SENTIR SIN PERDERSE
Estrés financiero: cuando las deudas también enferman
Son las tres de la mañana y sigues despierto. Mañana vence el pago de la tarjeta, la renta está pendiente y el dinero apenas alcanza para los gastos de la casa. Repasas las cuentas, calculas cuánto necesitas y buscas una solución que no aparece. Intentas dormir, pero surge otra pregunta: ¿qué pasará si no consigues el dinero? Aunque las obligaciones son económicas, lo que te mantiene despierto es el miedo a sus consecuencias.
Esta experiencia se conoce como estrés financiero. Se presenta cuando las deudas, la insuficiencia de ingresos o la incertidumbre económica generan una presión emocional persistente. No depende exclusivamente de cuánto ganamos o debemos, sino también de cómo percibimos nuestra capacidad para enfrentar esas obligaciones. Su impacto alcanza tres dimensiones relacionadas: lo que pensamos, lo que sentimos y la manera en que actuamos.
En México, la Encuesta Nacional sobre Salud Financiera (ENSAFI) 2023, elaborada por el INEGI y la CONDUSEF y publicada en 2024, encontró que el 36.9 % de la población adulta experimentaba estrés financiero alto y otro 34.6 %, moderado. Además, el 30.7 % reportó afectaciones psicológicas relacionadas con esta situación, entre ellas alteraciones del sueño o de la alimentación. Estos resultados corresponden a experiencias declaradas, no a diagnósticos clínicos.
Desde la psicología, uno de los mecanismos que permite comprender este fenómeno es la ansiedad anticipatoria. No sufrimos únicamente por las obligaciones actuales, sino también por lo que tememos que ocurra si no logramos cumplirlas. Perder la vivienda, enfrentar una demanda o no poder atender una emergencia familiar son posibilidades que pueden mantenernos en alerta, incluso cuando todavía no han sucedido.
A esta inquietud puede sumarse la rumiación: pensamientos negativos que se repiten sin conducir necesariamente a una solución. Revisamos mentalmente nuestras deudas, lamentamos decisiones anteriores y calculamos una y otra vez cómo conseguir dinero. Sin embargo, pensar constantemente en una obligación no equivale a resolverla. En ocasiones, solamente aumenta el agotamiento y dificulta identificar alternativas.
El estrés financiero también se manifiesta en nuestras conductas. Algunas personas dejan de revisar sus estados de cuenta, evitan responder llamadas de cobranza o posponen conversaciones familiares sobre dinero. Estas acciones pueden proporcionar alivio momentáneo, aunque el problema continúe y, en ocasiones, se agrave.
Desde el enfoque conductual, este mecanismo puede comprenderse mediante el reforzamiento negativo: cuando evitar una situación reduce temporalmente la ansiedad, aumenta la probabilidad de repetir esa conducta. Así, dejar de abrir una notificación bancaria puede hacernos sentir mejor durante unos minutos, pero también impedir que atendamos oportunamente una obligación.
Otras personas reaccionan mediante compras impulsivas, buscando satisfacción o una sensación momentánea de control. Si el gasto compromete recursos indispensables, después puede aparecer una nueva preocupación. No todas las compras responden a necesidades emocionales, pero en determinadas circunstancias consumir puede convertirse en una manera de intentar aliviar el malestar.
Esta relación entre emociones y decisiones también ha sido estudiada por Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir. Sus investigaciones sobre la psicología de la escasez explican que, cuando percibimos que un recurso indispensable no alcanza, nuestra atención tiende a concentrarse en la necesidad inmediata, lo que puede dificultar la planificación.
Imaginemos a alguien que debe cubrir una mensualidad y no dispone del dinero suficiente. La urgencia puede llevarlo a solicitar un crédito mediante alguna aplicación, sin revisar detenidamente los intereses o las condiciones de cobranza. En México, algunas plataformas conocidas como “montadeudas” han sido señaladas por prácticas abusivas, amenazas y hostigamiento. Lo que parecía una salida rápida puede convertirse en otra fuente de angustia. La presión por resolver una necesidad inmediata puede dificultar la evaluación de riesgos futuros.
