• La Verdad del Sureste |
  • Miércoles 04 de Marzo de 2026

Los maestros en la memoria/ ANTONIO SOLÍS CALVILLO

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ANTONIO SOLÍS CALVILLO


Los maestros me enseñaron que el mejor camino es el incierto;  que la luz a veces está debajo de una piedra; que la oscuridad no es por siempre. Pienso en todos ellos; y hay mucho qué hacer.
    Recuerdo a un maestro anciano con zapatos de hoyos en las suelas y con corazón más noble que un pan; recuerdo a un flamante encantador con acordeón y visera; a un genio de la camaradería que hacía bimbombam con las palabras; a un genio de los números que en los recesos jugaba retas en basquetbol; a uno que, gigante director de escuela, leyó en graduación el poema Sí, de Rudyard Kipling (si logras que se sepa la verdad que has hablado, a pesar del sofisma del orbe encanallado, si vuelves al comienzo de la obra perdida, aunque esta obra sea la de toda tu vida…); a una que me invito de niño a aprender taquimecanografía, junto con adultos, en una Olivetti vieja; a otra con la que aprendí a escribir cartas de amor en inglés; el que en el laboratorio hacía fuentes con hidrógeno y magnesio; el que nos enseñó a abrir el corazón de un vacuno; el que nos enseñó a hacer fuego sin cerillos; el que nos enseñó a volar cometas; el de teatro que hacía una obra de arte en cada clase; la que con yeso en brazo llegaba siempre sonriente a impartir sus clases; a la que nos enseñó ver luna, estrellas y a las piedras.
    Hay otros, los amigos de oratoria honesta bien plantados en tribuna; el de atletismo que siempre se alzaba con medallas en los juegos y que me regaló unos tenis con clavos; el que nos guiaba en las lecturas de filosofía bajo un sauce; el que nos enseñó de lógica, argumentación y organización de debates; el que llevó a mi casa al inmenso Rius de carne y papel; el que escuchaba y por el que escuchamos por primera vez a Joan Manuel Serrat; la que nos escuchaba paciente con su mirada desde el Renacimiento; la que nos enseñó a sentir como hormigas en la piel; la que nos enseñó elegancia con su presencia.
    Y los de la escuela de la vida: la que hace formas con barro en Chicozapote, Nacajuca; allí mismo a Chilo Osorio que renunció a una regiduría de oposición porque así lo creyó en valores; el que caminó por carreteras para enderezar entuertos y zurcir heridas; el quijotesco Porfirio que con nombre histórico y con sonrisas lleva libros por todos los rincones del estado; el que ante miles da clase de historia de México y de Tabasco; el que por las tardes entrena niños en deporte o arte; la mamá de un amigo que en invierno nos invitaba empanadas con dulce de calabaza; el que en las redacciones de los diarios, anónimo, mejora los textos para los lectores; el fotógrafo apodado El Durango que me prestó una cámara para un viaje al puerto de Tampico en el 78.
    Y a mi padre Juan que tenía como mejor maestro al trabajo y nunca tomó nada ajeno; y a Leonor, siempre amorosa, que ponía mi cena cerca de la cama a la que yo llegaría a medianoche.
    A todos ellos celebro su vida creativa, propositiva, entusiasta y parafraseando a Serrat en su canción para La maestra: que no se les haga un nudo en la garganta diciendo “qué han hecho”, “a dónde han llevado a mi puñado de pequeños…”