre y lo hace cada vez más fuerte y lo convence más de la causa que persigue.
Y si lo que pretendían con el secuestro de don Manuel era que todos los demás se echaran a correr, lo único que han logrado es solidarizar más a los antorchistas y convencerlos mucho más de la necesidad de dar la lucha organizada para acabar con las injusticias que el modelo económico provoca en los pobres.
Como se dijo en el aniversario luctuoso de don Manuel Serrano Vallejo: haremos todo lo necesario para que este crimen no se vuelva a repetir. Se trata de dar una lección a México: si quieren seguir con esa política de desaparecer a los líderes o a los familiares de los dirigentes del Movimiento Antorchista tendrán que estrellarse contra la voluntad y la fuerza del pueblo organizado, al tiempo que nuestras acciones conminan a acabar de raíz con el problema, pues si el pueblo se une, educa y organiza, está en mejores condiciones de cambiar al país, de hacer de él una patria más justa. Ésa es la enseñanza que nos dejó la desaparición forzada don Manuel Serrano, quien sigue más vivo que nunca entre nosotros.