Al igual que el coronavirus perturbó a los habitantes de esta entidad, la familia deportiva sufrió los daños de la patología y efectos colaterales, como es la pérdida de empleo del sostén del hogar, con lo que seguramente varios atletas vieron con tristeza esfumarse el respaldo para sus carreras deportivas.
Posteriormente vendría la anegación de una gran parte de la geografía tabasqueña y en la que miles de familias perdieron su patrimonio. Otro golpe duro, para la ya economía maltrecha del estado, porque además de acabar con muebles y enceres, el agua perjudicó cultivos de la dieta doméstica.
El deporte vive una situación atípica, eso lo saben los jerarcas de la actividad deportiva pública y asociada; aun así nadie se dio o ha dado a la tarea de investigar la situación de los deportistas ante estos problemas, para buscar posible soluciones que atenúen la difícil situación, que provocará la retirada de algunos competidores.
Ciertos deportistas de los que ahora son abandonados, en su momento los utilizaron para tomarse la foto con sus medallas para presumir ante la opinión pública un éxito personal como de todos. Desafortunadamente, el deporte se convirtió en una caja de intereses extradeportivos.
Actualmente diversos actores de la actividad deportiva están más centrados en buscar un cargo de elección popular, que en los problemas de este quehacer del ser humano. Por su parte, sinnúmero dirigentes deportivos esperan quienes serán los candidatos de los diferentes colores partidistas, para ofrecerles su poco o mucho capital político.
Por ahora es más importante ver al deportista como un ser humano y no un productor de preseas o un posible voto, porque jamás en la historia deportiva de la entidad, esta comunidad padeció un mal, del que todavía no sale, cuando le llegó un fenómeno natural de alcance devastador. El poder es el poder.
