¡Qué-heridaa!
@UTufigno
Para cuando usted tenga ante sus ojos estas líneas, amable lector, Enrique Peña Nieto estará participando o habrá participado –no me que queda claro por el cambio de horario- en la denominada “Cumbre del G-20” en la ciudad china de Hangzhou. Dichos encuentros reúnen a los jefes de Estado de los 20 países más desarrollados y de economías “emergentes”, y en cada ocasión hay una finalidad específica.
Para este año dirigirán sus discursos “Hacia una economía innovadora, estimulada, interconectada e integradora”, cualquier cosa que ello signifique. Por separado, Peña Nieto platicará con Xi Jinping, presidente de China, sobre temas bilaterales de naturaleza comercial. Y tal vez hasta le pregunte sobre la técnica constructiva de la Gran Muralla China. Digo, más vale prevenir.
En una de las semanas más difíciles que haya tenido un titular del Ejecutivo Federal en los años recientes en materia de relaciones internacionales, equiparable sólo al famoso “comes y te vas”, Enrique Peña aceptó el consejo del peor de sus enemigos: -invita a Donald Trump y recíbelo en Los Pinos.
El rumor de la visita del candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos, que parecía surgido de una página de bromas, fue confirmado por el propio Peña la noche anterior a la llegada de Trump, mediante una publicación en su cuenta de Twitter: “Invité a México a los candidatos a la Presidencia de EEUU, para conversar sobre la relación bilateral. Mañana recibo a Donald Trump”. ¿Y la Cancillería, y los protocolos? Bien, gracias.
La estancia del “abominable hombre del copete rubio” en tierras mexicanas duró sólo un par de horas. Tiempo suficiente para que las voces que en otras ocasiones han aplaudido la entrega de la riqueza nacional se lanzaran contra el anfitrión del aspirante republicano. Ningún problema nacional les ha parecido más grave que recibir a Trump: ni los 43 de Ayotzinapa, ni los miles de muertos y desaparecidos, ni las ejecuciones extrajudiciales, ni los feminicidios.
Que Donald Trump gane o no gane la presidencia de los Estados Unidos es una eventualidad. Pero es demasiado ingenuo suponer que una invitación previa, cuando todavía no se celebran las elecciones, puede atemperar los ánimos de quien sólo ha dado muestras de “irracionalidad en sus posturas y propuestas” (expresión dicha por Osorio Chong; no cometo plagio).
Más que rasgarme las vestiduras y envolverme en la bandera del nacionalismo, he tratado de entender cuáles fueron las razones que justifican la visita. He leído a Peña -“hay cosas que él debía saber en voz del Presidente de México, empezando por el sentir de los mexicanos”- e incluso a los muy pocos opinadores que buscaron justificarlo. Nada parece tener sentido. No encuentro un sólido argumento para defender lo indefendible. Hay que buscar en otro lado, en la oficina de Luis Videgaray, por ejemplo.
Tal parece que el poderoso Secretario de Hacienda, a quien la “rumorología” ubica como posible candidato a la gubernatura del estado de México, fue el constructor de la visita de Donald Trump. Incluso, él lo habría recibido personalmente a su llegada a México, en el hangar presidencial.
Tiene sentido. El hombre que también hizo tratos personales con Grupo Higa vive en un mundo irreal, de fantasía. ¿Acaso imaginó que Donald era el amigo de Mickey y Tribi? ¿Pensó que Trump iba a llegar a disculparse? Al contrario. Inmediatamente que llegó a su país, el candidato republicano publicó en su cuenta de Twitter: “Mexico will pay for the wall”. Luis Videgaray, con su perfecto inglés, sabe lo que dijo Trump.
¿Qué dejó la visita del rival de Hillary Clinton? En palabras de Enrique Berruga: “Estamos peor que antes de la visita. Los demócratas molestos, los paisanos desamparados… Nos metimos a querer o no en la política interna de Estados Unidos”. Y sí, la visita reflejó un mejor posicionamiento electoral de Donald Trump en sus aspiraciones presidenciales. Si había perdido gas, el republicano subió sus bonos pues allá fue a decir lo que no le contradijeron aquí.
Aunque no sé si tenga las mismas aficiones que Felipe Calderrón, Peña no haría mal en repasar su fallida semana, llenar una copa con su bebida favorita y rendirle un homenaje personal al fallecido Juan Gabriel: “Querida, mira mi soledad, que no me sienta nada bien”.