“Lamentable que un exgobernador se dedique a engañar a la ciudadanía”, sentenció el secretario de Gobierno, José Ramiro López Obrador. Con estas palabras, el funcionario reaccionó a las recientes publicaciones de Manuel Andrade Díaz sobre el derrame de hidrocarburos en las costas de Cárdenas y Paraíso.
El exmandatario no solo buscó desinformar, sino que recurrió a una narrativa distorsionadora, utilizando imágenes satíricas y montajes en redes sociales para magnificar una problemática que, según los reportes oficiales, ya se encuentra bajo control y con las playas libres de contaminantes.
López Obrador calificó el actuar de Andrade como de “baja calaña”, señalando un patrón de conducta: cada vez que el exgobernador aborda un tema relacionado con el gobierno en turno, lo hace bajo la lupa de la exageración o el engaño.
Este intento de posicionarse como un crítico implacable choca frontalmente con el recuerdo de su propia gestión. Andrade Díaz actúa como si su gobierno hubiera sido un modelo de eficiencia, cuando en realidad fue la continuación de las viejas prácticas priistas que los tabasqueños padecieron por décadas, con el agravante de que en aquel tiempo la opacidad era la regla y la rendición de cuentas, una utopía.
No es novedad que Andrade intente "pasarse de listo" o jugar un papel que ya ni de bufón le queda. Sus constantes artificios buscan el aplauso fácil de un sector que comparte su misma línea política. Resulta irónico que hoy se erija como juez quien fue señalado por el empresario David Gustavo Gutiérrez Ruiz como un simple “mozo de estribo” durante las pugnas internas del PRI.
Su llegada al poder quedó marcada para siempre por el estigma del fraude: Roberto Madrazo utilizó todo el aparato del Estado para imponerlo, lo que llevó al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación a anular la elección del año 2000. Aunque ganó la extraordinaria —más por los errores de su opositor Raúl Ojeda que por mérito propio—, la sombra del político tramposo y marrullero lo acompañará siempre.
Sin embargo, donde el expediente de Andrade Díaz se vuelve más oscuro es en el rubro de la seguridad. Fue precisamente durante su quinquenio cuando se permitió la incursión del Cártel de los Zetas en Tabasco, rompiendo la hegemonía del Cártel del Golfo e iniciando una era de violencia sin precedentes.
Esta llegada no fue fortuita; fue el resultado de una infiltración progresiva del crimen organizado en las estructuras de seguridad del estado. Bajo el mando de Juan Cano Torres en la Secretaría de Seguridad Pública, se gestaron los grupos que años más tarde operarían con total impunidad bajo nombres como “La Barredora”.
EL TRIÁNGULO DE LA MUERTE
Los hechos de sangre de aquel periodo son imposibles de borrar. En junio de 2006, el asesinato de Ponciano Vázquez Lagunes, hermano del “Cacique del Sur”, expuso ante el país las grietas de un gobierno que perdía el control del territorio.
Meses después, en la recta final de su administración, el alcalde de Huimanguillo, Walter Herrera Ramírez, fue acribillado con más de 45 impactos de bala, un crimen de tal magnitud que obligó a la intervención de la PGR ante las sospechas de vínculos con el narcotráfico y protección policial.
Quizás el símbolo máximo de la audacia criminal en su gobierno ocurrió en julio de 2006, tras la captura de Mateo Díaz López, el llamado “Comandante Mateo o Z-6”. La respuesta del crimen organizado fue un ataque directo con un bazucazo contra el ayuntamiento de Cunduacán en un intento por liberarlo.
Este acto de guerra urbana no solo demostró el poder de fuego de los delincuentes, sino la alarmante vulnerabilidad de las instituciones estatales bajo el mando de Andrade.
Hoy, Manuel Andrade reaparece en la escena pública denunciando derrames y fallos de seguridad con una aparente superioridad moral. Si bien es cierto que los problemas actuales de Tabasco son reales y exigen soluciones transparentes, el exgobernador parece olvidar que él fue el arquitecto —o al menos el espectador indolente— de la decadencia institucional que hoy lamentamos. La irrupción de grupos criminales, la pérdida del control territorial y la corrupción policial ocurrieron bajo su guardia.
La nostalgia es un derecho de todo político en el retiro, pero no puede ser selectiva. Tabasco requiere una memoria histórica honesta. Idealizar un pasado marcado por la violencia y el fraude no ayuda a resolver los retos del presente ni a construir un futuro más seguro. Antes de lanzar el próximo "meme" o denuncia mediática, el exgobernador debería recordar que los cimientos de muchos de los males actuales se pusieron durante su propio mandato.