Saltar al contenido principal
La Verdad del Sureste

Espejo Citadino/

Amalia


Espejo Citadino/

Ese día salí casi corriendo. Si yo le contara a mis amigos, me dirían que soy un maricón.

¿Cómo explicarles?

La conocí en la secundaria.

Yo ya iba en el tercer grado con un año de atraso, y Amalia en primero.

Nuestros salones quedaban de frente. Yo podía verla.

La vi mirando hacia el edificio donde estaba mi salón. No me estaba buscando.

Cuando hablaba se le hacían unas pocitas en las mejillas. Sus labios eran delgados, rosados. Tenía el cabello ondulado, largo.

Después de varios intentos la novia de un amigo nos presentó. Supe en ese instante lo que era estar enamorado de alguien que todavía ni me conocía.

-Hola, me llamo Emiliano.

-Yo soy Amalia

Comencé mi conquista.

Esperaba su salida y la acompañaba hasta donde tenía permitido.

Nos despedíamos con cierta pena mientras rozábamos las mejillas con un beso.

Le regalé chocolates y flores en días no especiales.

Le escribí poemas que nunca pude recitarle y que ya no recuerdo. Hasta me aprendí canciones de José Luis Perales y Leo Dan que canté mientras la lloraba acostado en la hamaca.

Contadas veces la acompañé a su casa que en realidad era un departamento donde vivía con su madre. Era hija única.

En dos ocasiones, estuvimos platicando en la puerta. Nunca entré.

Su madre la hacía leer el manual de Carreño. Es el libro que sostenía cuando nos vimos. Prometí leerlo. Fue la vez que la tuve más cerca. Que la acaricié con mi aliento.

A veces le hacía llegar cartas con la novia de mi amigo. Pasaba en mi bicicleta y miraba hacia el departamento sin que se asomara.

Dejamos de comunicarnos cuando terminé el tercer grado de la secundaria.

No volví a verla. Mis recados no le llegaron y mis rosas de hule terminaron por marchitarse.

Me fui de la ciudad. Cuando volví éramos adultos.

En una de mis vacaciones la vi sentada en una parada cercana a la prepa en donde estudiaba. Por un momento quise bajarme. Luego me arrepentí.

Cuando volví, a veces, pensaba en ella. Pregunté a los amigos de secundaria y nadie supo decirme.

El pasado se encargaría de llevarme de nuevo ante ella. Trabajaba en una constructora.

Habían pasado los años pero era la misma. Quedamos de vernos para platicar.

Nos vimos. Supe que su madre la envió con su padre cuando le confesó que la cortejaba.

-Le reproché que te haya alejado. Me decía que no me convenías-, me confesó Amalia.

Yo miraba esas pocitas en sus mejillas. Asentía sin reclamo. Ella sí lo hizo: me dijo que si ese día hubiera bajado de la combi seguramente hoy su historia fuera otra. Quizá estaríamos juntos.

Me contó que se había casado. Tenía dos hijos y su esposo estaba en la cárcel.

Yo solo la miraba.

Me invitó a su casa.

Fuimos.

Me dejé llevar como cuando tomaba mi bicicleta para pasar despacio por su departamento.

Llegamos. Nos miramos.

No nos dijimos nada.

Me dio el beso que esperé muchos días en la secundaria. Pero separé mis labios abruptamente.

Insistió. Mis manos estaban debajo de su vestido.

Se puso de espaldas.

Bajé el cierre y lo que seguía.

Se tiró en la cama.

Desnuda.

La miré como la primera vez desde mi salón.

Me fui.

No me despedí.

¿Te fue útil? Comparte: Facebook X WhatsApp Telegram

Entérate de más