SOBRE EL FIN DEL PODER I
Usted no puede dejar de admitir lo certero y verdadero de las frases siguientes:
El poder se está dispersando cada vez más y los grandes actores tradicionales (gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos, etcétera) se ven enfrentados a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos.
Y esos rivales pequeños y con muy pocos recursos, han ido arrebatándole parcelas de fuerza al macro poder y ganándole vastas áreas de terreno de poder a esos grandes actores. El más terrorífico ejemplo son los recientes atentados en París: 8 jóvenes sin mucho aparato bélico hicieron que se cimbrara el mundo; ya sea con su inmolación y estallándose en pedazos o con una metralleta enfrentándose a toda la fuerza y poder de un Estado que ha invadido y bombardeado a Siria en coalición con otros 5 países megapoderosos.
Los esquemas tradicionales de acceso y preservación del poder están dejando de funcionar, y los que están encumbrados, en muchos casos, no lo entienden.
Sabemos que el poder está fluyendo, por ejemplo, de quienes tienen más fuerza bruta a quienes tienen más conocimientos, de quienes tiene gran fuerza a quienes tienen pocas fuerzas, de los países del norte a los del sur y de occidente a oriente, de los viejos gigantes empresariales a empresas más jóvenes y ágiles, de los dictadores aferrados al poder a la gente que protesta en plazas y calles. De un trueno ensordecedor a un agudo silbido.
Y este fenómeno social de carácter global, ha sucedido dado que, de manera imperceptible o sin darnos cuenta, sin que hayamos sido lo suficientemente conscientes de darnos cuenta de sus causas, se han desarrollado tres revoluciones que han sucedido y que han cambiado la dinámica del mundo: la de la disponibilidad de bienes y servicios; la de la movilidad de la población y los recursos; y la de la mentalidad. Revoluciones que van cimbrando al mundo de la misma manera que en su momento lo hicieran el maquinismo, la revolución industrial o la expansión de la InterNet.
Sobre la base de estas tres revoluciones, se ha dado la fragmentación del poder político. Por ejemplo, el número de naciones soberanas en el mundo se ha multiplicado por cuatro veces desde 1945. Es decir, en el lapso que tengo de vida, han nacido al mundo y al control del mando, cuatro veces más naciones o Estados que en el lapso del inicio del siglo XX al año en cuando nací.
Hablo de que, cíclicamente a lo largo de la historia se van provocando reversiones. Por ciertas épocas se pasó de los poderes parvifundistas a los poderes latifundistas, por ejemplo del Estado Ciudad al Estado Nación, o de la empresa nacional a la gran trasnacional; y después devienen procesos a la inversa; por decir algo, se va del macro poder al nano poder. Como si el devenir de la historia nos enseñara lo grandemente importante que es lo pequeño.
Además, nunca habían existido tantas democracias como hoy; y lo más curioso: la mayoría de ellas con características tan disímbolas que pareciera que cumplen un arco de características que pueden ir desde una dictadura, hasta una dictablanda, y todas ellas, tienen algo de democráticas. Esto es, han hecho estallar en pedazos el concepto imperante de democracia.
Fíjese que, por si lo anterior fuera poco, mundialmente hay una emergencia de las minorías. Entre los 34 países integrantes de la OCDE, por decir algo, sólo cuatro tienen un Congreso en el que hubiera mayoría absoluta del partido en el Ejecutivo. Hace 30 años, los grupos minoritarios en los Congresos controlaban 10% de los escaños; hoy, los partidos que no están en el Ejecutivo controlan en promedio un 55%. Hace 30 años, esa concentración de poder en uno o dos grupos mayoritarios se denominaba democrática, y ahora, en situación diametralmente diferente, también.
Pero además, quienes llegan al poder están cada vez más acotados por los grandes centros financieros internacionales, por los Congresos que no controlan y frecuentemente por Congresos que no son de sus países, por Poderes Judiciales cada vez más independientes y que sus decisiones no responden a una legitimidad mayoritaria ya que no son electos o designados en función a los votos de la población (según Hans Kelsen, una sentencia de un juez o juzgado es una ley personalizada y el juez es realmente un legislador negativo), y por medios de difusión y sociedades civiles activas que vigilan y exponen.
Este proceso es universal e irreversible. Quienes imaginen que las viejas fórmulas de acceso y ejercicio del poder les garantizan la permanencia, se están llevando en todas partes chascos gigantescos.
Los asesores del presidente Peña y con absoluta certeza Peña mismo tienen la percepción de que el país es hoy como lo fue por décadas. Repiten la superficialidad aquella de que si a Peña y al gobierno de Peña le va bien, también le ira bien al pueblo y a nosotros. El que a Peña y a su gobierno le vaya bien en nada implica que al pueblo en su mayoría y a nosotros nos vaya bien. No sólo es un deseo sino una necesidad fundamental del país que al pueblo y a nosotros nos vaya bien, eso es lo prioritario; que le vaya bien a Peña y su gobierno no tiene importancia.
La suerte de Peña y su gobierno no es la de los mexicanos: sí es cierto que a Peña se le acaba el poder en tres años, y día a día se le va diluyendo, pero la nación y los mexicanos seguimos, o progresando o estancados, pero seguimos; el poder de Peña, se extingue.