Nuevos horizontes
Ingeniero Agrónomo, dirigente del Movimiento Antorchista en el estado de Michoacán, articulista , conferencista y autor del libro Reivindicar la verdad
¿Con cuál o con cuáles acontecimientos históricos podría compararse lo que está sucediendo en estos días en el mundo para que se comprenda con toda su significación? ¿Será con el “¡Tierra!” “¡Tierra!” de Rodrigo de Triana que acabó con el silencio y el miedo de la tripulación al amanecer del 12 de octubre de 1492 y que cambió para siempre a la sociedad humana? ¿Será con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789, que destruyó para siempre el poder de los señores feudales y las cabezas coronadas, aunque la mítica cárcel ya sólo tuviera siete presos? ¿O con el grito de Dolores, el 15 de septiembre de 1810, que despertó el instinto de rebelión de toda la América española?
Todo puede ser. Si no fuera por el inmenso poder de los medios de comunicación, que están bajo las órdenes y el control estricto del imperialismo y sus subsidiarios locales, que otorgan importancia a bagatelas y zarandajas para engañar y confundir, habría ocupado las primeras planas de los diarios escritos y el primer lugar en importancia en los noticieros radiales y televisivos, la entrevista entre el Presidente ruso Vladimir Putin y el Presidente chino Xi Jinping, en estos últimos días del mes de mayo.
Rusia y China son dos enormes países cuya situación actual no podría explicarse sin la vida modesta, heroica, de un revolucionario alemán que trabajó intensamente durante el siglo XIX en Inglaterra –tenía que haber sido un genio alemán fuera de la estrecha economía Alemana– y que, con sus estudios para los proletarios, llegó a la explicación última de la razón de la miseria en el mundo.
Carlos Marx descubrió –y nunca nadie ha podido refutarlo– que la riqueza prodigiosa de unos cuantos no es más que la riqueza producida por todos y que, para cambiar la forma de vivir y pensar de la humanidad entera, para construir un futuro mejor, más humano, era necesaria una revolución que transformara el modo de producir. Las pasmosas conclusiones de Marx estremecieron al mundo y ganaron para su causa a los pensadores más inteligentes, honrados e intrépidos; éstos las llevaron pacientemente a las grandes masas y las revoluciones fueron.
Octubre de 1917 en Rusia fue el primer asalto al cielo bajo la inspiración de Marx, octubre de 1949 en China, fue hijo legítimo de la Revolución Rusa, no sólo por la revolución misma, sino por la derrota del fascismo en Europa y la derrota de Japón, que invadía China. El Manifiesto del Partido Comunista llegó a China en 1920 desde la Rusia Soviética y, en 1921, en el local de una escuela para niñas, se fundó el Partido Comunista Chino –las grandes obras humanas empiezan como un sueño– con sólo 12 delegados que representaban a 53 integrantes.
Después de la toma del poder por los revolucionarios chinos en 1949, la relación cordial y de apoyo con la Unión Soviética duró poco: en 1964 se rompieron las relaciones entre los dos países socialistas más grandes y poderosos del mundo y ello, sin ninguna duda, significó una gran tragedia para los pobres de la tierra. Ahora, públicamente –digamos que después medio siglo– después de acuerdos parciales que han llevado varios años, se reanudan las relaciones intensas de apoyo y cooperación entre Rusia y China, el mundo ha dejado de ser un mundo unipolar.
La alianza de Rusia y China se dejó pasar por los grandes medios de comunicación como un suceso sin mucha trascendencia, estoy seguro de que no se quiso inquietar al mundo y hacer patente el debilitamiento –relativo pero cierto– del imperialismo norteamericano. China es ya la primera economía del mundo, tiene mil 344 millones de habitantes y es el primer acreedor de Estados Unidos (EE. UU.); Rusia, es la sexta economía y, en extensión, es el país más grande del mundo.
El año pasado, China aumentó el tamaño de su economía en un 8.4 por ciento; Rusia creció 4.1 por ciento; EE. UU., por su parte, apenas alcanzó un 0.8 por ciento y, en el primer trimestre de este año, su economía se contrajo un uno por ciento. Rusia ya vende casi el 40 por ciento del gas que consume Europa; China es el principal vendedor de mercancías del mundo, es el país que patentó las tres palabras terribles que aterran y destruyen a los más poderosos empresarios norteamericanos: el precio chino.
En fin, se unen dos colosos que han firmado acuerdos económicos por 400 mil millones de dólares, acuerdos científicos, educativos y, sobre todo, acuerdos de cooperación militar. El mundo está cambiando, hay nuevos horizontes.
Esa alianza es para bien de la humanidad. Por eso he querido recordar que en los orígenes de los regímenes de esos dos países está la inspiración de Carlos Marx y la decisión de construir un mundo más justo y humano. A pesar de que el árbol verde de la vida –como siempre y en todas partes– ha resultado mucho más variado y complejo que cualquier gris teoría, a pesar de que los dos países han tenido que transitar –y transitan– por rutas jamás previstas por ninguna concepción teórica, ninguno de los dos ha renunciado nunca a los propósitos en beneficio de los más desposeídos que alentaron y orientaron a sus revoluciones.
Mientras que para muchos, la cuidadosa conservación de los cuerpos de los líderes históricos, Lenin y Mao, en Moscú y en Beijing, son motivo de ofensas y burlas de la reacción mundial, para mí son prueba palpable de que la vida y los programas de esos grandes hombres están tan presentes en la memoria de las grandes masas rusas y chinas que sepultar sus cuerpos sería interpretado por ellas como un intento de sepultar sus proyectos y acabar con sus revoluciones; por eso siguen ahí.
Veo, pues, con optimismo, el restablecimiento de la alianza histórica entre Rusia y China. Pero no hace falta tanto para tomarlos en cuenta con seriedad. Muchos gobiernos del mundo deberían considerar la posibilidad muy real de acceder a otras formas de desarrollo para sus pueblos.
Sin necesidad de compartir una posición optimista y hasta entusiasta como la de este modesto servidor, debe saberse y actuar en consecuencia que en el mundo hay ya otros poderosos compradores de materias primas y productos terminados, que hay ya otros vendedores, otros posibles financieros, otros posibles educadores de nuestros maestros en ciencias y doctores, otros seres humanos con poder adquisitivo suficiente que pueden venir a visitarnos como turistas y contribuir a nuestro desarrollo; venir, por ejemplo, a la fascinante Morelia cuyos servicios turísticos, sus propietarios y trabajadores, languidecen sin que nadie los empuje en serio hacia delante.
No ver, no detectar, no actuar, pues, ante esta nueva realidad económica, social y política del mundo es, o mucha irresponsabilidad o mucho servilismo.