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La Verdad del Sureste

RECORDANDO A UNO DE LOS GRANDES DE LA GENERACION PERDIDA


A 43 años de su muerte aún se escuchan “cantar los gallos del Cid al amanecer en Medinaceli”.  Falleció en Venecia el 2 de noviembre de 1972. A los 87 años de edad.
    Frase que inmortaliza a uno de los grandes de la generación perdida, Ezra Pound, quien siguiendo la ruta del  Cid campeador tras su refugio en el destierro, llega a Medinaceli, ciudad de piedras y ruinas, romana y visigoda, pesada de misterio ibérico, quizás céltico, druídico. Pound amaba el poema del Cid, que consideraba superior a los de Rolando. Había viajado a España para rehacer el antiguo camino del Campeador. De este modo había llegado a ese misterioso pueblito de las alturas, que se conserva como el medievo.
    Ante este hecho histórico- cultural y reconociendo el paso del gran poeta americano del siglo XX, autoridades españolas del pueblo, eligieron la más bella  plaza de la ciudad de las alturas  y ahí bajo un árbol leñoso, se enclavo la piedra, monumento en la que participaron con entusiasmo labradores y picapedreros. Los herreros del medioevo forjaron letras simples y antiguas para ser enclavadas en la piedra, con la frase de Pound: «¿Cantan todavía los gallos del Cid al amanecer en Medinaceli?»
     Cuando Ezra Pound murió, las cosas, la roca, el árbol, la naturaleza, recitaron un poema suyo, se ordenaron como uno de sus versos: “La piedra bajo el olmo / tomando forma ahora / curva la piedra en su borde / la piedra que en el aire toma forma...”  Era el canto XC. Me detuve perplejo. Y aún más: “Ha penetrado el árbol en mis manos, / la savia por mis brazos ha ascendido / el árbol en mi pecho se hizo grande, / hacia abajo, / salen de mí las ramas como brazos. / Árbol eres, / musgo eres, / eres violeta que acaricia el viento... / Mueren los árboles y el sueño permanece”.
    En la tarde del día del homenaje, en presencia de todo el pueblo, como se ha  dicho, también de la heroica compañera de Pound, se descorrió la bandera de España que cubría el monumento, el “rostro”, la “piedra bajo el olmo”. Y, entonces, en el olmo cantó un mirlo. Y el pueblo comentó el suceso y lo seguirá comentando por mucho tiempo, porque los habitantes de esas viejas ciudades en ruinas, de los pueblos de antaño, son como los griegos de la leyenda, como los celtas y los druidas, descubren en el canto de un pájaro, en un día de auspicios, un echo digno de ser interpretado y que llena así sus vidas hasta la muerte.
     ¿Qué más puede desear un gran poeta que sus poemas sean recitados por las cosas? ¿Qué más puede desear que un mirlo cante en su homenaje? ¿Qué prueba mayor puede darse de que un hombre es grande, de que un poeta lo es, que el cielo, o la naturaleza, se manifiesten así para confirmarlo? Aún canta un mirlo en Medinaceli. Y canta por Ezra Pound.  Su contrariedad a la política económica de aquella época se ve reflejado en unos de sus cantos, escrito cuando fue recluido más de 12 años en una celda en los Estados Unidos.                                               
    Cantar XLV.Con Usura.

Con usura se hincha la línea/con usura nada está en su sitio (no hay límites precisos)/ y nadie encuentra un lugar para su casa./ El picapedrero es apartado de la piedra/ el tejedor es apartado del telar/ con usura no llega lana al mercado/ no vale nada la oveja con usura./ Usura es un parasito.                                                                                                 

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