El hecho de haber sido fundada y administrada por periodistas le dio el carácter que todavía conserva: una alta calidad con la que no pueden competir los periódicos que se consideran a sí mismos empresas mercantiles.
La audacia, la creatividad y la frescura de La Jornada se debe a que fue creada por espíritus libres, tercos, patriotas, audaces.
Siento mucha gratitud y respeto por la comunidad de La Jornada, particularmente por sus directores, Carlos Payán y Carmen Lira. Me incorporé como abogado corporativo invitado por mi inolvidable amigo Miguel Ángel Granados Chapa. Me desplacé de la asesoría jurídica a la práctica del periodismo de opinión y encontré una atmósfera distinta a la de los despachos de abogados formalistas.
He acompañado el proyecto estos años y aprendido muchas cosas. Gracias al periódico pude tener una vida pública y el destino me llevó después a la política. Gracias a la práctica periodística de cada ocho días conocí a mucha gente y me di a conocer.
La Jornada ejerció la libertad de expresión y la sigue ejerciendo. En sus páginas se refleja la vida, contradicciones, esperanzas fallidas y expectativas de siete sexenios; el trastorno, el cambio y la promesa de 40 años de transición política. Su originalidad la convierte en un espacio permanente para el ejercicio periodístico y el testimonio histórico.
Nunca dejé de ser abogado de La Jornada y tampoco de producir un artículo a la semana. Hace poco hice cálculos y me di cuenta de que he producido millares de artículos, algunos de muy dudosa calidad y otros que tuvieron como tema asuntos poco ventilados, por ejemplo, el racismo en México.
Creo que el periódico está bien dirigido, ha sido fiel a sus propósitos originales y tiene suficiente energía y corazón. Recuerdo el discurso de Carlos Payán en el momento de la fundación: “Y daremos voz a aquellos que no la tienen”. Como puede uno comprobarlo, con la simple lectura del periódico esta misión se ha cumplido.
