¿Y a mí qué?

El derrame que nadie quiere pagar


El miércoles 18 de marzo, pescadores de varias cooperativas de Paraíso enterraron decenas de mojarras, jaibas y cangrejos manchados de aceite. No eran aptos para consumo humano. Los enterraron porque no había otra opción. Ese momento resume la paradoja de esta crisis: México registró hace tres décadas un instrumento internacional construido precisamente para que un derrame no arruinara a los más vulnerables. En el papel, el sistema es contundente: seguro obligatorio, rutas de indemnización, fondos internacionales de respaldo. En la realidad de marzo de 2026, el pescador tabasqueño sigue enterrando su ingreso mientras los organismos debaten de quién es la responsabilidad.

La crisis no es menor. Greenpeace México y la Red Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo de México documentaron 630 kilómetros de costa afectada entre Veracruz y Tabasco, con presencia de chapopote en 51 localidades, 9 de ellas en Tabasco, incluyendo Paraíso, Sánchez Magallanes y Cárdenas.

Lo que sigue no es un reparto de culpas. Es una pregunta incómoda con datos y salida práctica: si el daño existe, si hay un marco para responsabilizar a quien contamina, y si hay recursos públicos ya involucrados en la limpieza, ¿por qué el costo económico inmediato sigue cayendo sobre las comunidades? Cinco puntos, de lo que ya duele a lo que puede convertirse en daño estructural:

1. La pérdida ya ocurrió, aunque el responsable todavía no tenga cara. En economía costera no hace falta una restricción sanitaria formal para que se caiga el ingreso. Basta con la percepción. El consumidor deja de comprar, el turista cancela, el restaurante reduce pedidos. Ese impuesto del miedo se cobra antes de que exista un dictamen definitivo sobre el origen. En Río Seco ya está operando: los restaurantes reportan 60% menos clientela vendiendo mojarra de Chiapas, no del mar afectado. El miedo no distingue origen. Lo que en tierra se vive como un mal mes, en costa se vive como asfixia: familias que trabajan al día, sin colchón financiero, con una cadena de pagos que se rompe en horas.

2. El apoyo existe, pero la aritmética muestra su límite. Pemex reportó 128 toneladas de chapopote retiradas y 35 millones de pesos en apoyos a comunidades afectadas. Ese dato no está mal. Está mal dimensionado. Del Corredor Arrecifal del Suroeste del Golfo de México dependen aproximadamente 16 mil familias pesqueras. La división es brutal: 35,000,000 / 16,000 = $2,187.50 pesos por familia como pago único hipotético, frente a semanas completas de ingreso suspendido. Aquí se abre la distinción que importa para cualquier lector de esta columna: asistencia no es indemnización. La asistencia amortigua. La indemnización repara. Si no pasamos de una a la otra, el derrame se administra, pero no se resuelve.

3. Limpiar es urgente. Compensar es lo que define justicia. El gobierno reportó despliegue interinstitucional, contratación temporal de pobladores para saneamiento y servicios médicos móviles. Eso ayuda. Pero la limpieza no responde quién paga. Puede dejar una playa presentable para Semana Santa sin devolver el ingreso perdido ni el capital de trabajo afectado. El derrame tiene dos tiempos que no deben confundirse: el tiempo operativo, que es contener, limpiar y mitigar; y el tiempo económico y legal, que es cuantificar el daño, reconocerlo, pagarlo y cobrarle después a quien corresponda. Si solo operamos el primero, el costo se socializa: lo absorbe el presupuesto público y lo absorben las familias costeras. Los dos simultáneamente, sin que ninguno haya tirado el hidrocarburo.

4. El Estado ya apuntó hipótesis. Ahora debe traducirla en cobro. La presidenta abrió la puerta a investigación penal y señaló un barco privado como parte del origen. La Semar atribuye el fenómeno a tres fuentes: un buque fondeado ilegalmente y emanaciones naturales en dos zonas. Esa precisión importa porque elimina el pretexto de la niebla total. Si hay hipótesis técnicas, deben existir rutas de ejecución. Aquí aparece una pregunta que no se ha vuelto pública: México registró en su orden jurídico nacional el Protocolo de 1992 que enmienda el Convenio Internacional sobre Responsabilidad Civil por daños de contaminación de hidrocarburos. Ese instrumento, cuando está operativo, exige seguro obligatorio al buque responsable, permite acción directa contra el asegurador sin esperar años de juicio al propietario, y activa un fondo internacional de respaldo si el daño excede los límites del seguro. Lo que nadie ha informado es si ese marco está activo y si el gobierno lo está usando. Dicho sin rodeos: si el responsable es privado, el Estado no solo debe limpiar. Debe cobrar y pagar rápido.

5. "Fue natural" no significa "nadie responde". Si parte del fenómeno proviene de emanaciones de chapopoteras, eso no cancela la responsabilidad pública, la convierte en otra: obligación de contención y gestión de riesgo soberano. México es el quinto productor de petróleo de América Latina. Un país que exporta hidrocarburos no puede tratar una emanación costera como si fuera un aguacero imprevisto. Puede ser natural en su origen, pero el impacto económico y ambiental es completamente social. Ese es el salto que convierte un tema local en uno nacional: no solo es quién tiró el hidrocarburo, sino si tenemos arquitectura de respuesta para que el daño no se convierta en quiebra comunitaria.

Lo que se debe exigir, solución operativa y no consigna. Para salir del ciclo boletín–enojo–olvido, hoy deberían existir cuatro entregables públicos con fechas y responsables: un padrón único de personas y unidades económicas afectadas, validado por autoridad y comunidad para que el dinero no se quede en intermediarios; un mecanismo de compensación inmediata donde el Estado pague hoy y se subrogue para cobrarle al responsable mañana; una ruta jurídica pública que explique si el buque fue identificado, si existe certificado de seguro y si se activará el marco de responsabilidad internacional disponible; y un protocolo de transparencia sanitaria que diga qué se mide, dónde, con qué periodicidad y con qué criterio se declara seguro consumir productos del mar. No como promesa, como obligación con nombre y plazo visible.

La mancha del mar se limpia con maquinaria y tiempo. La mancha en la ejecución del Estado solo se limpia con indemnizaciones verificables, no con despensas ni con frases.

Aquí termina el texto. Pero queda una sentencia práctica: si el país acepta que el costo se diluya hasta que nadie tenga cara, entonces el derrame no lo paga el buque ni lo paga su seguro. Lo pagamos todos, y primero lo paga quien vive del mar.

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