solo…, solo. Su mirada se perdía en la distancia. Sus recuerdos purificaban su alma. Sonreía como si estuviese frente a él alguien que sabía ha mucho tiempo se acomodó en la ausencia. Eran para él, atardeceres sin prisa. Al derramar el cielo las notas del crepúsculo, el hombre, después de deleitarse con aromadas tazas de café, pedía la cuenta, la pagaba, se despedía respetuosamente del mesero, tomaba la rosa y con finas maneras se acercaba a una de las mesas en las que estuviesen una, dos o tres mujeres reunidas, obsequiaba a ella o a ellas, la rosa roja de perfumados pétalos.
Uno de tantos días, llegó como siempre. Depositó su rosa roja en el florero. Pidió al mesero la acostumbrada taza de café. De repente desapareció, nadie lo vio salir. Los meseros se extrañaron y los asiduos concurrentes también advirtieron su ausencia.
De aquél hombre joven, sólo quedó en la mesa el recuerdo de la rosa roja.
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