(No) me Río de Janeiro
Me gusta todo de los Juegos Olímpicos. Me gusta ver los deportes que normalmente no tienen cabida en la televisión comercial. Me gusta la exquisitez de las distintas disciplinas deportivas. Aprecio tanto la fuerza como la finura de los movimientos en las actividades que lo requieren. La precisión de quien entra al agua o de quien impulsa su cuerpo para superar la varilla.
Me gusta ver la inauguración de la competencia. Las luces de colores. Las muestras de la cultura de la nación sede (aunque en realidad la sede de los juegos se otorga a ciudades, no a países). Me gusta el desfile de los países participantes porque así me actualizo en geografía. Estoy atento a las reacciones del público ante la aparición de las delegaciones deportivas: cómo reciben a una, a otra; a la amiga, a la antagonista. Y también observo la respuesta de la gente hacia sus dirigentes.
Más allá de lo estrictamente deportivo, la justa deportiva siempre va enmarcada por otros acontecimientos que son una forma de pulsar el estado actual del mundo y de las relaciones internacionales.
Cuando la Ciudad de México fue elegida sede de los juegos, las críticas llovieron desde todos los flancos: en lo deportivo, se acusaban las dificultades que tendrían los atletas para desempeñarse a una altura de 2,500 metros sobre el nivel del mar. “Caerán como moscas”, decía el periodista Manfred Kinder. Pero había críticas más lacerantes, como la del diario italiano Corriere della Sera: -¿Cómo es posible que le hayan conferido tal responsabilidad a un país semisalvaje? En general, los llamados países industrializados criticaban que un país “subdesarrollado” tuviera la sede.
El gobierno mexicano se había empeñado en realizar los juegos como una forma de mostrarse al mundo: el crecimiento económico de los últimos 20 años era del 6% anual promedio; el PIB se había triplicado entre 1939 y 1960; se construyeron universidades, hospitales, escuelas y caminos. Además, sería la primera transmisión a color de la competencia y Enriqueta Basilio se convertiría en la primera mujer en encender el fuego olímpico. Pero el régimen autoritario seguía ahí y la matanza del 2 de octubre lo confirmó.
Para el siguiente ciclo olímpico, la ciudad alemana de Múnich albergó los juegos. Era, por así decirlo, el reencuentro de Alemania con el mundo luego de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. En lo deportivo, la prueba fue superada, pero el asesinato de deportistas israelís ensombreció el evento y renació el miedo colectivo.
Los juegos de Montreal -1976- fueron los primeros en ser “boicoteados”: 29 naciones se abstuvieron de participar a causa de que Nueva Zelanda había enfrentado deportivamente a Sudáfrica, un país entonces excluido del Comité Olímpico por su política de segregación racial. Para los juegos de 1980 y 1984, la “Guerra fría” seguía caliente: a Moscú no asistieron 64 estados aliados de los Estados Unidos y, en cordial reciprocidad, la poderosa Unión Soviética pagó con la misma moneda en el evento de Los Ángeles.
Los juegos de Seúl -1988- y Barcelona -1992- sirvieron para mostrar a países que emergían con gran fuerza económica. Corea era la punta del iceberg del bloque asiático y España mostraba un exponencial crecimiento en todas las áreas tras pocos años de democracia luego de la muerte del dictador Francisco Franco.
En 1996 la ciudad de Atlanta despojó a Atenas de la sede que le correspondía históricamente: los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna se celebraron en 1896 en Atenas, pero los intereses económicos fueron más importantes que la tradición deportiva. En compensación, Grecia recibió a los deportistas en 2004.
Sidney fue elegida para celebrar los juegos del 2000, Beijing los de 2008 y Londres los de 2012. Este año fue el turno de Río de Janeiro, ciudad que obtuvo la sede gracias al apoyo y prestigio del que aún parece gozar el presidente Lula da Silva.
Durante la ceremonia de apertura, el actual presidente de Brasil, Michel Temer, fue abucheado por una parte importante de los asistentes al estadio de Maracaná. Si a eso le sumamos el hecho de que Temer trató de persuadir a Lula y a Dilma Rousseff de asistir a la inauguración, es porque lo que nos cuentan de ellos no es del todo cierto.