Saltar al contenido principal
La Verdad del Sureste

¿CORRUPCIÓN SI, DESARROLLO NO?


Es común escuchar la expresión “capital social”. Se trata de una mezcla de conceptos que intentan aludir a la condición del tejido social que escapa de las mediciones de Producto Interno Bruto o de ingreso per cápita. ¿Cómo alegar en favor de un futuro razonable cuando el analfabetismo no disminuye, cuando la nutrición no mejora o la esperanza de vida se estanca?
    Me referiré someramente a dos contribuciones al estudio del capital social de gran calado: Fukuyama y Putman.
    Más allá de su tesis central de que la historia como la concebía Hegel ha terminado (su era ha terminado) y con ello la lucha ideológica para darle paso a los movimientos de mercado que mueven al mundo, Francis Fukuyama –escribió su célebre ensayo El fin de la historia (The end of the history) en 1989, mismo que amplió en 1992 (The End of History and the Last Man), para incomodidad de muchos, bien señala el factor de la confianza (trust) como algo central en una sociedad.
    Confianza como una argamasa. Argamasa sin la cual es imposible que la edificación social crezca y se sostenga. Confianza entre las personas, confianza entre gobernantes y gobernados, confianza en las leyes, confianza en las instituciones, confianza en las empresas.
    Por su parte Robert D. Putman -conocido por su estudio sobre la constitución empresarial en Italia (Making Democracy Work: Civic Traditions in Modern Italy), con una óptica regional y social-, por décadas ha analizado ese tejido social capaz de explicar muy diversas reacciones de la sociedad. Su tesis es tan sencilla como democrática.
    Usando como ejemplo a la sociedad y economía del imperio moderno (EU), observó que el capital social en Estados Unidos alcanzo su clímax poco después de la Segunda Guerra Mundial (alrededor de 1960) y de entonces para acá ha venido declinando. Usa un indicador: mide el número de membresías en organizaciones voluntarias durante el siglo XX o el monto aportado por los individuos como funcionarios o miembros de organizaciones de este tipo o el número de horas dedicadas en promedio a ellas, para de allí concluir la salud o debilidad del tejido social y por ende del capital social.
    Concluye Putman: hay sociedades en las cuales los individuos se organizan para obtener los fines que se proponen y hay otras en las cuales esto no ocurre. De ahí concluye dramática y aleccionadoramente: allí donde el capital social se fractura los números sociales empeoran.
    ¿Cuáles son estos números sociales? Los rendimientos escolares, la calidad de los servicios públicos prestados, la seguridad en pueblos y ciudades. Destaca que donde el capital social se quiebra la evasión fiscal aumenta, los litigios también crecen, y el uso del aparato legal, con costos sobre los ciudadanos y la productividad, también ascienden.
    La confianza interpersonal está estrechamente vinculada con la democracia, con el respeto a la ley y con el asociacionismo.
    En México esos indicadores nos permitan desnudar una dolorosa realidad. Los mexicanos no confiamos en nosotros mismos, no nos agrupamos para enfrentar los problemas y en general, somos poco solidarios: el 95% de los mexicanos no participa en grupos organizados (solo el 3 o 4% de la población en México participa en organizaciones ciudadanas de otra índole). En conclusión: los mexicanos no estamos organizados. A todo vamos solos, si vamos.
    Este es el contexto en el cual la corrupción ha encontrado muy pocas resistencias para permear en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
    Si tomamos como base de proyección los datos de la Encuesta Nacional de Corrupción y Buen Gobierno, la corrupción en servicios públicos en México representó en 2001, 23,400 millones de pesos, es decir, 0.36% del PIB para el mismo año. Si aplicamos a esta forma de corrupción una tasa de crecimiento anual mínima (digamos del 1%), en 25 años la corrupción acumulada por pagos irregulares en servicios públicos sumaria más de 700 mil millones de pesos.
    Para 2016 la corrupción acumulada por pagos irregulares en servicios públicos suma más de 550 mil millones de pesos.
    Esa cantidad nos da el parámetro de porqué el gobierno federal no quiere combatir tenaz ni frontalmente la corrupción y sus prácticas eminentemente delictivas; nos da la señal de porqué a actos reiterados de corrupción no se les castiga como delito sino solo como simple falta o sanción administrativa. Nos demuestra cómo el capital social y el tejido social está lullido y destruido.
El dinero de la corruptela “aceita” la maquinaria y es la mayor base del circulante en el Estado mexicano.
    Pero también esa abultada cifra de pagos a corruptelas, arroja el dato más dramático y lamentable: todos admiten la corrupción como algo normal. Otra vez, el tejido social, el capital social se exhibe como podrido. En discurso encendido Andrés Manuel López Obrador dijo: La corrupción es una subcultura nacional; ¡Y TIENE RAZÓN EL LÍDER NACIONAL de morena!
    Aquella coloquial frase de “la corrupción somos todos” (que hacía la parodia del eslogan gubernamental de “La Solución somos todos”), está más vigente que nunca.

¿Te fue útil? Comparte: Facebook X WhatsApp Telegram

Entérate de más