Un ejemplo de lo anterior sucedió el sexenio pasado. Jesús Mena Campos dimitió como titular del órgano rector del deporte nacional y su lugar lo ocupó Alfredo Castillo Cervantes; un personaje de esa administración con carrera policial, pero amigo del entonces presidente de México, Enrique Peña Nieto.
A Cervantes no le pareció el nombre del programa de activación física que dejó su antecesor y lo modificó. Obviamente, el cambió originó la inyección recursos adicionales por la impresión de nueva papelería y una logística diferente, para borrar el paso del ex medallista olímpico por la Conade.
En relación al tema de cambios inesperados en la institución deportiva y trabajo para los parientes, los tabasqueños tienen una historia rica. Muchos todavía recuerdan a Mario Valenzuela Pedrero (QEPD), conocido como la “Fiera Valenzuela”, pariente del gobernador de ese entonces, quien ocupó la entonces Dirección del Deporte. A sus allegados reconoció que deporte no sabía nada. En los sexenios siguientes vinieron los cambios antes de tiempo por la caída del gobernador o la cancelación de las elecciones para ejecutivo estatal. Esto abrió la posibilidad a grillos como Rogelio Rodríguez Javier y Gaspar Córdoba Hernández de ocupar el cargo más importante del deporte local, para fortalecer su imagen y catapultarse a cargos de elección popular.
Lo anterior aunado a la carencia de capacidad de ciertos ex rectores deportivos tiene, en gran media, hundido al deporte doméstico. Los deportistas del país y de la entidad se merecen que los dirijan personas, con el compromiso de trabajar por ellos el tiempo que dura el encargo a menos que sean incapaces. El poder es el poder.
