El sismo que cambió a México
@UTufigno
Para bien y para mal, la evolución social y política del México moderno está marcada por dos momentos muy lamentables de nuestro pasado no tan lejano. En 1968 los Juegos Olímpicos eran el escenario ideal para que el modelo autoritario de gobierno mostrara al mundo que nuestro país era algo más que caballos, tequila, sombreros de charro y Jorge Negrete. Las miradas estaban puestas en la primera nación latinoamericana que daba continuidad al ciclo olímpico.
Para el dos de octubre de 1968, periodistas y deportistas de distintos países se adelantaban a descubrir si la mítica altura de la Ciudad de México realmente ocasionaba la muerte de quienes no estaban habituados a entrenar en dichas condiciones; otros, más precavidos, procuraron traer sus propios alimentos y, sobre todo, agua que garantizara potabilidad. Ellos, quienes fueron la avanzada de sus contingentes, fueron testigos de que la muerte de decenas de personas no se dio por el aire, sino por la represión gubernamental de una manifestación legítima.
También, testigos silenciosos de esos hechos fueron los edificios que rodean la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, mismo lugar que fue tomado por las fuerzas invasoras de Hernán Cortés en agosto de 1521, lo que representa la caída de Tenochtitlán y la consumación de la conquista española. Posteriormente, en 1985, Tlatelolco se convirtió nuevamente en el sepulcro de cientos de mexicanos, pero ahora a manos de un terremoto que evidenció la corrupción en las obras públicas y cimbró las estructuras de la sociedad. ¿Qué trágico destino nos une con Tlatelolco?
Cegados por la espectacularidad y belleza de nuestras construcciones históricas, no fuimos capaces de advertir las señales que la Tierra nos mandaba a través de leves estertores surgidos desde su interior: la caída del Ángel en 1957, los cerca de 2 mil muertos en Veracruz en 1973, los graves daños que sufrió la Universidad Iberoamericana en 1979, entre otros. Por si fuera poco, la Ciudad de México se desarrolló -en su mayor parte- en una zona lacustre, condición que, ahora sabemos, amplifica los efectos de un temblor.
Pero lo que habían sido movimientos moderados se convirtieron en una catarsis de la naturaleza, quizá para sacudirse los recuerdos mortuorios de 1521 y 1968. A las 7:19 horas del día 19 de septiembre de 1985, un extraordinario sismo se sintió en la mayor parte del territorio nacional. Quienes lo vivimos de cerca tardamos unos minutos antes de entender qué es lo que había pasado, así tuviéramos frente a nuestros ojos una pared abierta o un edificio derrumbado. Todo parecía irreal o quizá era la continuación de una pesadilla de nuestro amanecer.
Sin comunicaciones, sin luz, sin agua, la Ciudad de México comenzó a vivir uno de sus peores días; para colmo, un presidente pusilánime rechazó en un primer momento el apoyo que se ofreció desde el extranjero. Ese presidente, el que inició el camino de la entrega económica a los organismos financieros internacionales, se escudó en un falso concepto de la soberanía para rechazar la ayuda. Misma actitud que asumió el entonces Regente de la Ciudad, Ramón Aguirre, quien desde siempre desestimó las cifras de muertos a causa del sismo (seguramente él si comparte la investigación de Murillo Karam).
La ineptitud de los gobernantes fue suplida con la pronta y decidida actitud de lo que a partir de entonces se ha dado en llamar “sociedad civil”. No se necesitaban cuellos blancos ni puños con mancuernillas que dirigieran las acciones de rescate o para contribuir, de algún modo, en aminorar los efectos del terremoto. La Ciudad era un enorme hormiguero en el que la gente trabajaba espontánea y solidariamente. Cada quien con los recursos a su alcance.
Con el sismo del 85 se enterraron los temores de la gente a salir a las calles para defender al otro, al otro que soy yo mismo visto en un rostro diferente. A partir de entonces, las muertes que se ofrendaron cobraron vida en organizaciones sociales que nunca más serían sumisas al poder político. El terremoto del 85 tuvo réplicas en las elecciones del 88, en las de 1997 y en los procesos electorales de 2006 y 2012. Con el sismo del 85 nació la sociedad civil, para siempre.