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La Verdad del Sureste

Carta a Paco, Pancho, Francisco


Francisco: creo que tu viaje a nuestras tierras se quedó corto por toda la expectativa que se había generado en torno a tus posibles palabras. Muchos esperábamos pronunciamientos más directos y una agenda más incómoda para nuestros gobernantes. Pero, la verdad, ellos quedaron complacidos. Sé que no venías a resolver nuestros problemas pero tu pulcro mensaje resultó inentendible para una clase política que no tiene la costumbre de leer.
    Venga a nosotros tu reino. El gobierno federal temió tus palabras y procuró alejarte del pueblo que podía acercar a tus oídos las injusticias que sufrimos. Puso vallas y cercos de seguridad a tu alrededor, no para protegerte, sino para aislarte. Controló los accesos y reservó lugares privilegiados en las ceremonias en que participaste. Sé que despreciaste algunos actos muy obvios, pero en otros te sorprendieron, como en el hospital infantil al que fuiste. Con pena debo decirte que la menor que te cantó no era una paciente “promedio”.
    Hágase tu voluntad. Disfruté que los obispos se revolcaran en su silla de la Catedral cuando fuiste directo ante ellos; los regañaste y les exigiste hacer su trabajo en la calle, con la gente. Como debe hacerlo cualquiera cuya profesión implique comprometerse hacia los demás. Les dijiste que sus miradas no deben cubrirse “de las penumbras de la niebla de la mundanidad” y que no deben corromperse “por el materialismo trivial” ni poner su confianza “en los carros y caballos de los faraones actuales”. Te juro que se retorcieron en sus asientos. Tú tienes el poder sobre ellos. ¿Cuándo le nombras un coadjutor a Norberto Rivera? Porque ya es tiempo de que se vaya.
    Bienaventurados los pobres. El acto que más me gustó, tal vez porque era el que más esperaba, fue tu visita a San Cristóbal de las Casas. Parecía una apuesta arriesgada porque es el estado con el menor número de católicos, pero seguramente son los más comprometidos con el prójimo y con la madre Tierra. Les diste el lugar que la pretendida modernidad les ha tratado de quitar y los hiciste custodios de la riqueza biológica de la región. Y Samuel Ruiz, en su tumba, seguramente agradeció tu visita y perdonó a Juan Pablo II por el hostigamiento que orquestó en su contra.
    Perdona nuestras ofensas. Diste cátedra de derecho penitenciario. Lo dijiste con las palabras exactas: “las cárceles son un síntoma de cómo estamos en la sociedad”. Las cárceles no son la solución a la criminalidad dentro de una “sociedad que poco a poco ha ido abandonando a sus hijos”. Propusiste que “la reinserción o rehabilitación –como le llamen- comienza creando un sistema que podríamos llamarlo de salud social”. Bien dijiste que las cárceles más bien buscan incapacitar a las personas antes que promover los procesos de reinserción. Remataste contundente: “el problema de la seguridad no se agota encarcelando, sino que es un llamado a intervenir afrontando las causas estructurales y culturales de la inseguridad”. Te odió la señora Wallace.
    Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. ¿Por qué eludiste un encuentro con los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa y con las víctimas de los abusos de los curas pederastas, particularmente de Marcial Maciel? ¿Quién te lo pidió? Unas palabras hubieran sido insuficientes para que los padres recibieran el milagro de ver nuevamente a sus hijos, pero las necesitaban. Igualmente, las víctimas de abuso necesitaban recobrar su fe. Como te dije al principio, sé que no eres tú la autoridad que tiene la obligación de satisfacer dichas exigencias de justicia, pero querían oírte.     
    Estás en el cielo. Aún viajabas en el avión que te llevaba de regreso a Roma cuando hiciste algunas revelaciones: no te encontraste con los padres porque había muchos grupos que pedían lo mismo, pero había pugnas entre ellos. ¿Te consta o te lo dijeron desde una oficina de Bucareli?    
    No nos dejes caer en tentación. Y a pesar de que trataste de justificar la intervención de Benedicto XVI en el caso Maciel, la verdad no me convenciste. Creo que hay algo más. Como quiera que haya sido, si te dejaste influir por el gobierno federal, caíste en tus propias palabras: con el diablo no se dialoga porque se pierde. ¿Viste que Osorio Chong te fue a despedir? 

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