Opinión de Omar Carreón:

Explicar pacientemente, escuchar atentamente

Como mucha gente lo sabe ya, este año, el Movimiento Antorchista Nacional, cumple 40 de estar batallando contra la pobreza en México. Su lucha, como todas las obras, empezó como una idea en la cabeza de un ser humano y no hay excepciones, en toda la historia de la cultura, alguien, una vez, imaginó la obra acabada –las pirámides de Teotihuacán, un México sin esclavos, arriba pueblos, abajo haciendas- y, seguramente, si hubiera compartido su pensamiento, ¿su sueño?, su modesta idea de la tarea ya terminada, hubiera cosechado burlas o, en el mejor de los casos, sonrisas condescendientes de sus íntimos pero, casi nadie le hubiera tomado en serio.
    Así, como todos los grandes proyectos, nació hace 40 años la idea de un México sin pobreza y surgió el Movimiento Antorchista Nacional en un pueblito entonces triste de la baja Mixteca poblana.
    Cualquiera entiende que la tarea de acabar con la pobreza no está terminada, es más, sabe perfectamente, aunque tenga menos de 40 años de edad y no maneje estadísticas ni complicados estudios comparativos, que ahora hay más, muchos más pobres en y, que los pobres de ahora, son mucho más pobres que los pobres de hace 40 años. Por ello reconocemos plenamente –obligados por los golpes de la dura realidad- que la tarea no está terminada, pero, al mismo tiempo, y con igual .o más convicción y determinación, aseguramos que eso no demuestra que no haya sido necesario, indispensable, formar una organización popular que luchara contra la pobreza. La invasión de la pobreza y la miseria en las inmensas capas populares de nuestro país, no prueba que no sea necesario enfrentarlas, demuestra que es urgente perfeccionar los mecanismos para librar la batalla con éxito.
    En ese empeño estamos. Durante el año que corre, hemos organizado actos estatales de conmemoración de este Cuarenta aniversario de trabajos y esfuerzos; “celebrando, también se está luchando”, ha sido desde hace tiempo nuestra consigna y, por tanto, nuestras concentraciones estatales han sido jornada de lucha: Veracruz, Michoacán, Tuxtla Gutiérrez, Oaxaca, Aguascalientes, San Luis Potosí, Torreón, Monterrey (no los menciono todos y faltan todavía 13 eventos) y, en todos, absolutamente en todos, han acudido puntuales, entusiastas, ordenadas, combativas, grandes multitudes. No se regalan camisetas, ni gorras, ni bolsas para mandado, ni nada, absolutamente nada, la gente llega cooperando para su pasaje, llevando su comida, cargando a sus hijos (y a sus penas) y se sienta, mira, escucha, participa, hace el evento.
    El Maestro Aquiles Córdova Morán, el fundador, el organizador, el ideólogo del Movimiento Antorchista, su Secretario General y, por tanto, mi dirigente de toda la vida y a quien debo todo lo que soy, entre otras de sus inmensas cualidades, es un orador único, diamantino, de los más sorprendentes del mundo. No se vaya a creer que se gana al auditorio gritando “¿Dónde están las mujeres de (y aquí coloca el nombre del pueblo, colonia o ciudad en cuestión)?”, o, “Me dirijo con mucho gusto a toda esta gente bonita”, o bien, “Toda esta gente emprendedora de (y vuelve a insertar el nombre del lugar en el que se encuentra)”. Tampoco usa nunca, jamás, frases huecas que nada significan, tales como: “estamos llenos de futuro” o “México es más grande que sus problemas”, que se usan también para agradar y, sobre todo, para dar la impresión de que el político que habla es una excelente alternativa electoral. Nada, absolutamente nada de eso dice nunca el Maestro Aquiles Córdova.
    He tenido el privilegio de escuchar al Maestro Aquiles Córdova, varias miles de ocasiones. He escuchado muchos de sus discursos, muchas de sus conferencias, soy alumno de los cursos de El Capital que le imparte a la Dirección Nacional del Movimiento Antorchista, de los cursos de –digamos- interpretación de textos literarios como El Quijote o Hamlet que también le imparte a ese organismo de dirección y, cuando asisto a reuniones y comparto con él su mesa en la Casa de Antorcha, me levanto, como todos mis compañeros ahí presentes, habiendo asistido a una clase sobre el pensamiento de Heráclito o a una del desarrollo del capitalismo en Alemania o a una de historia de México o a una disertación única sobre los compositores populares mexicanos o de música de concierto y… me desespera ahora mi torpeza para contar lo maravilloso, pero quienes ahí han estado conmigo saben que no me aparto un ápice de la verdad.
    Todo eso, aprovechándome de Neruda, confieso que lo he vivido y declaro que ha hecho hermosa mi vida. Pero también confieso y divulgo que me impactó escuchar al Maestro Aquiles Córdova Morán, pronunciar un discurso en un estadio con 60 mil antorchistas durante una hora y 45 minutos. Fue una clase de pedagogía -no por lo que se dijo, por lo que sucedido, porque se mantuvo la atención de la gente advertida previamente de que se le iban a explicar asuntos algo difíciles- se le explicó a la gente el deterioro del sistema capitalista mundial, las razones de la injustísima distribución de la riqueza, cómo el salario no está atado a la productividad, como se dice, sino a la inflación, por qué y cómo debe y puede modificarse el destino de las masas de pobres y por qué no se necesita de ninguna forma de violencia, sólo que el pueblo se organice y luche con la ley actual en la mano; el Maestro logró lo que quizá nadie podría: exponer su pensamiento de manera ordenada, completa y comprensible.
    Pero no es todo, aún con todo lo que implica, no es lo más imponente. Eso viene ahora: cuando el Maestro empezó a hablar ante las 60 mil almas, eran alrededor de las 8 de la mañana, el estadio estaba lleno, absolutamente lleno de potosinos de los más pobres ya a las 7 y 10 de la mañana que fue cuando yo lo vi. Increíble. Más todavía que la masa enorme lo haya escuchado silenciosa, atenta, pendiente, comprendiendo, interesada, siguiéndolo en sus argumentos y razones. Acompañando y compartiendo. Esto, además, del orador genial, es el otro aspecto de lo sucedido en San Luis Potosí (y en otros eventos de otras ciudades a los que han llegado decenas de miles). ¿Qué está pasando con el pueblo que acude y escucha? ¿Cómo se está modificando, contra todos los deseos de los hombres de poder, el estado de ánimo de las grandes masas? El New York Times publicó sorprendido hace unos días que una cantidad significativamente menor del público norteamericano acudió a los estrenos cinematográficos del verano y se preguntó ¿está la gente harta de más de lo mismo? Y “lo mismo” son los vampiros, superhéroes, fantasmas, aparecidos, demonios y toda clase de supercherías que se usan para apartar y mantener apartada a la gente de su realidad. En México el pueblo pobre está harto también de más de lo mismo, ahora quiere saber qué va a hacer y quién puede conducirlo a que lo haga. ¿Es que hay ahora algún partido en el corazón y en la mente del pueblo? ¿Algún candidato? ¿Los hay realmente o habrá que gastar montañas de dinero para levantar candidatos y sentar gobernantes? Lo que he visto, lo que veo, son grandes multitudes interesadas en oír y entender acerca de sus problemas y, sobre todo, acerca de las soluciones a sus problemas y constato que se opera un giro en el curso de la historia, sobre todo, si se sabe que es el pueblo el que la hace.
Y ahí está entonces un líder popular excepcional que explica pacientemente y un pueblo combativo que escucha atentamente.

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