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La Verdad del Sureste

MAZARINO EN EL TRÓPICO HÚMEDO III


Continuo con la trascripción de fragmentos de un libro que indefectiblemente tienen que leer los políticos y los ciudadanos comunes para saber cómo actúan los políticos. Breviarios de los políticos del Cardenal (Julio) Mazarino.

    “He aquí cómo elegir a un hombre capaz de guardar un secreto. Confía algo a un primer hombre bajo el sello del secreto, y haz lo mismo con un segundo. Pon después a un tercero al tanto de la maquinación con el fin de que reúna a los otros dos y que en el curso de una conversación haga alusión al secreto que les has confiado. Entonces podrás juzgar su carácter y conocer aquél que te traicionará primero. Si uno de los dos permanece silencioso en el momento en que se percaten de que los tres están en posesión del mismo secreto, toma a ése como secretario.
    “¿Gozan de buena reputación las personas que frecuentas? ¿Sueles ir a lugares sospechosos, vulgares, de mala fama, indignos de ti? Aprende a vigilar todos tus actos y no disminuyas jamás esta vigilancia. Que tu semblante no exprese jamás nada, ni el menor sentimiento, sino una perpetua afabilidad, y no sonrías al primero que llegue y muestre por ti el menor entusiasmo. No digas nada, no hagas nada que esté contra el decoro, al menos en público, incluso si lo haces de un modo natural y sin mala intención, porque los demás pensaran mal.
    “Debes tener informes sobre todo el mundo, no comunicar tus secretos a nadie y espiar los ajenos. Conserva siempre una actitud reservada, observándolo todo con la mirada. Pero cuida que tu curiosidad no traspase la barrera de tus pestañas. La enfermedad, la embriaguez, los banquetes, las bromas, los juegos en que se cruza dinero y los viajes, todas las situaciones en que las almas reflejan la tensión y se abren –en las que las fieras se dejan atraer fuera de su cubil- son ocasiones de cosechar numerosas informaciones.
    El pesar también, sobre todo cuando lo causa una injusticia. Hay que aprovechar la situación y frecuentar entonces el trato de aquellos sobre los cuales deseas informarte.
    “Es útil también tratar a sus amigos, a sus hijos, a sus pajes, a sus familiares, a sus sirvientes, pues éstos se dejan corromper por pequeños regalos y suministrar numerosos informes. Finge estar informado de un asunto y habla de él en presencia de aquél de quien crees que está perfectamente al corriente. Se traicionará rectificando sus palabras.
    “Elogia a quien se encuentra en la aflicción, y consuélalo, porque en esas circunstancias es cuando se dejan escapar los pensamientos más secretos y los más ocultos. Induce a alguien sin que se dé cuenta a que te refiera su vida. 
    Para lograrlo finge contar la tuya. Entonces, te dirá cómo ha engañado a otros, lo cual te servirá para interpretar su comportamiento presente. Pero cuida bien de no decir nada de tu propia vida.
    “El signo de la maldad en un hombre es que se contradice fácilmente. Un hombre así puede llegar hasta el robo. A quienes se entregan al vino y a Venus les cuesta bastante trabajo guardar un secreto: los unos son esclavos de su amante, los otros tienen la tendencia a hablar a tontas y a locas.
    “Actúa con tus amigos como si pudieran convertirse un día en tus enemigos. Mantén siempre un cierto grado de desconfianza de cada quien, y estate convencido que las personas no tienen mejor opinión de ti que de los demás. 
    Cuando un partido es numeroso y poderoso, aunque no pertenezcas a él, nunca digas nada malo del mismo.
    “Para ofrecer un regalo o dar una fiesta, medita tu estrategia como si fueras a partir a la guerra. 
    Debes saber todo sin decir jamás nada, mostrarte afable con todo el mundo y no entregarle tu confianza a nadie. El hombre feliz es el que permanece equidistante de cada uno de los partidos. Si buscas el favor de los individuos del pueblo, promételes unas ventajas materiales a cada uno personalmente. Porque esto es lo que los interesa y no el honor o la gloria.»
    Alejandro Dumas inicia su novela “Veinte años después”, con la siguiente reflexión de un descorazonado -pero siempre perspicaz- Mazarino:
    -¡Extranjero! -decía para sí-. ¡Italiano! ¡No saben salir de ahí! Con esa palabra han asesinado, han ahorcado y hecho pedazos a Concini, y, si yo los dejase, me asesinarían, me ahorcarían, me despedazarían también de igual modo, a pesar de no haberles causado nunca otro mal que el de tenerlos sujetos, tal vez con alguna violencia. ¡Insensatos!, no comprenden que su enemigo no es este italiano que habla mal el francés, sino los que saben decirles palabras buenas y seductoras con el más puro acento parisiense.   

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