Sin embargo, no todas las dificultades económicas tienen el mismo origen. Algunas están relacionadas con decisiones de consumo o compromisos adquiridos sin evaluar sus consecuencias. Otras responden a una realidad distinta: personas que trabajan, administran cuidadosamente sus ingresos y aun así no consiguen cubrir sus necesidades básicas. Incluso ambas situaciones pueden coexistir cuando alguien recurre al crédito para pagar alimentos, vivienda o servicios indispensables.
Esta distinción es fundamental. Cuando los ingresos son insuficientes, organizar mejor los gastos no garantiza que el dinero alcance. La psicología puede ayudarnos a comprender nuestras reacciones y tomar decisiones más conscientes, pero ninguna técnica de autocontrol sustituye un salario suficiente ni resuelve por sí sola el desempleo.
El impacto también alcanza nuestra autoestima. Cuando alguien pierde el empleo o deja de cumplir sus compromisos, puede interpretar esa situación como una señal de incapacidad. Aparecen sentimientos de vergüenza, culpa y temor a decepcionar a quienes dependen de sus ingresos. En lugar de reconocer una circunstancia difícil, comienza a juzgarse por ella.
El psicólogo Rand Conger y sus colaboradores, mediante el Modelo de Estrés Económico Familiar, han estudiado cómo las presiones económicas pueden relacionarse con el malestar emocional y los conflictos familiares. Una pareja puede discutir por un gasto aparentemente insignificante cuando detrás existe el temor de no llegar al final del mes. Los hijos también pueden percibir el cansancio y las tensiones, aunque desconozcan su origen.
Entonces, ¿cómo evitar que nuestras reacciones emocionales y conductuales agraven una situación económica complicada?
Una primera medida consiste en reconocer qué hacemos cuando sentimos angustia por dinero. ¿Evitamos revisar nuestras cuentas? ¿Compramos para sentirnos mejor? ¿Aceptamos compromisos sin analizar sus condiciones? Identificar estas respuestas permite distinguir entre las acciones que ayudan y aquellas que solamente proporcionan tranquilidad momentánea.
También resulta útil revisar las obligaciones pendientes, priorizar gastos indispensables y buscar orientación antes de contratar nuevos créditos. La CONDUSEF ofrece información gratuita sobre productos financieros y derechos de los usuarios. Estas medidas pueden favorecer decisiones informadas, aunque sus posibilidades dependen de los recursos disponibles.
En el terreno emocional, conviene separar los hechos de los juicios personales. “No puedo cubrir este pago” describe una dificultad; “soy un fracaso” convierte esa circunstancia en una identidad. Hablar con alguien de confianza y buscar atención profesional cuando la angustia afecta persistentemente nuestra vida cotidiana también puede ayudarnos.
El estrés financiero nos enfrenta a una realidad que pocas veces reconocemos: nuestras decisiones económicas no siempre son producto de un análisis racional. El miedo puede llevarnos a evitar responsabilidades, la desesperación a buscar soluciones precipitadas y la culpa a guardar silencio. Identificar estas conductas permite recuperar algo que la angustia suele debilitarnos: la capacidad de evaluar nuestras opciones y decidir con mayor claridad.
Quizá no puedas resolver hoy todas tus obligaciones, pero sí puedes comenzar a cambiar la manera en que enfrentas esa incertidumbre. Pedir orientación, reconocer tus emociones y dejar de castigarte por cada dificultad no significa renunciar a tus responsabilidades, sino asumirlas sin sacrificar tu bienestar.
La tranquilidad no depende únicamente de cuánto dinero tienes, sino también de cómo aprendes a vivir y decidir cuando las circunstancias se complican, para aprender a sentir sin perderse.