Nombramientos
Una de las mayores responsabilidades de un hombre de Estado consiste en allegarse de los mejores colaboradores, no sólo de los cuates y los compadres. Así lo hizo Benito Juárez, quien en su momento designó a los mejores hombres que teníamos: sabios y leales a la patria. La lista es larga, pero podemos citar a Francisco Zarco, Melchor Ocampo, Santos Degollado, Lerdo de Tejada, Ignacio Zaragoza, José María Iglesias, Ignacio L. Vallarta, Guillermo Prieto, entre otros.
No existe un solo gobernante que conozca todos los temas y todas las materias, por eso es importante el primer círculo de colaboradores. Deben ser honestos y capaces, pero en nuestro México parece que la consigna es al revés: deben ser deshonestos y rapaces.
Por ejemplo, ¿qué hace Alfredo Castillo al frente del deporte nacional? El multifuncional colaborador de Peña, que lo mismo escanea, copia e imprime, tiene al deporte en el filo de la navaja. Una serie de decisiones precipitadas, sin el conocimiento de las entrañas de la actividad deportiva, ponen en riesgo la representación de México en los próximos Juegos Olímpicos. De darse el peor escenario, nuestros atletas participarían con una bandera blanca y, de obtener alguna medalla de oro, se entonaría el Himno Olímpico.
Algunos pensarán que no pasa de ser anecdótico, pero aunque realmente no es tan grave si lo comparamos con otros problemas nacionales, sí es un reflejo de la improvisación y del gabinete de cuates y cuotas en donde se premia el servilismo antes que la eficacia. La designación de Arturo Escobar como Subsecretario de Prevención del Delito, también es ilustrativa.
Escobar, militante del Partido Verde, ha sido diputado y senador por dicho instituto político, e incluso fue su Coordinador Parlamentario en la pasada legislatura, misma época en la que su partido fue sancionado infinitamente por haber violado reiteradamente las leyes electorales. Además, en su pasado personal está la huella de haber sido sorprendido en un aeropuerto del sur del país, con un millón de pesos en efectivo en una maleta. Su actividad política comprueba que lo suyo, lo suyo, sí es el delito.
Manlio Fabio Beltrones es todo un caso. De él se han dicho muchas cosas, pero la mayoría de las opiniones convergen en el punto de afirmar que él es el mejor –o el peor, como ustedes lo quieran ver- político del tricolor. Vamos a suponer que es cierto, que Beltrones es el mejor ejemplar vivo de dinosaurio, pero entonces no entiendo: si es tan hábil y tan “refinado” en sus tratos, ¿por qué desde que asumió la presidencia de su partido se ha dedicado a actuar como un bravucón de barrio (de esos que se quitan la camisa para pelear) en contra de Andrés Manuel?
Si Beltrones tuviera la inteligencia que le atribuyen, sabría que esos ataques fortalecen a quien los recibe, más cuando carecen de veracidad. ¿Entonces por qué lo hace? ¿Realmente no se da cuenta o lo hace deliberadamente? Si lo hace deliberadamente, ¿a qué se debe? Se me ocurre que tal vez siente que en el camino a la candidatura de su partido en 2018 ya se interpuso el nombre de Aurelio Nuño y busca demostrar que Nuño es incapaz de derrotar en las urnas a quien al día de hoy aparece en la cima de las encuestas.
En otro ámbito, el Senado ya “estudia” las ternas que envió Peña Nieto para ocupar las vacantes que inevitablemente se darán en la Suprema Corte de Justicia en los próximos días. Por supuesto que debe haber algún sistema para el nombramiento de Ministros de la Corte, pero nuestro mecanismo es más que obsoleto. Para empezar, la Constitución no pide mayores requisitos de los que podrían tener miles de abogados en el país.
En un procedimiento que se llama “de colaboración”, el Ejecutivo propone y el Senado selecciona. Y ante la nula exigencia constitucional de un perfil óptimo, la designación se da en el terreno de la conveniencia política. Como ocurrió descaradamente con Medina Mora. En el actual proceso se “bajó” de la contienda quien estaba pintado para ser Ministro: el priista Raúl Cervantes. Quizá sirvieron los severos cuestionamientos que abogados y académicos hicieron sobre Cervantes, e incluso desde el interior de la Corte. Uno menos.