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La Verdad del Sureste

Totalmente falacios


Aparentemente superado el round inicial entre el peso pesado Carlos Slim y Andrés Manuel López Obrador, ahora es el turno de los semipesados Alberto Bailléres y Germán Larrea.
    Bailléres es más conocido por ser dueño de una tienda departamental que se ha distinguido por ciertos clichés en sus anuncios (“soy totalmente…”), y menos conocido por su incursión en las ramas minera, de seguros e incluso en el ámbito educativo, como bien lo saben los itamitas. Al igual que muchos acaudalados, ha constituido organizaciones filantrópicas que -¿a poco no?- son filtros para deducir impuestos.
    Por su parte, Germán Larrea ha hecho su fortuna al frente de Grupo México, sobre todo a partir de que fue beneficiario de las privatizaciones del sexenio salinista, época en la que adquirió –muy por debajo de su valor real- dos mineras de cobre. Además, recordemos que en 2014 una de sus filiales derramó millones de metros cúbicos de sulfato de cobre en los ríos Sonora y Bacanuchi, lo que provocó severos daños ambientales que no han sido remediados.
    Al lado de ambos empresarios hay otra serie de pesos medianos, plumas y ligeros que han emprendido su propia campaña rumbo a la contienda presidencial del primero de julio. Su lema de ocasión, dirigido a los trabajadores de sus negocios, es: “voten por quien vaya en segundo lugar”. Aunque no dicen quién está a la cabeza en las preferencias, se da por sentado que asumen que es alguien contrario a sus intereses.
    Cabe una pregunta pertinente: ¿acaso habrán valorado que su petición implícita de no votar por alguien en específico puede tener un efecto búmeran entre sus empleados? No dudo que algunos de estos en verdad crean los hipotéticos miedos de un gobierno que no conocen, pero habrá otros que perciban la posibilidad de un cambio dentro de un sistema que ha profundizado la desigualdad en donde sus patrones están en el otro extremo de la mesa.     
    No se trata de revivir en el discurso político el concepto de lucha de clases, pero la realidad está ahí y no podemos obviarla. Si bien la gran mayoría de los empresarios mexicanos se esfuerza cada día por mejorar su economía y en crear fuentes de empleo, también hay un grupo selecto que se ha visto favorecido por la corrupción y el tráfico de influencias. Esta élite es la que procura impresionar a sus empleados con amenazas delirantes y para ello se han aglutinado en torno a “Conciencia MX”.
    La citada iniciativa se define a sí misma como “un movimiento independiente conformado por ciudadanos y empresarios unidos con un mismo fin: generar conciencia, empoderamiento y propuestas que contribuyan a la construcción de un México libre, justo, incluyente, democrático, próspero, seguro, transparente y en paz, con instituciones fuertes y una economía abierta y competitiva”.
    En su página de internet, ConcienciaMX reconoce que contrató los servicios de expertos en materia electoral para delimitar los alcances de sus publicaciones y de sus acciones. Así, evitarían “situarse en hipótesis de casos precedentes”, “incidir en las preferencias electorales”, “contratar propaganda en radio y televisión”, “ausencia de espontaneidad en redes sociales” y “general (sic) beneficio económico a un partido y/o candidato”.    
    Apegados a sus directrices y a lo que limitadamente establece la Constitución, no hacen publicidad abierta en radio y televisión, pero sí lo hacen en una de las cadenas más importantes de salas cinematográficas durante la exhibición de películas.       
    Los hombres del dinero, como cualquier ciudadano, tienen el derecho de votar por quien quieran, pero lo que no se vale es que coaccionen a sus empleados a que voten en contra de alguien o que obliguen al público usuario de sus negocios (sean salas cinematográficas, tiendas de conveniencia o departamentales) a ver su propaganda negra (así le llamen libertad de expresión).
    A cuatro semanas de las elecciones más importantes del México contemporáneo, en las que elegiremos presidente, renovaremos al Congreso y en varios estados votarán por gobernador, se comienza a percibir una especie de resignación entre sectores tradicionalmente contrarios a un cambio de rumbo.
    Incluso medios de comunicación parecen alinearse ante quien mantiene la preferencia electoral.
    A nadie le gusta perder, pero posturas como las del sector duro empresarial no ayudan a construir un modelo de transición pacífica, que nos hace falta a todos.

 

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