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La Verdad del Sureste

En el reino de INElandia


 

@UTufigno

La reacción de la autoridad ante los actos de violencia fue inmediata: suspensión de manera indefinida de las actividades ya programadas para preservar el lugar de los hechos, y castigo inmediato que incluye el retiro de la contienda de quienes sin haber participado de manera directa en la agresión sí defienden los colores que decían representar los agresores. No se esperaba menos ante la gravedad de los inéditos sucesos surgidos de mentes torcidas.   
    Pero no se confundan, amigos lectores, no hablo de México ni de los asesinatos de los cuatro –sí ya son cuatro- candidatos a distintos puestos de elección popular. Me refiero a los incidentes ocurridos en el estadio del equipo argentino de fútbol Boca Juniors, en su reciente enfrentamiento ante su acérrimo rival, el River Plate, en el que los jugadores de este último fueron recibidos con gas pimienta al saltar a la cancha para el segundo tiempo.
    La historia de dichos cuadros es por demás curiosa porque ambos equipos nacen prácticamente en el mismo barrio, pero representan exactamente lo contrario; de ahí el encono. En términos estrictamente deportivos, los partidos entre el Boca y el River son uno de los clásicos más atractivos del balompié mundial, en donde está en juego algo más que el orgullo y el resultado. Si lo quisiéramos traducir al escenario mexicano, tal vez el enfrentamiento más similar sería un partido Pumas contra América, en donde las pasiones desbordan la cancha.
    Sobre el origen del nombre del estadio del Boca Juniors, “La Bombonera”, existen diversas versiones: se dice que fue por un regalo –una caja de bombones- que recibió el arquitecto mientras trabajaba en el diseño; también se afirma que la propia forma del estadio (una “D”) explicaría la adopción del nombre. Pero la versión subterránea cuenta que los aficionados locales llenaban bolsas de plástico con materia fecal –caca, pues- que arrojaban a los contrarios. Y a esos misiles les llamaban bombas o bombones. Vaya usted a probar, digo, a saber.
    En Tabasco, Héctor López Cruz, candidato del PRI a regidor en Huimanguillo, fue asesinado a las puertas de su domicilio; en Michoacán, Enrique Hernández, candidato por MORENA a la presidencia municipal de Yurécuaro, fue ejecutado mientras estaba en un acto proselitista. En Guerrero, Aidé Nava, precandidata del PRD a la alcaldía de Ahuacotzingo, fue objeto de un “levantón” y posteriormente fue hallada muerta; en el mismo estado, Ulisés Fabián Quiroz, candidato a la presidencia municipal de Chilapa por el PRI, también fue asesinado.
    Ante todos estos acontecimientos yo tengo más preguntas que respuestas: ¿los crímenes provienen de la delincuencia “común”?, ¿se cometieron por cuestiones personales o hay motivaciones políticas?, ¿son fruto de la venganza o de algún tipo de “ajuste de cuentas”?, ¿son la expresión de la delincuencia organizada y de un gobierno desorganizado, o de ambas cosas? Cualquiera que sea la respuesta y más allá de las filias y fobias íntimas, es lamentable que estos hechos se den en el contexto de la contienda electoral porque, a pesar de lo que piense algún sector de quienes promueven el voto nulo, la violencia no es el camino.
    Tengo la convicción de que una de las razones que explican estos trágicos sucesos tiene que ver con la ineficacia de la autoridad electoral –el Instituto Nacional Electoral-, cuyo Consejo General es incapaz de fungir como un árbitro respetable y de reflejos rápidos, atento a intervenir en los momentos en que el proceso electoral ha dado muestras claras de desaseo e inequidad. Tolerar o permitir ciertas conductas hace del INE un cómplice de los infractores, aunque Lorenzo Córdova, Consejero Presidente, piense que ya se cerró “el ciclo de las grandes reformas electorales” y sólo es cuestión de ajustes.  
    Pero también considero que la centralización de las decisiones electorales, mermando la autonomía de los estados, no sólo fue un regreso a las discusiones del Siglo XIX entre centralistas y federalistas, sino que ahora se muestran como un Frankenstein que no puede ser controlado por su creador, el siniestro Dr. Peñenstein. Decíamos la entrega pasada que durante una contienda electoral es explicable cierto desborde de los ánimos, pero de ahí a que la violencia llegue al extremo del asesinato, hay mucha diferencia.

         

 


        

 

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